Los tejidos que más energía necesitan para funcionar también generan una mayor cantidad de residuos celulares. Ahora, una investigación liderada por científicos del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III (CNIC), en España, identificó cómo el organismo adapta su sistema de limpieza a esa demanda y qué papel cumplen las células del sistema inmunitario en este proceso.
El trabajo, publicado en la revista Science Immunology, se concentró en tres tejidos con un elevado consumo energético. Se trata del músculo cardíaco, responsable del bombeo de sangre; el músculo esquelético, que permite el movimiento y ayuda a mantener la postura; y la grasa parda, especializada en la producción de calor. En todos ellos, los investigadores observaron la presencia de grandes equipos de limpieza formados por macrófagos.
Una parte importante de los residuos que deben eliminarse está constituida por mitocondrias dañadas. Estas estructuras, conocidas como las “centrales energéticas” de las células, transforman los nutrientes en energía para mantenerlas en funcionamiento. Sin embargo, a medida que se deterioran, deben ser descartadas para evitar que afecten el funcionamiento de los tejidos.
Los científicos siguieron el destino de estas mitocondrias en ratones y comprobaron que las estructuras desgastadas terminaban dentro de los macrófagos. Cuando impidieron que estas células eliminaran los residuos, los tejidos comenzaron a perder funcionalidad. Así, el corazón redujo su capacidad de bombeo, el músculo esquelético se debilitó y la grasa parda perdió capacidad para generar calor.
El estudio también permitió identificar cómo los tejidos regulan el tamaño de este sistema de limpieza. Los investigadores descubrieron que unas células estructurales llamadas fibroblastos producen señales que favorecen la multiplicación de los macrófagos. De esta manera, cuanto mayor es la actividad mitocondrial y, por lo tanto, la demanda energética de un tejido, mayor es también su capacidad para eliminar los residuos que genera. El análisis de muestras de músculos humanos mostró que la cantidad de macrófagos aumenta en paralelo con la actividad mitocondrial.
Los resultados adquieren especial relevancia al analizar el envejecimiento. Según los investigadores, el metabolismo de los tejidos, la acumulación de residuos y la cantidad de macrófagos cambian con el paso de los años. Además, existen evidencias de que los músculos pierden progresivamente su capacidad para eliminar mitocondrias dañadas mediante un proceso conocido como mitofagia.
Los científicos plantean que el deterioro relacionado con la edad del sistema inmunitario y de los macrófagos podría contribuir a esa menor capacidad de limpieza y, en consecuencia, a la pérdida de función de los tejidos. Aunque todavía es necesario determinar con precisión cómo ocurre este proceso y si puede ser modificado, el hallazgo abre una posible vía para estudiar estrategias destinadas a preservar la salud muscular y el funcionamiento de órganos de alta demanda energética durante el envejecimiento.
Fuente: SINC.



