El día después, el sábado, pasamos por dos lugares clave. Arribeños 2863 del Bajo Belgrano e Iberá 5009 de Villa Urquiza. Intentamos armar un rompecabeza. geográfico. La primera casa fue su lugar natal, donde creció y atesoró los primeros ensayos de Almendra. El segundo punto donde aún funciona La Diosa Salvaje el estudio-casa donde el “Flaco” compuso mucha de su obra final. Solo dos de las calles donde Spinetta transitó como un vecino más capturando muchas de las imágenes que selló en esa obra inmensa. 

El día anterior a ese, el viernes, en el Centro Cultural Konex, Javier Malosetti organizó junto a una veintena de músicos un ritual para celebrar su nacimiento, su propia existencia. Spinetta nació un 23 de enero en Villa Urquiza y, con ese gesto mínimo de barrio, una casa, una cuadra, una guitarra que todavía no sabía lo que iba a decir, empezó a empujar una música que terminó siendo idioma en sí mismo. Por eso el Día del Músico Argentino no es una efeméride de manual: es una forma de agradecerlo. 

La obra Spinetta no se trata solo de canciones sino de una sensibilidad. Y cada enero, cuando su nombre vuelve al título, a nuestra conversación, vuelve también esa certeza: hay una belleza que no envejece, que no se rinde, que sigue respirando.

El inicio fue puntual. 19 horas. Prolijidad Spinetteana. El Marcapiel (así fue el nombre del evento) arrancó con Emilio del Guercio (prócer original Almendra) haciendo dos canciones que van rumbo a los 60 años; “El mundo entre tus manos” y “Fermín”. 

Subió el imbatible Rubén Goldín a cantar “Hoy todo el hielo en la ciudad” y “Perdido en ti”. Subió Aristimuño a brillar con “Fina Ropa Blanca” y “Jardín de Gente”. Subió Coti Sorokin para cantar “Contra todos los males de este mundo” y “Seguir viviendo sin tu amor” y subió Fabi Cantilo para hacer lo suyo con “Un niño nace”, “Casas Marcadas” y “Cuando el arte ataque”.

La banda estable se destacaba con músicos que acompañaron al flaco en distintos momentos de su carrera: el Mono Fontana, Guille Arrom, Javier Malosetti, Sergio Verdinelli, Dani Colombres, Dhani Ferrón, Cesar Franov y Ale Franov entre otros.

 .
. .

Hubo puntos muy altos de emotividad. Leo Sujatovich tocando en el piano Maribel mientras el público susurraba las estrofas sonando como un coro laico. Piel de gallina para un momento épico. O Machi Rufino subiendo con su hijo Juan Pablo para hacer versiones de canciones de Invisible como Durazno Sangrando. 

La lista de casi treinta canciones acumuladas con sensibilidad y mucha ansiedad agrupó idas y vueltas de músicos que no querían bajarse del escenario. Hacer la obra de Spinetta implica un compromiso irrenunciable con su ética, donde los egos de esos músicos deben guardarse antes de subir a tocar y respirar la obra. 
No fue un “recital tributo”, fue un ritual. Una comunión de sensaciones hermosas alrededor de un homenaje imprescindible. Como si cada acorde abriera una puerta y dejara pasar algo que no se puede explicar del todo: la emoción compartida, el asombro, el silencio atento antes de un verso, el coro espontáneo en una frase que cada uno guarda como una marca personal.

Cuando Emilio Del Guercio, socio con Spinetta de Almendra, tocó con una fan amateur (Luz Galathea) “Bajan” y “Cuenta del sol”, muchas cosas cerraron. No era necesario nada más que el amor a su obra para invocarlo. Luz es una señora que de apareció en Instagram cantando canciones de Spinetta con destreza y sobre todo un tono similar al del él. Lo que resultó inicialmente curioso, gracioso y simpático, terminó sobre el escenario con los mismos que colaboraron a cimentar su obra. Ese touch de generosidad plena fue celebrado también. 

El final fue con un homenaje a “Conduciendo Conciencia” con la canción “8 de octubre” y después con todos arriba del escenario haciendo “Quedándote o yéndote” y “Despiértate nena”, con Baltasar Comoto luciendo su endemoniadez escénica. 

Spinetta murió el 8 de febrero de 2012, y su ausencia repiquetea fuerte, sí; pero hay ausencias aunque duelan y se extrañen, no son solo vacío sino un enorme eco. El músico vuela a otro plano, se vuelve mito, memoria, legado; pero su obra se queda acá, vital, insistente, disponible. Vive en quienes la tocaron esa noche, en quienes la siguen tocando todos los días sin escenario, en quienes la escuchamos como quien vuelve a un lugar seguro.

Porque ciertas canciones —las de verdad— no terminan: cambian de manos, se vuelven refugio, faro, pregunta. Y ahí está Spinetta: en otro plano, pero todavía presente, indicando que todo lugar y moment. pueden arder de belleza cuando se apuesta a una cultura llena de ética.
 

 .
. .