El cuento de la buena pipa

La violencia que impera en las calles de la ciudad tiene un blanco fácil: la niñez. Los casos de niños y niñas alcanzados por balas se repiten a casi cuatro años del recrudecimiento de este fenómeno. ¿Hasta cuándo el asombro por una situación consistente y permanente?

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"Aserrín, aserrán,

los maderos de San Juan,

piden pan, no les dan,

piden queso, les dan hueso

y les cortan el pescuezo".

(canción popular con varias versiones)

 

Hace más de treinta años atrás, cuando era chica, se usaba entre los niños, un juego que detestaba. La invitación se concretaba con la pregunta: "¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?" Si respondías sí o si optabas por un no, la pregunta se retomaba: "No t dije sí "(o no) Yo te pregunte si querés que te cuente el cuento de la buena pipa". Así hasta el aburrimiento que por supuesto, llegaba enseguida. Se trataba entonces de un pasatiempo inútil, que me ponía de muy mal humor. 

Es viernes 15 de septiembre y trasciende que una niña de 7 años fue baleada. Los primeros informes periodísticos indican que la chiquita quedó en medio de una balacera en Amenábar al 4000, después se sabrá que se investiga la posibilidad de que haya sido herida por disparos dirigidos con intencionalidad a miembros de su familia. 

Como si fuera algo tan distinto el hecho de que haya estado entre los "blancos" a que se hubiese encontrado en plena calle. 

La violencia contra los niños y niñas que se afianza en la via pública con la acumulación de casos mortales y de pequeños gravemente heridos es una consecuencia del recrudecimiento de los conflictos entre los adultos, un fenómeno que ya causaba interrogantes hace casi 4 años atrás y que despertó hace más de un año la preocupación de la Defensoría. Es por eso que cuesta entender la posibilidad de mirar esta escena como si fuese novedosa. Hace apenas dos meses murió la pequeña Micaela Dulce también cruzada por un fuego ajeno encendido en barrio Triángulo por pistoleros desalmados. 

Las peleas a mano armada entre bandas delictivas ya no pueden sorprender como tampoco sus viles consecuencias. Si Rosario se ha transformado en una ciudad donde los tiros son ruidos frecuentes al menos en algunos barrios, la posibilidad de víctimas totalmente marginales a esos intringulis es totalmente cierta. La infancia en la vereda hace rato es altamente peligrosa, pero ¿hasta cuándo lamentaremos hijos acribillados?

Es un lugar común repudiar el padecimiento de un niño. Cualquiera puede sensibilizarse por los chicos con hambre, por los que deben trabajar, por los prostituidos, los adictos, los descolarizados. Lo mismo sucede con estos, los niños baleados, que a esta altura pueden ser nominados así, en grupo, porque ya son muchos y comparten características y condiciones como víctimas. Pero más allá de oposiciones y críticas, debería esperarse algún tipo de acción, alguna política estatal que prevenga nuevos casos y sobre todo justicia para ellos. 

Si la perversidad contra las infancias se viene consumando en la calle, también se materializa puertas adentro. Rosario3.com puso en cifras alarmantes el abuso sexual hacia esta población. Quizás sean las mismas caras de una problemática gravísima - los seres mas preciados culturamente resultan los mas castigados- en que si se hace, hay que hacer aún más. 

Y ya no con cuentos de buenas pipas, de iniciativas inconclusas y sin fuerza, sino con acciones concretas, que además de preguntas, den respuestas. Las necesarias para que los más chicos jueguen en paz y se conviertan en adultos incapaces de gatillar un arma.

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