Este martes se celebra el Día de Reyes, una fecha que tiene su origen en el calendario religioso católica. La aparición de Melchor, Gaspar y Baltasar data de más de dos mil años en los relatos bíblicos y las tres figuran siguen en la actualidad uniendo a generaciones en una celebración que mezcla fe, historia y fantasía.
Cada 6 de enero, millones de niños cumplen con el ritual de dejar agua y “algo para comer” a los camellos que trasladan a los tres reyes. A modo de retribución, los “monarcas” sueles dejar regalos. Este ritual esconde una historia que ha evolucionado drásticamente desde sus orígenes en el siglo I.
La única mención bíblica de estos personajes se encuentra en el Evangelio de San Mateo. Sorprendentemente, el texto original no menciona que fueran tres, ni que fueran reyes, y mucho menos sus nombres. Se refiere a ellos simplemente como "magos venidos de Oriente".
En aquel contexto, la palabra "mago" (del griego magoi) no se refería a quienes hacían trucos, sino a sabios, astrónomos y sacerdotes persas que estudiaban el firmamento. Siguiendo una estrella –fenómeno que hoy los científicos debaten si fue una conjunción planetaria o una supernova–, llegaron a Belén para rendir homenaje a Jesús, el "rey de los judíos".
Fue la tradición de la Iglesia católica la que, con el paso de los siglos, fue completando sus perfiles. Por una parte, se fijó que fueran tres debido a los regalos entregados: oro, incienso y mirra.
El oro era el metal precioso por excelencia, entregado para reconocer a Jesús como rey. El incienso, que es una resina aromática usada en los templos. simbolizaba su naturaleza divina. En tanto que la mirra es un compuesto utilizado para embalsamar cuerpos, representando su Humanidad y el destino de su sacrificio.
También los nombres –Melichior, Gaspar y Balthasar–son parte del mito. Los mismos aparecieron por primera vez en un mosaico del siglo VI en la basílica de San Apolinar el Nuevo (Rávena, Italia).
Ya en la Edad Media, se decidió que representaran a las tres edades del hombre y los tres continentes conocidos hasta entonces (Europa, Asia y África), otorgándole a Baltasar su característica piel negra.



