No es la primera vez. Pero el jueves pasado circuló un rumor, un chisme, una noticia falsa. No nació de una investigación equivocada ni de una confusión espontánea en las redes sociales. Se propagó por teléfonos, mensajes privados y conversaciones personales, casi sin dejar huellas públicas. Pareció diseñada para recorrer ese camino silencioso que tienen los rumores cuando buscan instalarse antes de ser verificados. No era una noticia deseada, como grafica Miguel Wiñazky, sino lo contrario. Un rumor dramático que pareció actuar como un anzuelo. Una trampa destinada a poner a prueba la capacidad de reacción de periodistas y medios de comunicación.
No fue una mañana sencilla la del jueves. En este texto intento describir la seguidillas de diálogos sobre el tema en el momento del tránsito. Una road movie periodística donde la información, sus fuentes, el chisme y el rumor se agolpaban en tiempos de redes, vértigo y grupos de wassap en el teléfono de un cronista. Los nombre de las personas se cambiaron para evitar exponerlos. No todos se bancan el error.
Mario me escribe a las 10.19 con un textual. “Es fuerte la versión de que murió”. ¿Acá?, pregunto. “Sí, en el Instituto del Diagnóstico”, dice del otro lado de la línea. “Ya lo habían trasladado a Buenos Aires”.
Eran las 10.50 aprox, cuando llamo pidiendo precisiones, fuentes, datos. “Mario, de donde lo sacaste, de donde te llegó”. Mario confía en su fuente, pero es periodista y siempre duda. La versión era valiosa, pero aun así había que chequear todo.
Al primero en buscar fue a un amigo de Jorge. No atiende. Su secretaria hurga con permiso en su chat de wassap copiado en la compu. Hay un mensaje a las 10.10, que dice. “Estoy bien, voy a estar mejor”. Listo, pienso, dato desmentido.
“Si sabes algo mas por favor decime”, suplico. El teléfono del periodismo argentino estallaba de preguntas en la mañana del jueves. ¿Es cierto? ¿Justo ahora?
Mi resumen. Jorge a las 10.10 envía un mensaje a un amigo diciendo que estaba bien. Listo. Me aferro con ese dato como ancla para flotar contra el rumor y las corrientes de la tragedia.
Escribo a celebridad médica de la ciudad. ¿Sabés algo? Nada. Es todo un rumor. Está internado en el Instituto del Diagnóstico en Buenos Aires. Si hubiera sucedido algo irreversible y en Rosario ya lo sabríamos, confía. Ok, sigo rastreando: confirmar o desmentir. “Che, un no rotundo me tiraron ante mi consulta. Y no lo veo en los partes. Insider data (sic).
Casi mediodía, los taladros porteños insisten buscando un dato que les empuje el primer título. Mi amigo y colega Lucas, de la radio más escuchada del país, pregunta si es verdad lo que difunden los pasillos de redacciones y salas de prensa. “Mañana de mucho rumor dando vuelta”, me escribe.
Desmiento a Lucas, al jefe de Lucas, a otro colega de Lucas. Otro me escribe y me sugiere que investigue busque más porque según él, yo estaba desinformado.
A las 12:04 el jefe del informativo argentino mas exitoso me da precisiones. “El ministro de Justicia, Mahiques, habló con Chiqui Tapia. Lo sacaron al “chico” de la concentración”.
Respondo que, según mis datos, eso no sucedió cuando una colega de un canal de Buenos Aires me da detalles “finos”. “Se fue a Rosario”, alerta.
Llamo a un amigo del aeropuerto. Me responde rápido. “No vino nadie. Si acaso hubiera aterrizado el vuelo de incognito, igual lo sabría”, me dice. “Tranqui, te aviso novedades”.
Corro detrás de la confirmación o la desmentida.
Desde el tribunal de justicia una funcionaria me reenvía mensajes que se agolpaban en su celular: “Vino esta mañana a desconectarlo. En el Hospital Español”. La precisión habitual de esos despachos desmoronada por el rumor y el chisme.
–Dani, que sabes?
–Que estaba complicado pero estable. Una complicación renal derivada de su enfermedad. Le tuvieron que cambiar la medicación.
El dialogo es rápido y coincidente. Desde el teléfono del paciente salían mensajes tranquilizando a familiares y amigos. “Estoy bien, voy a estar mejor”.
Llega un mensaje de un amigo en Cataluña. “Che, es verdad”. Lo tranquilizo y le pregunto de donde sacó la duda. “De mis grupos de wassap”, me dice.
María me escribe rotunda. “Hasta ahora es posta que falleció, y que él dejó la concentración. Eso lo tenemos confirmado”. María hace 35 años que trabaja de periodista. En la primera línea del periodismo argentino. Rigurosa e infalible. Esto que escribió en el wasap no lo replicó en ningún portal ni lo dijo en la radio. Esperó y calló.
Su jefe tenía datos firmes que pedía profundizar. Confirmar o desmentir.
Le escribo a funcionario de las cumbres de la política. “Me acaban de contestar con un texto de su wassap. Esta ok”, responde.
A las 13:04 recibo el texto de un empleado de la empresa de la familia: “Anda bien”.
13:08, el periodista que más admiro de este país me escribe: “Hola Rober, tenés novedades. Hay versiones terribles”. Faltaban 20 minutos para Florencia Peña dijera lo que dijo.
La teoría clásica del rumor, formulada por Allport y Postman, sostiene que la combinación de importancia y ambigüedad es el combustible perfecto para la difusión de versiones no confirmadas. Cuando el tema resulta relevante y los datos escasean, el rumor encuentra terreno fértil. Sin embargo, lo ocurrido el jueves pareció exceder esa lógica. No se trató solamente de un rumor que encontró audiencia, sino de una operación que buscó aprovechar deliberadamente las debilidades de los sistemas editoriales, empujando a los medios hacia el error para luego exhibirlos como responsables de la desinformación.
En medio de ese pantano de dudas y atolondrados que irresponsables empujaban publicar una mentira llegó un comunicado de la familia del involucrado pidiendo “responsabilidad, prudencia y humanidad”. “La salud de una persona y la tranquilidad de su entorno no deberían ser objeto de especulación ni de interés mediático irresponsable”, dice el texto donde desmienten el fallecimiento.
“En estos momentos se encuentra bajo seguimiento médico, recuperándose y evolucionando favorablemente dentro del cuadro que presenta”.
La noticia no fue noticia. Solo pocos tropezaron con la irresponsabilidad. Florencia y la cuenta Coherencia por favor, que en medio de los rumores publico un texto “Fuerza Lio” sobre un fondo. A los minutos lo cambió por una foto entre padre e hijo para disimular su morbo dramático y vampírico.
Las fake news logran publicarse y generar debates sobre su existencia. El episodio del jueves fue un rumor dramático. Un anzuelo multiplicado para que piquen y se expongan.
Solo Florencia, que no es periodista, y algunos oportunistas que incendiados suplicaran piedad para evitar ser cancelados por las multitudes.
Y después vino el comunicado. La familia habló. El rumor se derrumbó con la misma velocidad con la que había crecido. Algunos borraron mensajes. Otros fingieron que nunca habían preguntado. Los más prudentes siguieron trabajando como si nada hubiera ocurrido.
No se trató solamente de un rumor que encontró audiencia, sino de una operación que buscó aprovechar deliberadamente las debilidades de los sistemas editoriales
Quedó, sin embargo, una sensación extraña. Durante tres horas no perseguimos una noticia. Perseguimos una sombra. Una figura que aparecía y desaparecía detrás de cada llamada, de cada grupo de WhatsApp, de cada fuente que juraba saber algo y en realidad repetía lo que había escuchado cinco minutos antes.
Pienso ahora que aquella mañana tuvo algo de esas historias de Paul Auster donde un hombre sale a buscar una respuesta y termina encontrando otra cosa. Creíamos estar verificando una muerte. En realidad, estábamos observando el recorrido de una mentira. Su velocidad. Su capacidad para cambiar de forma. Su extraño poder para convertir a personas inteligentes en repetidores involuntarios.
A las diez y diez de la mañana existía un mensaje sencillo: "Estoy bien, voy a estar mejor". Todo lo demás fue ruido. Centenares de llamadas, hipótesis, certezas provisorias, versiones alarmadas y periodistas corriendo detrás de una noticia que no existía.
Tal vez el oficio consista justamente en eso. En atravesar el ruido. En seguir buscando cuando todos parecen haber encontrado una respuesta. En soportar la ansiedad de quedarse unos minutos más con la duda. Porque la verdad suele llegar tarde. Pero cuando llega, casi siempre tiene la misma apariencia discreta de aquel mensaje perdido en un chat: pocas palabras, ninguna épica y como alguna vez dijo el profe Wiñazky “una terquedad admirable para sobrevivir al rumor”.



