Desde hace años, la evidencia científica señala que mantener una vida físicamente activa puede contribuir a proteger la salud cerebral y reducir el riesgo de demencia. Sin embargo, una nueva investigación de la Universidad del Sur de California, en Estados Unidos, plantea que no alcanza con medir cuánto se mueve una persona, sino que también importa en qué contexto realiza esa actividad física.
El trabajo, publicado en The Lancet Public Health, analizó datos de 74 estudios de cohortes y de casos y controles que incluyeron a más de 4,2 millones de personas de entre 45 y 93 años, procedentes de 30 países. Los participantes fueron seguidos durante un promedio de diez años y los investigadores evaluaron la aparición de demencia por cualquier causa, enfermedad de Alzheimer y demencia vascular.
Los resultados mostraron una diferencia marcada entre el ejercicio realizado durante el tiempo libre y la actividad física vinculada al trabajo. En general, las personas que tenían mayores niveles de actividad física recreativa presentaban un 24% menos de riesgo de demencia que aquellas que eran menos activas.
Caminar, andar en bicicleta, correr, nadar o practicar deportes fueron algunas de las actividades asociadas con ese efecto protector. Además, la actividad física realizada en el hogar también mostró posibles beneficios, aunque los investigadores advierten que en este caso la evidencia disponible es mucho más limitada.
En cambio, la actividad física laboral apareció asociada con un 20% más de riesgo de demencia. El hallazgo forma parte de lo que los científicos denominan la “paradoja de la actividad física”, un fenómeno ya estudiado en otras áreas de la salud y que plantea que el esfuerzo físico realizado durante una jornada laboral no necesariamente genera los mismos beneficios que el ejercicio elegido voluntariamente durante el tiempo libre.
La explicación podría estar menos relacionada con el movimiento en sí mismo que con las condiciones en las que este ocurre. Los trabajos físicamente exigentes pueden implicar movimientos repetitivos, levantar cargas pesadas, permanecer muchas horas de pie, tener poco tiempo de recuperación y estar expuesto a condiciones laborales riesgosas. A esto pueden sumarse el estrés psicosocial, el escaso control sobre las tareas y la exposición a contaminación ambiental o ruido.
Además, quienes realizan trabajos manuales o físicamente demandantes pueden disponer de menos tiempo y energía para hacer ejercicio recreativo. La fatiga acumulada después de la jornada laboral, las limitaciones económicas o la falta de acceso a espacios seguros para practicar actividad física también podrían influir en esta diferencia.
De todos modos, los investigadores remarcan que el estudio no demuestra que la actividad física laboral provoque demencia. Se trata de un metaanálisis basado principalmente en estudios observacionales y, por lo tanto, no permite establecer una relación directa de causa y efecto. También señalan que buena parte de las investigaciones se realizaron en países de ingresos altos y que muchos participantes informaron por sí mismos cuánto ejercicio realizaban, lo que puede introducir errores de recuerdo.
Por eso, los autores consideran que la clave no es evitar los trabajos que requieren esfuerzo físico, sino comprender mejor el contexto de la actividad y promover oportunidades para realizar ejercicio durante el tiempo libre. Según los especialistas, garantizar el acceso a parques, senderos y espacios recreativos, reducir las condiciones laborales perjudiciales y favorecer un mejor manejo del estrés pueden ser medidas importantes para cuidar la salud cerebral a largo plazo.
Fuente: SINC.



