Cuando se habla de los cinco sentidos, el olfato suele quedar relegado. Muchas personas incluso creen que sería el más “prescindible” en caso de perder alguno. Sin embargo, la ciencia sostiene exactamente lo contrario. Esto se debe a que oler no solo permite percibir aromas, sino que también influye directamente en las emociones, los recuerdos y la salud mental.

La neurocientífica Laura López-Mascaraque, investigadora del Centro de Neurociencias Cajal del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, explicó que el olfato tiene características únicas dentro del cuerpo humano. Entre ellas, destacó que las neuronas olfativas son de las pocas capaces de regenerarse cada 40 o 60 días, incluso en edades avanzadas.

Según la especialista, estas neuronas se encuentran en el epitelio olfativo, una zona ubicada en la parte superior de la nariz. Allí, las moléculas volátiles que ingresan al respirar activan receptores específicos que envían señales al bulbo olfativo, donde la información química se transforma en impulsos eléctricos para ser interpretados por el cerebro.

A diferencia de otros sentidos, el olfato no pasa primero por el tálamo (la “central” cerebral que procesa gran parte de los estímulos sensoriales), sino que llega de manera directa al sistema límbico, conocido como el “cerebro emocional”. En ese circuito intervienen estructuras fundamentales como la amígdala, relacionada con las emociones, y el hipocampo, encargado de la memoria.

Por eso, determinados aromas pueden transportar de inmediato a situaciones del pasado. El perfume de una persona, el olor de una comida o incluso la fragancia de una casa pueden despertar recuerdos intensos y muy específicos. Este fenómeno es conocido como “efecto proustiano”, en referencia a la obra “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, donde el protagonista revive escenas de su infancia al probar una magdalena mojada en té.

La investigadora remarcó además que los olores de la niñez suelen quedar especialmente grabados en la memoria emocional. Y aunque algunas fragancias generan rechazo o placer casi universal (como los olores putrefactos asociados evolutivamente al peligro), gran parte de la percepción olfativa depende de factores culturales y personales.

En ese sentido, López-Mascaraque aseguró que el olfato puede contribuir de manera significativa al bienestar psicológico, especialmente en personas con enfermedades neurodegenerativas. A través de talleres realizados con adultos mayores, observó cómo ciertos aromas asociados a la infancia logran estimular recuerdos, conversaciones y emociones positivas que parecían dormidas.

La especialista también cuestionó la poca importancia que se le da socialmente al olfato. “Nadie nos enseña a oler”, señaló, y explicó que incluso existen pocas palabras para describir aromas. Además, aclaró que prácticas como la aromaterapia no deben considerarse medicina, ya que los efectos de los olores son completamente subjetivos. Es decir, un aroma relajante para una persona puede resultar indiferente para otra.

Finalmente, la experta destacó el enorme potencial científico del olfato. Actualmente, investigadores trabajan en el desarrollo de “narices electrónicas” capaces de detectar enfermedades, alérgenos o sustancias específicas a través de sensores inspirados en el funcionamiento olfativo humano. Una tecnología que podría transformar el diagnóstico médico en los próximos años y confirmar que, lejos de ser un sentido menor, el olfato es una de las herramientas más complejas y poderosas del cuerpo humano.

Fuente: EFE.