*Por Sergio Aladio
Secretario General del Sindicato de Camioneros de la Provincia de Santa Fe

En física, la fricción altera el movimiento inercial. En los procesos sociales y organizacionales ocurre algo parecido: los modelos no se transforman por sí solos; es el choque persistente con una realidad que ya cambió lo que modifica aquello que parecía estable. No por episodios aislados, sino por la acumulación de desfases que se produce cuando las estructuras dejan de interpretar su tiempo.

Vivimos una etapa de transformaciones profundas, quizá una de las más complejas y exigentes de nuestra historia. Las modificaciones ya no son graduales ni sectoriales, sino estructurales y simultáneas. Se redefinen la geopolítica, la economía, la cultura, la tecnología, la organización del trabajo, la educación y los mecanismos de representación social. No se trata de una proyección futura ni de una discusión académica: está ocurriendo ahora y condiciona nuestras decisiones cotidianas.

En ese marco general, el mundo del trabajo atraviesa una mutación acelerada. La automatización, la inteligencia artificial, la digitalización de procesos y la reorganización de las cadenas productivas y logísticas, junto con nuevos patrones sociales y culturales, están redefiniendo de raíz qué significa producir, trabajar y representar intereses colectivos. Frente a este escenario, la pregunta debe dirigirse hacia adentro: ¿la dirigencia de los distintos sectores es capaz de interpretar esta transformación y ofrecer respuestas verdaderamente a la altura del tiempo que vivimos? ¿Estamos los sindicalistas preparados para estos desafíos?

La historia del movimiento obrero muestra que los sindicatos surgieron para ofrecer respuestas concretas a los problemas de su época. Fueron herramientas decisivas para mejorar las condiciones laborales, reducir las desigualdades y contribuir a sociedades más equilibradas. Pero esa misma historia ofrece una enseñanza central: cuando el contexto se modifica, aferrarse a soluciones del pasado no fortalece; debilita. Los modelos que fueron eficaces en otra etapa no necesariamente lo son frente a los desafíos actuales.

Persistir en enfoques perimidos no solo expresa miopía estratégica, sino que también implica una apuesta perdedora para la sociedad en su conjunto. Con demasiada frecuencia, la relación entre empresarios y trabajadores se presenta como una confrontación permanente e inevitable. Sin embargo, esa grieta no siempre surge de forma natural. En muchos casos se exagera, se estimula o se utiliza porque resulta funcional a intereses de corto plazo, de un lado y del otro. Esa lógica no genera soluciones duraderas y termina por inmovilizar al sistema.

La confrontación no puede convertirse en identidad. El conflicto de intereses existe y seguirá existiendo, porque forma parte de la dinámica social. El desafío no es negarlo ni romantizarlo, sino procesarlo con inteligencia institucional, reglas claras, responsabilidad y una mirada integral. En este punto, la experiencia internacional ofrece lecciones valiosas.