Al ingresar a la escuela, llama la atención una antigua puerta de reja y los coloridos mosaicos del piso que originalmente conducían al patio. Al recorrer el fondo, frente al mástil y cerca del actual laboratorio, se observan las construcciones de principios del siglo XX. La planta alta que funcionó como vivienda del personal y los árboles centenarios, se preservan junto a otras obras de valor patrimonial realizadas, aparentemente, por el reconocido ingeniero Antonio Micheletti.
Han transcurrido treinta años desde 1995 cuando Adriana Vaiana, docente de la escuela, inició la recopilación de fuentes para narrar estas historias. También pasaron veinticinco años desde que, en agosto del año 2001, la Municipalidad de Rosario declaró a la escuela Sitio de Interés Histórico Cultural. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, cada nuevo aniversario es una invitación a “despertar el archivo”.
Similar a lo que sucede con la historia de la ciudad de Rosario, “la Ameghino” no tiene una única fecha para conmemorar su fundación. La escuela acostumbraba a celebrar su cumpleaños cada 6 de agosto, fecha del fallecimiento de Florentino Ameghino (1854-1911) a sabiendas de que aún quedaban muchas preguntas por responder.
Su historia se inicia el 9 de junio de 1888, cuando comenzó a funcionar –en el mismo solar que hoy ocupa– una Escuela Elemental de Varones denominada “Onésimo Leguizamón”. Poco después se incorporó, en el turno tarde, una escuela para niñas. Es que, precisamente por aquellos años, la entonces comuna de Rosario organizó la instrucción primaria de su jurisdicción con acciones como la creación del Consejo Escolar Municipal, la sanción de un Reglamento de Escuelas Municipales, la distribución de secciones y la asignación de un nombre en reconocimiento a personalidades distinguidas de la época.
En este contexto, el problema de encontrar una locación para las escuelas municipales se resolvía, en muchos casos, asumiendo el alquiler de casas particulares. Este es el caso de la escuela “Ameghino”. Según el diario El Municipio del 16 de mayo de 1888, el Consejo Escolar Municipal había aceptado el ofrecimiento del señor Antonio Díaz, quien disponía el alquiler de su casa ubicada en calle Buenos Aires, entre Cerrito e Ituzaingó.
Al disolverse el Consejo Escolar Municipal, sus escuelas pasaron a depender del Consejo General de Educación de la provincia de Santa Fe. Uno de los objetos que hoy atestigua el traspaso de jurisdicción, es el estandarte que se encuentra al ingreso de la escuela, con el número que se le asignó y el escudo provincial.
A inicios de la década del veinte, ambas escuelas -la de niños y la de niñas- se habrían fusionado. Sin embargo, la fecha precisa de imposición del nombre era hasta ahora una incógnita. En diálogo con otros archivos (en este caso una carta resguardada en la solapa de un libro) se ha podido constatar que fue nombrada a instancias del director José Andrés Saraví. Así lo relataba: “Yo le di por gestiones ante las autoridades respectivas, el nombre de Florentino Ameghino, para honrar la memoria de este gran paleontólogo argentino”. Su pedido fue aprobado por el subinspector de escuelas de la provincia, el 1 de junio de 1917.
Las primeras
La escuela era conocida como la “escuela de las hermanas Gibelli” que, al parecer, vivían en una de las dependencias del establecimiento. Algunos datos recientemente recabados nos cuentan que Emilia Luisa Gibelli (1862-1950) y Florentina (Flora) Hipólita Gibelli (1867-1943) eran hijas de Alejandro Tito Gibelli, un carpintero genovés asentado en la campaña de Carmen del Sauce. Emilia L. Gibelli fue, además, directora de la Escuela Industrial de Señoritas.
Otra mujer se destaca en la historia de las primeras décadas de la escuela. El nombre de Jeanne E. Hazebrouck (o Juana Elisa) aparece en una fotografía, fechada en mayo de 1922, ubicada junto a otras cuatro docentes.
Durante los 15 años de su gestión dispuso la construcción del salón de actos (1924), creó la Asociación Cooperadora (1925), adquirió nuevo mobiliario, una campana y novedosos materiales didácticos para la época. Por ejemplo, en 1930 compró un cinematógrafo. Además, fue la propia Hazebrouck quien gestionó la colocación del busto –otro símbolo para la escuela– en conmemoración del 25° aniversario del fallecimiento de Ameghino, en 1936.
Los archivos escolares no sólo resguardan la historia particular de cada institución sino que, en muchos casos, conservan parte del patrimonio documental de la ciudad. Por ejemplo, entre sus papeles, se encuentra la invitación a la inauguración del Jardín de Niños en el Parque Independencia, a realizarse el 15 de mayo de 1915. No casualmente, la creación de este espacio lúdico para la primera infancia estuvo estrechamente vinculado a otra mujer precursora en materia educacional local: Juana Elena Blanco. Pero esa es otra historia.
Volver a contar
Estos son apenas un puñado de datos para recordar los comienzos. Camino a los 140 años, la historia de esta escuela se prepara para ser nuevamente contada, para completar los fragmentos de muchas otras historias de quienes forjaron la educación en Rosario a principios del siglo XX.
Nuevas autoridades han asumido recientemente la conducción de la escuela. La curiosidad y el entusiasmo se renuevan cada año en los niños y niñas que transitan sus primeros grados. Maestras y maestros de larga trayectoria conviven con los docentes recién llegados y varias generaciones de algunas familias o personalidades destacadas de la cultura rosarina que han pasado por la escuela, esperan para compartir sus recuerdos y anécdotas.
Por todo ello, es preciso despertar el archivo, cada tanto, para que nos vuelva a contar.
*Por Maria Eugenia Guida, docente e investigadora de la Escuela de Ciencias de la Educación, Facultad de Humanidades y Arte, UNR



