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¿Realmente el dolor es una escuela? La increíble experiencia del maestro taoísta leninista Vladimir Tao Tse Tung y la poetisa marxista Rosa Luxen Virgo
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No existe una escuela que enseñe a vivir

Charly García

 

¿Qué es ser un maestro? ¿Qué significa tener uno? ¿Puede realmente una persona enseñarle a otra lo que tiene que hacer?

Hay gente a la que por saber, magnetismo, carisma, capacidad de liderazgo, poder de seducción, actitud o lo que sea, le dan o asumen (o le dan y asumen) ese lugar. Algunos lo manejan con humildad, otros no. Para decirlo mal y pronto: algunos se la creen, otros no.

Lo cierto es que nadie te enseña a vivir. Y que no hay mejor maestro que uno mismo, pues el aprendizaje más vívido es aquel que se construye a partir de la la propia experiencia y se graba en nosotros para siempre. “El aprendizaje es experiencia, todo lo demás es información”, afirmaba Einstein.

Vladimir Ilich Tao Tse Tung solía decir que los traspiés enseñan mucho más que los éxitos, una frase que años después fue tomada por un famoso técnico de fútbol rosarino, conocido por sus supuestas alteraciones mentales, que nunca lo confesó pero que está claro que leyó al filósofo taoísta leninista que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo.

Pero no hablaba de resultados deportivos Vladimir, sino de algunas de sus frustradas experiencias amorosas. O acaso de la más dolorosa de todas, que tuvo como escenario aquella Berlín de principios del siglo XX, cuando todo era agitación en Europa después de la Primera Guerra Mundial y la revolución comunista de octubre.

Fue allí donde el entonces estudiante chino-ruso conoció a la poetisa marxista Rosa Luxen Virgo.

El joven Vladimir ya impresionaba por su capacidad de síntesis y por el magnetismo que generaba entre sus compañeros. Por esos largos silencios que interrumpía para lanzar una frase que despertaba la atención de todos. Menos de Rosa, que lo consideraba demasiado ególatra e individualista.

Lejos de aceptarlo, el joven Vladimir intentaba una y otra vez acercarse a su compañera de universidad, quebrando en forma permanente un mantra que había compuesto para vencer la obsesión que lo embargaba: "Existir, no insistir. Existir, no insistir", repetía a modo de oración con la idea de alejarse de la única mujer que le era esquiva en el campus universitario berlinés.

Pero acto seguido, inventaba cualquier excusa para acercarse a ella y mostrarle sus dotes de maestro incipiente. Tanto energía ponía Vladirmir en conquistar a la bella Rosa Luxen Virgo, tanto se empeñaba en ello, que empezó a perder ese brillo que deslumbraba al resto de los mortales que lo rodeaban. “Estás hecho un gil”, le llegó a decir su amigo novelista Tomasito Mann.

Pero justo ese día Rosa, harta de que nuestro héroe interrumpiera su lectura del diario marxista “El Capital” –decano de la prensa alemana–, aceptó la invitación para ir a comer un Franckurt y tomar un helado con él a la avenida Pellegrinen de Berlín. Feliz, locamente optimista, Vladimir buscó a su compañero escritor, le contó de la cita que había logrado, y, soberbio, lo sobró: “Yo sé lo que hago, Mann”, una frase que décadas después se convertiría en modismo en un país lejano de Latinoamérica.

Vladimir desplegó todas sus herramientas de seducción. Recitó poemas, le habló de sus múltiples lecturas, de sus viajes, de su bagaje espiritual, pronunció muchas de esas frases con las que encantaba a sus habituales interlocutores. Y finalmente, cansado del desinterés que mostraba Rosa Luxen Virgo en todo lo que no fuera la posibilidad de que el proletariado se levantara en armas contra la maldita burguesía mundial, le dijo que por qué no se iba a dormir con él, que dejara de hacerle la guerra fría –otro concepto del maestro que se impuso décadas después– y empezaran la de los besos, que no había revolución que no empezara por uno mismo.

Rosa Luxen Virgo se levantó de la silla y con las dos manos tumbó la mesa hacia Vladimir, que quedó empapado por el chop que el mozo le había llevado unos minutos antes, mientras todos los parroquianaos del bar Blanquen de la avenida Pellegrinen de Berlín miraban atónitos la increíble escena.

Rosa lo miró con desprecio y pronunció una frase que luego formaría parte del glosario de ciertos intelectuales que alguna vez fueron comunistas: “Conmigo no, Tao Tse Tung. El único maestro implacable es la historia”.

Fue duro regresar a clases para nuestro gurú. Por lo menos, cuando lo hizo, se encontró con que Rosa Luxen Virgo ya no estaba, pues había decidido partir hacia Moscú y unirse a las tropas revolucionarias rusas.

Los chismes corrían rápido en la Universidad de Berlín. En el momento en que entró al salón, todos fijaron sus ojos en Vladimir. Su amigo Tomasito corrió a abrazarlo. Y él, con la lucidez recuperada, le demostró que la cruel experiencia que había pasado le dejó una enseñanza grabada a fuego, una de esas que formatearon su espíritu de maestro. Lanzó Vladimir: “Si me empeño ciegamente en conseguir lo que creo que quiero, puedo descuidar y perder lo que efectivamente tengo”.  

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