Dallas (enviada especial de Rosario3). El despertador en el centro de Dallas sonó a las 3.30 de la mañana. Afuera, la fisonomía de la ciudad se presentaba desierta, silenciosa, pero el calor texano ya avisaba desde temprano que se haría sentir con rigor. El ritual de cada cobertura mundialista arrancó con una previa solitaria en el hotel, buscando ganarle la mañana a un reloj que no da tregua. Sin embargo, el panorama cambió por completo al pisar las inmediaciones del AT&T Stadium.

Allí, donde el cemento ya quemaba desde las primeras horas, la marea albiceleste empezó a montar su propio escenario. La odisea de los hinchas se palpaba en el aire: desde temprano, cientos de argentinos e incluso fanáticos extranjeros se agolpaban en los ingresos buscando la esquiva reventa. 

Las historias se repetían a cada paso: muchos se quedaron con la frustración de ver el partido desde afuera, mientras que otros no dudaron en dejar los ahorros de toda su vida con tal de asegurarse una butaca. La consigna invisible y colectiva era una sola: ser testigos de "los últimos bailes" del 10.

 Marea albiceleste en el imponente Dallas Stadium. (Rosario3)
. Marea albiceleste en el imponente Dallas Stadium. (Rosario3)

Y el genio no defraudó. A pesar de arrancar con un sobresalto tras fallar un penal a los 9 minutos, Lionel Messi transformó la tensión en un hito imborrable para la historia del fútbol. A los 38 minutos, tras conectar un centro bajo de Facundo Medina, desató el primer grito sagrado. Con ese gol, el capitán argentino quebró el récord de Miroslav Klose para convertirse en el máximo goleador de los Mundiales masculinos. Ya en el cierre del encuentro, a los 95 minutos y tras una serie de rebotes en el área, el 10 sentenció el 2 a 0 definitivo que selló la clasificación de la Selección a los dieciseisavos de final de esta Copa del Mundo. Con este doblete, Leo alcanzó los 18 goles mundialistas.

La cobertura del partido terminó alrededor de las 16 de Dallas (las 18 de Argentina), en una postal final que reflejaba la locura del día: miles de hinchas se quedaron refugiados en los pasillos internos aprovechando la refrigeración del estadio, ya que afuera los 37 grados al sol eran sofocantes.

Pero el verdadero calor se sintió en las tribunas y en las salidas del AT&T Stadium, donde el postpartido se transformó en una fiesta total de desahogo. En medio de los festejos por el triunfo, los cantos dejaron de lado por un momento el clásico repertorio de cancha para unirse en un ruego colectivo, un grito unánime que compartían tanto argentinos como los miles de extranjeros fascinados: el pedido desesperado al 10 de que no se retire nunca. Nadie quiere que este baile termine, y Dallas fue la prueba de que se deja la vida entera y se banca cualquier clima por verlo un ratito más.

Otro partido memorable del astro rosarino. (EFE)
Otro partido memorable del astro rosarino. (EFE)