En mi adolescencia se incorporó a la vida familiar un pullove. rojo, holgado, de buena lana.

Ferro había venido a casa a conversar con mi padre y lo olvidó en el brazo del sillón del living.

Mi madre lo dobló prolijamente y el pullover quedó allí, esperando volver al cuerpo que debía abrigar.

Ferro no llamaba y el tiempo se iba cargando de relatos terribles. El vecino de la motoneta que trabajaba en el cordón Lagos. La compañera de trabajo de mi prima. El chico d. cuarto año de  la secundaria. La hija del electricista del barrio. La preceptora de la escuela de mi amiga Mónica. El muchachito discapacitado de la vuelta.

Y el pullover esperando.

Mi padre había llamado a Ferro para recordarle que su pullover estaba en casa.   Después de mucho insistir lo había atendido una mujer que le dijo que no tenía  nuevas noticias. 

Sé que mi padre fue a ver a esa familia y que había niños pequeños. No nos aclaró las circunstancias de Ferro.

El otoño avanzaba. Un día mi hermano, el tercero, volvió de una salida con una chica. Se había puesto el pullover de  Ferro.

-Olvidé mi campera en el club- se disculpó. Lavó el pullover, lo secó envolviéndolo en un toallón para que no se deformara y  lo devolvi. al brazo del sillón.

Días más tarde otro de  mis hermano. lo usó para ir a un cumpleaños.

Al poco tiempo, cuando mis hermanos  engancharon el pullover jugando al futbol me ofrecí para devolverlo. Mi  padre me atajó diciendo que no era oportuno, que sabía que esa familia estaba mudándose y no era bueno agregarle más cosas. Insistí. No concordaba esta actitud con la práctica d. devolver lo que uno encontraba. Entonces supimos que Ferro estaba desaparecido.

–Le compraremos uno nuevo, cuando  vuelva.

Cuando empezó el frío se me ocurrió probármelo. Me quedaba enorme. Tenía un corte decididamente masculino. No eran tiempos unisex. Casi llegaba al largo de mi minifalda y me amparaba de las miradas golosas. Era muy abrigado. Lo usé todo el invierno.

Con la llegada del verano volvió a quedar limpio y doblado en el brazo del sillón.

No recuerdo cuándo dejamos de preguntarnos por la devolución del pullover.

Lo usamos los tres hermanos mayores. Los codos se rompiero. y mi madre le agregó unos "pitucones" de gamuza para que siguier. abrigando durante esos inviernos.

Cuand. estuvo muy enganchado y gastado de envolver tanto cuerpo jove. que bailaba, jugaba, paseaba, corría, estudiaba con él, mamá le quito las mangas y siguió  cobijando como chaleco. Con ellas hizo agarraderas para la cocina, tejidas al crochet.

Nunca tuvo lugar en un ropero ni mucho menos en un cajón. Siempre estuvo en el brazo del sillón donde lo dejara Ferro.

 Más adelante  mamá destejió cuidadosamente lo que quedaba del chaleco . con las hebras de lana roj. tejió un almohadoncito redondo que puso en el sillón del living, donde viviera el pullover tantos años. Hubo almohadonazos entre hermanos, sirvió de mesita para apoyar apuntes a quien estudiara sentado en el sillón y  para las cabeceadas de  las  siestas de mi padre.

Mamá amaba los gatos. Con las hebras  gastadas del almohadón rojo, entramadas con lanas de muchos colores hizo una manta para una gatita negra que encontró en la calle.

La gat. vivió veinte años y murió amortajada por esa manta. Me apenaba el dolor de mi madre por su gata y por la desaparición de la última transformación del pullover de  Ferro. Intenté consolarla diciendo que ambos, gata y pullover, habían tenido vidas intensas y largas. Tal vez  solo lo pensé y  no dije nada.

Ese día, luego de despedir a  la gata negra, llegué temprano a trabajar a la oficina. Me preparé sola el café ritual de los velorios, sin muertos que velar.  A media mañana entró una mujer y me saludó.

 -¿Como es tu nombre?- le pregunté, distraída y formal.

- Andrea Ferro.

Salté emocionada. -¿Puede ser que mi papá fuera amigo del tuyo?

-No lo sé. Está desaparecido desde que yo era muy chiquita.

Le conté la historia del pullover rojo.

Esa jornada yo quería  que el tiempo volara para volver a casa de mi madre y contarle que el pullover estaba vivito . coleando, transformado ahora en relato, en la boca de la hija de ese hombre a quien debía abrigar.

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