Cuando el 8 de marzo pasado Radio Jai publicó en su cuenta una amable crónica de viaje de gobierno a Nueva York donde una mujer rubia aparecía al lado del jefe de Gabinete pocos imaginaban que el entonces hombre fuerte de las varas y la ejemplaridad del Gobierno podía ingresar al túnel del escarnio.
La mujer rubia era su esposa, colada en un viaje oficial, y el emblema de un camino que -como fichas dominó- recorrió su trompeado curriculum político. “Vengo una semana a deslomarme a Nueva York y quería que mi esposa me acompañe”, había dicho como primer yerro de defensa.
Pasaron poco más de cien días de esa foto y Adorni se transformó en la jactancia de la torpeza política más humillante para Milei. No solo una piedra en el zapato del gobierno, sino el espejo más defectuoso del camino que dice emprender.
“No se puede trabajar con boludos”, dijo contundente Patricia Bullrich estos días. La sentencia final para un muchacho que quería vivir bien, después de soñar con el confort y el privilegio. Vivir bien con recursos inexplicables y dibujados en cualquier “despacho” jurídico.
La carta de renuncia de Manuel Adorni, redactada como una confesión emocional, donde pasa de victimario a víctima, no alcanza para explicar nada de lo que complicó. Con herramientas de vocería gastada intenta definirse como el herido de una eficaz operación política.
Su expulsión del gobierno no es solo como dice el texto descubrir el límite. La palabra "familia" aparece una y otra vez, junto con "mujer", "hijos", "afectos" y "vecinos". No es casual. La carta busca desplazar el eje desde el funcionario hacia el hombre común. No dice solamente: "Me atacaron." Dice: "Atacaron a mis hijos". El lector deja de juzgar a un funcionario y empieza a mirar a un padre herido por esos ataques.
La presencia de Adorni era insostenible en tiempos donde Milei sueña con una posible reelección. Un lastre que no iba sumar nada más que problemas. No solo por sus hechos de “presunta corrupción”, sino porque nadie quiere arrastrar “boludos”, según grafica la frase de Bullrich.
El texto se adelanta a los hechos. La legislatura estaba esperándolo con el cuchillo entre los dientes. Lo iban a echar. Era innecesario que Milei disponga crédito político para sostener a un gastado funcionario. Ni siquiera hubo fotos de despedida. Adorni ya no tenía muchas cosas personales en el despacho.
En el texto que no tendrá su voz de despedida, salvo que algún giro de IA lo simule, se construye una identidad de víctima enumerando una enorme cantidad de agravios. Ataques mediáticos, mentiras, corrupción inventada, extorsión, operaciones, vida privada, amantes, hijos, padre biológico, vecinos. La acumulación tiene un efecto psicológico: intenta convencer de que el volumen de agresiones demuestra la inocencia.
No es una carta agresiva. Es una carta triste. La imaginaria melancolía del corrupto que gime inocencia sobre los privilegios perdidos: ¿Por qué ellos sí y yo no? En sus líneas predomina la decepción antes que la ira. Incluso hacia el final aparece varias veces la palabra "paz": "Me voy a dormir en absoluta paz." "Me retiro tranquilo y sereno".
Adorni parece querer convencer tanto al destinatario como a sí mismo de que se va en paz. Necesita preservar su autoestima.
En su despedida se “desloma en idealizar al Presidente”. Tal vez una estrategia para abrazar desde la caída al hombre fuerte para que no lo suelte en lo que vendrá.
Manuel Adorni fue eficaz como vocero porque comprendía el lenguaje de la confrontación y de las redes. El público libertario se relamía con la palabra “domado·, cuando el funcionario humillaba en público a sus interlocutores. “Sos solo un periodista”.
El problema comenzó cuando esa lógica dejó de servir para comunicar un gobierno y empezó a alimentar un pequeño y rústico proyecto personal. La política no siempre castiga esa glotonería: los mismos que lo aplaudían empezaron a ver los gestos de eso que tanto a Bullrich preocupa. O como definió Carlos Pagni cuando dijo que le preocupaba que un hombre tan poco dotado intelectualmente haya llegado a donde el poder lo llevó.
Lo que Pagni describió como “indigente cognitivo” refiriéndose al Jefe del Gabinete de Milei, se transformó pocos días después en “boludo”, según el bravo diccionario Bullrich.
La caída de un Jefe de Gabinete es la caída de una pieza clave de la arquitectura política. Pero también según Bullrich es la caída de un boludo con el cual no es posible trabajar. Algunos creen que “no se extrañará mucho a Adorni en la Casa Rosada”.
Los gobiernos pueden sobrevivir a errores de gestión; les cuesta mucho más recuperarse cuando se resquebraja la confianza en quienes los representan. Pero la historia política argentina demuestra, una y otra vez, que el poder rara vez se derrumba por falta de talento; suele hacerlo cuando la ambición, las ganas de llevarse a casa lo que no corresponde, termina siendo más grande que la prudencia.
El sacrificio del boludo tal vez le dé tiempo a un gobierno que debería ser más inteligente y ejemplar para saber navegar el dilema que atormenta hace décadas a la política argentina: los que roban para sí mismos o los que lo hacen “para la corona”.



