Conocí a Cabrón. Una mesa de un living, papeles desparramados con instrucciones contables y ejercicios de balances administrativos. Me topé con su riguridad a finales de 1986. El hombre delgado intentaba enseñarme el mundo del trabajo bancario. Reynaldo era amigo de mi padre. Tenía un hijo poeta con su mismo nombre que mi familia adoraba y admiraba al que llamaba Reynaldito.

Leí el libro de Reynaldo buscando mis propias pistas. Un rompecabezas egoísta e incompleto que todo hijo lleva tatuado en el alma, la ausencia de su propio padre. Hay algo hermoso —y brutal— en los libros sobre padres. Sospecho, como sucede con esta nota, que los escritores creen que van a escribir sobre otro, pero en realidad terminan excavándose a sí mismos. Como si la memoria fuera una pala invertida: uno apunta hacia afuera y termina rompiéndose las uñas en sus propias entrañas.

“Este es un libro que adelgacé bastante, porque en un momento me di cuenta que estaba escribiendo muchas cosas sobre mí que no tenían que ver con mi padre. Después de charlarlo con mi editora y con mi psicóloga también, decidí quitarlas”, confiesa el autor. 

Reynaldo Sietecase hizo eso en Cabrón. Y acaso por eso el libro conmueve. Porque no intenta construir un monumento perfecto. No es la estampita de un padre heroico ni una venganza disfrazada de literatura. Es otra cosa. Más difícil. Más humana. La reconstrucción minuciosa de un hombre común al que el tiempo empezó a borrar de la memoria. 

El procedimiento que eligió es arqueológico. Él mismo lo cuenta. Llegó al libro después de atravesar una maestría de escritura, ejercicios literarios, talleres, lecturas y una tesis que terminó llamándose Arqueología de mi padre. Ya con varios libros publicados, volvió al lugar incómodo del aprendiz. A sentarse en un aula con escritores más jóvenes, a escuchar correcciones, a escribir escenas mínimas. Y en uno de esos ejercicios apareció una imagen: su padre tocando la guitarra. Recordaba la escena, la posición de las manos, el instrumento. Pero no la voz. Había olvidado la voz de su padre.

Ese vacío lo empujó a buscar objetos. Unos lentes rajados. Un anillo con iniciales. Una lapicera cruzada en la camisa. Una radio. Un reloj. Cosas mínimas. Restos. Como si los muertos dejaran pequeñas migas materiales para que alguien pueda volver hasta ellos. Y entonces apareció el verdadero libro: no el de las anécdotas familiares sino el de los objetos que todavía conservan temperatura emocional. “A partir de los objetos, contar a alguien, es como el arqueólogo que está buscando los huesitos en la Patagonia”, puntualizó Rey.

Reynaldo estudió Ciencias Económicas por mandato de su padre. Hoy autor de una vasta y prestigiosa bibliografía negra y criminal se anima a abrir su intimidad familiar. A mostrar, no sin pudores, lo que hay dentro. Bien adentro.

“Es un libro que se me impuso prácticamente, como una necesidad. Y no pensé nunca escribir sobre mi padre, ni se me había ocurrido nunca”, cuenta.

Lo que nunca se le había ocurrido disparó en un ejercicio literario el recuerdo de su padre tocando la guitarra, una mueca de la canciones mudas porque no recordaba su voz. 

“Me volví desde el centro de la Capital hasta Chacarita con una angustia, espero no trasladársela a la gente en este momento, sobre todo porque los que tengan padres de una época donde no había tanto material para tomar en digital, no había teléfonos. Y me quedé muy mal todo el viaje. Llegué a mi casa atravesado por el olvido de la voz de mi papá. Y me puse a buscar, yo me acordaba que había un video, y encontré un video de cuando él compra una cámara".

"Y a partir de eso, es alucinante el video, tiene menos de tres minutos, pero es el vendedor tratando de convencer a mi padre que compre la cámara Panasonic que le quería vender, año 92. Y el vendedor, claro, le enfoca la cara, y yo le veo los anteojos y pienso, mi papá esos anteojos los tengo yo. Le enfoca el anillo de sello, que tiene la R y la S, como yo, que me llamo igual que mi papá”, recuerda Rey.

Antes de escribir, Sietecase buceó por otros libros de hijos escribiendo sobre padres: fue a buscar pistas. Quiso saber cómo habían contado a sus padres Paul Auster, Claudia Piñeiro, Hanif Kureishi, Martín Sivak, Philiph Roth, Eduardo Berti. Como quien se asoma a otros espejos para entender el propio rostro. Porque todos los libros sobre padres son, en el fondo, variaciones de una misma pregunta: ¿por qué los extrañamos toda la vida?

Los escritores creen que van a escribir sobre otro, pero en realidad terminan excavándose a sí mismos

Mientras lo leía pensé muchas veces en mi propio padre. Buscando en sus líneas algunas pistas de ese tiempo, los 60 y 70 con hijos pequeños y cuentas a pagar en una Rosario muy distinta. Con trabajadores yendo a sus labores con saco y corbata, cafecito de pie en Sorocabana, fumando y bebiendo mientras Zitarrosa, el tango o los poemas del folclore merodeaban los dedos de aquellos que sentían que el camino de la vida no alcanzaba solo con el recibo de sueldo

Todavía puedo verlo desplegando los papeles sobre la mesa de su casa mientras intentaba enseñarme contabilidad y otras menudencias bancarias para prepararme para un examen de ingreso al Banco Provincial de Santa Fe. Me corregía riguroso por mi torpeza con los números. Explicaba como quien no tolera demasiado el error. Y sin embargo allí estaba, dedicándome un tiempo paternal. Años después uno aprende que muchas veces el amor de esos hombres venía disfrazado de exigencia. Que sus caricias podían estar vestidas de esa explicación detallada sobre un enredado balance bancario.

Tal vez por eso Cabrón conmueve tanto. Porque no habla solamente del padre de “Reynaldito” sino también del autor y de todos esos hombres que crecieron creyendo que la ternura tenía sus particulares apuntes. Pienso en él y recuerdo el mío. Padres que fumaban en silencio, acomodaban papeles, afinaban guitarras, daban órdenes secas y envejecían distantes para decir “te quiero”. Hombres que dejaron objetos como un rompecabezas que no dejamos de atesorar.

Escribir sobre el propio padre es también dar una profunda explicación de uno mismo

Lo que empezó como un ejercicio muscular literario terminó merodeando el corazón de mi amigo Rey. Y quizás por eso el libro termina funcionando como una herencia involuntaria. No la herencia material sino otra más inevitable. La certeza de que un hijo pasa buena parte de su vida extrañando y buscando la voz de su padre.

Cabrón de Sietecase se presenta este viernes 22 de mayo a las 19.30 en el Centro Cultural Fontanarrosa con entrada libre y la presencia del autor junto a Pablo Feldman, Elisa Bellman y Sandra Corizzo. 

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