Para escribir lo que sigue fue imprescindible ganar un poco de tiempo. Separar la catarata de emociones del Argentina 3-Egipto 2 del desarrollo del juego. Imposible no dejarse llevar por esos últimos 15 minutos si no se transitan unas horas para “metabolizar” los sentimientos.

De todas maneras, resulta complejo ensayar una crítica futbolística, o unas cuantas, a un equipo que nunca se da por vencido, que cree que no hay imposibles y que, además, tiene a un protagonista de excelencia que todo lo transforma y casi todo lo maquilla.

Mientras por la mente todavía se cruzan las lágrimas de Scaloni y de Leo Messi (quizás no haya pasado el tiempo suficiente para “soltar” las emociones), empiezan a aparecer los inconvenientes de un equipo que futbolísticamente todavía tiene problemas para ser aquel. Quizás el error sea pretender que se parezca a aquel.

Argentina transita el Mundial, ahora con mucho sufrimiento, pero desde el comienzo con un andar cansino, anodino, que por momentos exaspera. Probablemente el primer tiempo frente a Egipto haya sido lo mejor del equipo en la Copa del Mundo, pero, ¿es parámetro Egipto? Por supuesto que no.

La selección camina por la cornisa mientras se quita de encima a rivales de mucha menor jerarquía. Probablemente, la medianía también le alcance para ganarle a Suiza el sábado por la noche.

Cuesta desembarazarse de la adrenalina del partido de octavos de final aún con el paso del tiempo. Pero nadie debería perder de vista que Argentina estaba perdida a los 80 minutos de juego. Las caras de impotencia de los jugadores eran pruebas fieles de un equipo desconcertado, casi entregado. El temperamento y la rebeldía lo rescataron de una casi segura derrota que hubiera sido muy dura por la endeblez del rival.

Qué incómodo que es escribir que Argentina jugó mal frente a Egipto. Es que todo cambió tan mágicamente que parece irreal. Y está bien que los festejos hayan recorrido todo el territorio argentino, pero el cuerpo técnico, ellos lo saben mejor que nadie, debe despojarse lo más rápido posible de las emociones y abocarse a buscar respuestas futbolísticas que le permitan a la selección recuperar con argumentos en el juego la chapa de candidato con la que arrancó la Copa del Mundo.