Sentía en la boca, junto al sabor de la sal, el cobre de la moneda para Caronte. Se preguntó qué habría más allá de las trescientas brazadas.

Arturo Pérez Reverte, El Pintor de Batallas

La tempranera partida de Miguel Lifschitz huele a gambeta macabra del destino: tenía 65 años y era la hora de la vacuna, no la de la muerte.

¿Cómo lo recordarán los rosarinos y los santafesinos? No es momento inteligente para conclusiones apresuradas, pero hay un dato objetivo que probablemente lleve implícita la respuesta a esa pregunta: cada vez que el ex intendente y ex gobernador terminó un mandato, se fue con un caudal de votos igual o mayor al que tenía cuando llegó.

Quizás una de las aristas más impactantes de su partida es que lo agarró a la mitad del río, con proyectos y objetivos abiertos a corto, mediano y largo plazo. Tan concretos y viables que con su muerte se descalza todo el tablero político santafesino.

Lifschitz tenía esos proyectos en marcha. A corto plazo, evitar la evaporación del Frente Progresista y ganar las internas que no pudo evitar del Partido Socialista, objetivo que logró el día antes de ser internado. A mediano plazo, hacer una elección de senador que lo posicione para 2023. Y a largo plazo gobernar la provincia por segunda vez. Pavada de hoja de ruta.

Seguramente había otros anhelos reservados para los más cercanos, que no tenían que ver con la esfera de lo público sino con los afectos y la familia. Como ese tuit en el que el nieta instaba al “abuelo Miguel” a volver pronto para repetir el ritual de recoger higos juntos.

Las innumerables demostraciones de afecto en pasacalles frente al sanatorio y en las redes sociales, sumado al liderazgo en intención de voto en todas las encuestas, dan cuenta de lo que dejó como gobernante a la hora del balance final. Como Hermes Binner partió de este mundo sin máculas ni sospechas.

Una máquina de hacer política

Lifschitz era ingeniero civil de profesión pero en la práctica ejercía como sagaz y prolífero “ingeniero político”. Construyó su trayectoria con la lógica de quien levanta un edificio: cada etapa se asentó sobre la anterior una vez que estuvo debidamente fraguada y consolidada. Actuaba y planificaba como el personaje del libro de Pérez Reverte, con la cabeza puesta en lo que seguía una vez que cumpliera el objetivo que se había propuesto. Cuando fue intendente, proyectaba ser gobernador; cuando fue gobernador conseguir la reelección; ahora que era diputado pergeñaba ser senador para recuperar la Gobernación. Lifschitz redibujaba constantemente su propio horizonte con nuevos desafíos.

Candidato desconocido y aupado por Hermes Binner en 2003, ganó tan de forma tan ajustada aquella elección que tuvo que esperar un par de días hasta que el peronista Norberto Nicotra reconociera la derrota. A los seis meses Lifschitz gozaba de una popularidad que contrastaba con aquel resultado que hacía temer por un intendente débil. Cuatro años más tarde conseguía la reelección con 57% de los votos y casi 30 puntos de diferencia sobre el segundo.

En 2011 se despidió del Palacio de los Leones con un doble éxito. Le transfirió el gobierno de la ciudad a Mónica Fein; y fue electo senador departamental con una cantidad de votos obscena para una categoría considerada menor.

Luego llegó su momento para la Gobernación. Asumió en 2015 raspando, habiéndole ganado a Miguel del Sel por menos 2 mil votos. Cuatro años después se fue a la Cámara de Diputados con más sufragios que la suma del segundo y tercero juntos.

Liderazgo

Un rasgo distintivo fue la inquebrantable voluntad de construir un liderazgo propio, desmarcado de otros referentes. Liderazgo muy pragmático, muchas veces cuestionado por exceso de personalismo, y que se legitimaba no en el carisma del jefe político que era, sino en la concreción creciente de objetivos electorales y en su habilidad para articular con un amplio abanico de sectores políticos, sociales y económicos.

En ese sentido fue el más versátil de los socialistas, el más osado a la hora de difuminar los bordes ideológicos de los espacios que lo contenían. Cada vez que se le presentaba la oportunidad exploraba la posibilidad de entendimiento con sectores de lo más disímiles, incluso refractarios a las políticas productivas y fiscales del Frente Progresista. El objetivo era doble: ensanchar su base de sustentación y no regalarle ese terreno a los adversarios políticos. Lifschitz sostenía que las concesiones que les hacía no comprometían el carácter progresista de sus políticas.

Esa vocación de líder estuvo presente desde que asumió la intendencia en diciembre de 2003, pero la estructura partidaria estaba consolidada en torno a las figuras de Hermes Binner y en menor medida al senador nacional Rubén Giustiniani. Entonces Lifschitz optó por pescar en otras peceras. Junto con un puñado de funcionarios de su confianza, dio inicio a un proceso de incorporación de cuadros jóvenes y de mujeres y hombres que llegaban desde la actividad privada sin experiencia de gestión, con escasa o nula formación política y carentes de compromisos partidarios, que nunca se detuvo. Así nació el lifschitzmo.

A medida que pasaron los años se incrementaron las fricciones de Lifschitz con el resto del partido. Hubo abundantes incidentes de ese tipo. Uno de los últimos fue su decisión de apoyar la fórmula presidencial Roberto Lavagna-Juan Manuel Urtubey en las elecciones de 2019. Y antes que eso, su intensa ofensiva pública para conseguir la reforma de la Constitución, que adolecía del improbable acuerdo de los senadores del PJ pero también del acuerdo de Antonio Bonfatti, jefe político del interbloque de diputados oficialistas a quien afectaba directamente la reelección que buscaba Lifschitz y a la que nunca renunció.

Fricciones

En 2011, tras dos exitosas gestiones de intendente, ya se había calzado el traje de “candidato natural” cuando sufrió un traspié político que retrasaría cuatro años su llegada a la Gobernación. Fue cuando el entonces gobernador Hermes Binner le comunicó que el candidato sería Antonio Bonfatti y no él. Binner no quería que le pasara lo de 2003 y buscó en su ministro de Gobierno y amigo personal el candidato que garantizara continuidad de las políticas iniciadas en 2007 y le cuidara la espalda en la jefatura política del PS y el Frente Progresista.

Lifschitz no tuvo más remedio que aceptarlo. Enfrentar a Bonfatti implicaba enfrentar a Binner en su mejor momento y a toda la estructura del gobierno provincial, pero además los necesitaba como plataforma para llegar a un electorado que no lo registraba fuera del Gran Rosario.

Tragó saliva y aceptó pasar un turno de gobierno, no sin antes devolver gentilezas. Rechazó encabezar la lista de diputados provinciales que no le dejarían armar; y en cambio optó por candidatearse a senador departamental. Entre las opciones disponibles, era lo mejor para él: una candidatura unipersonal para la que no dependía de nada ni de nadie –debutaba la boleta única– y los votos que obtuviese serían propios y de nadie más.

A él le fue muy bien, porque sacó el 56%; al Frente Progresista no tanto: la lista de diputados del peronismo encabezada por María Eugenia Bielsa le ganó a la de Raúl Lamberto, y Bonfatti tuvo que gobernar cuatro años con las dos cámaras en contra, mientras en el Senado, impasible a los duros avatares de ese gobierno, se sentaba un compañero de partido forrado en votos.

Cuando finalmente le llegó el turno para la Gobernación en 2015 la definición fue más dramática todavía que la de 2003 en Rosario. Esa vez ganó por menos de 2 mil sufragios.

A pesar de diferencias tan lábiles, nunca fue un mandatario débil. Como comparaba días atrás un renombrado dirigente justicialista que lo trató mucho, “si algo sabía hacer Lifschitz era construir y administrar poder”. Y en estos días aciagos se puede agregar que sabía tomar decisiones, no porque siempre acertara, sino porque sabía lo que quería y hacia dónde iba.