Cuando era chico tenía un amigo que medía el tiempo en canciones. Sabía que para llegar a la casa de su abuela caminando demorada lo que duraban los cinco primeras temas de Clics modernos en su walkman. Para ir en bici al club alcanzaba con darle inicio a Cadáver exquisito al salir y llegaba en el último acorde. A mí me gustaba mucho esa idea. Me parecía superoriginal, pero más me gustaba contar el paso del tiempo a través de los mundiales.
No recuerdo mucho de la hiperinflación de Alfonsín, pero recuerdo el zapato de Caniggia volando por el aire en el 90, después de tres zancadillas al hilo de los cameruneses. Tampoco recuerdo el día en que se reformó la constitución en el 94. Sí, por obvias razones, cuando se produjo la explosión en la Amia; pero tengo guardado en mi memoria el día que la radio me dijo que hubo un tipito que se acordó "de un griego que solía hablar con humildad" y dijo "de fútbol lo sé todo".
También recuerdo que traté de mentiroso a un compañerito del club que me contó que Fernando Redondo había renunciado a la selección en el 98. No podía ser cierto. No quería que lo fuera. Pero por entonces no había algoritmos que me dijeran lo que yo quería escuchar.
Los mundiales sirven para terminar con toda duda temporal en una familia promedio. En la casa del vecino de mis viejos se dio la siguiente frase: "No, la nena de Mario se recibió en el 2002, no en 2001. Fuimos a tirarle huevos en pleno invierno, el día del gol de Beckham a la selección de Bielsa. ¿No te acordás la amargura que traíamos?".
Un mundial puede contar la historia y su tiempo, es decir, el tiempo: puede contar una dictadura, puede describir el fascismo; la suspensión de dos mundiales puede explicar conflictos bélicos; un partido —El partido— puede contar otra guerra un poco más austral; e incluso un penal pateado en Nápoles puede explicar como un dios se transforma en el diablo de un momento a otro.
El fútbol es todo menos once jugadores corriendo atrás de una pelota, mucho más que 48 equipos que acarrean ilusiones de miles de millones de hinchas; es también una manera de contar el tiempo. Mi manera.
Yo todavía recuerdo jugar a los penales en el garage de mi abuelo y elegir el portón que tenía más cerca el televisor de tubo de 20 pulgadas, en el que los brasileños le abollaban los palos a Goycochea.
Los mayas tenían su propio calendario, los romanos también. Incluso, Julio César pensó que ese se había vuelto muy impreciso e instauró el suyo. Y, a veces, siento que el gregoriano que usamos hoy también lo es. Cada uno tiene su propia manera de contar el tiempo. Mi amigo tenía su walkman. Nosotros, los futboleros, por suerte, todavía tenemos a los mundiales. No sé muy bien hasta cuando. Por ahora, disfrutemos.



