Sabrina Ferrarese
Las manos de Roberta se movían rápidamente esa mañana de diciembre. Su cuerpo pequeño pero robusto le ponía los puntos a la oveja que aunque atadas sus patas, lograba dar movimientos eléctricos de resistencia. No quería perder las mañas entre tanto tijeretazo que la convertía en un animal desnudo. Como si fuera su Bolivia natal, esta mujer de 29 años y rasgos indígenas esquila ovejas y llamas en plena ciudad de Rosario. Con lo que obtiene hace lana, la teje y la transforma en chalecos, sombreritos, medias, saltos de cama y ponchos de todo tipo que intenta vender para sumar un ingreso a su casa.
Valencia es el apellido de su familia radicada en Calchani, un pequeño pueblo del departamento de Cochabamba, Bolivia. Hace más de 20 años atrás, Roberta aprendió allí, de su propia madre, el arte de producir lana. “Yo aprendí a hacer esto a los 6 años. En el pueblito teníamos ovejas y esquilábamos, hilábamos y después hacíamos las prendas”, recordó en contacto con Rosario3.com. “No llegaba el auto, no teníamos luz ni agua potable, era un lugar alejado y no podíamos ir al centro a hacer las compras entonces hacíamos las cosas y las usábamos”, precisó.
Pero la vida cambió como pasa siempre y las ovejas y el tejido quedaron atrás y fueron reemplazados por los ruidos de la ciudad. Roberta tenía 15 años cuando se mudó a Cochabamba donde estudió, trabajó en varios lugares, se casó y tuvo a sus dos hijos. Las cosas no andaban bien económicamente: “No teníamos casa ni terreno. Mi marido vino primero y después detrás de él, nosotros. Mi cuñado, que hace 20 años que está aquí, lo mandó a llamar y vino a trabajar con él”, recordó. Así empezó el tercer capítulo de la vida de Roberta, una nueva etapa en donde se reencontraría con sus raíces, a pesar de los miles de kilómetros de distancia.
Rosario, como en Calchani
En 2007 pisó suelo rosarino. “Al principio era emocionante ir a otra ciudad pensando que era distinta a la de uno pero llegabas aquí y era lo mismo y después acostumbrarme me costó un montón”, confesó un día de primavera, sentada en el patio de su casa, en la zona noroeste de Rosario.
Pasó un año en el que no hizo más que visitar a su cuñada y tejer una gran manta. Sin embargo, en 2008 se acercó al Centro Municipal de Distrito Noroeste donde la Secretaría de Promoción Social brindaba un taller de hilado artesanal. “Me animé y fui. Vi carteles pegados, me anoté. ¿Qué será esto?, me pregunté. Entré y vi que hacían las cosas que yo ya sabía. Así fue que pensé en ofrecer la lana”, contó. Una amiga le dio un huso de regalo: “Empecé a hilar y después me incorporé al grupo y fui vendiendo la lana a las mujeres que aprendían a hilar”, agregó.
Ese fue el primer paso que dio para concretar lo que hoy es su propio emprendimiento en el que fabrica la lana y la teje. Incluso, cosecha en su propia casa las hortalizas, frutas y flores con las que tiñe el hilo. Además, empezó a brindar ella misma los talleres de hilado municipales y así trasmitió a otros sus saberes ancestrales.
De la oveja a la madeja
“Yo empiezo desde la esquila, lavo, cardo, hilo y termino en prenda. Puedo hacer polainas, medias, gorritos, camperitas, chalecos y chales. Los vendo entre las chicas, voy al taller y si alguna de las chicas les gusta ellas me compran y también vendo entre la gente de Agricultura Urbana, de ese lado también vendo, a través de la huerta que tengo en el Bosque de los Constituyentes”, manifestó.
Roberta esquila ovejas que habitan en la zona. Se trata de animales que muchas veces son usados por propietarios de quintas para mantener corto el césped. El miércoles 7 de diciembre fue a hacer lo suyo a La Granja de la Infancia municipal, donde le cortó el pelo a dos ejemplares usando para ello una tijera que maneja a la perfección. Según explicó, lo que obtiene se denomina vellón, es el material que luego lavará, teñirá con tintes naturales e hilará.
Ésta última parte del proceso la realiza en su propia casa. En dos pequeños tarros de lata tiñe el vellón de manera ecológica, usando lo cosechado en su propia huerta: “Usamos plantas, flores frutos. Teñimos con eucaliptus, cebolla, remolacha, frutillas o naranjas”, enumeró, mostrando las diferentes tonalidades que puede adquirir el material, que van desde el verde, el rojo y hasta el anaranjado.
El hilado puede realizarse con la rueca o el huso. La primera es una alternativa para hilos más gruesos para lo cual, se sienta y con un pie le da movimiento al dispositivo. Es como si hiciera magia cada vez que toca el pedal. Para darle un espesor aún más fino, toma el huso de madera que manipula con una rapidez increíble, sin darle tiempo a los ojos que buscan entender cómo funciona la cosa, cómo es que lo que antes era un despeluchado tramo, es ahora una suave madeja.
Luego, teje. Lo hace a dos agujas. “Algunas me las hizo mi marido con rayos de bicicleta”, sorprendió una vez más en medio de una sonrisa que le deja ver la dentadura blanquísima. Y así, Roberta se predispone a encadenar la lana y darle una nueva entidad, con una paz única, traída desde tan lejos.



