La tensión entre Rusia y Ucrania se intensifica a inicios de septiembre con una nueva fase de ataques y represalias diplomáticas, generando fuerte impacto en los mercados globales, principalmente en el energético.
Entre el domingo y lunes Rusia lanzó su ataque aéreo más masivo desde el inicio de la guerra, utilizando más de 800 drones Shahed y múltiples misiles contra múltiples puntos de Ucrania, incluyendo Kiev, donde por primera vez fue alcanzado un edificio gubernamental. El ataque dejó al menos cuatro víctimas fatales y provocó daños significativos en infraestructura crítica.
En paralelo, Ucrania respondió ampliando su ofensiva sobre infraestructuras energéticas rusas: drones atacaron refinerías y terminales que representaban el 17 % de la capacidad de procesamiento del país, afectando también al oleoducto Druzhba y al puerto de Ust-Luga.
Estas acciones agravan los cuellos de botella en el suministro energético mundial. De hecho, los precios del petróleo aumentaron notablemente tras la decisión de la OPEP+ de elevar la producción solo en 137.000 barriles diarios para octubre, una cifra inferior a lo esperado, y ante el temor de recortes al suministro ruso. El crudo Brent ascendió hasta aproximadamente US $66,37 por barril y el WTI hasta US $62,58.
El contexto se torna aún más volátil: la interrupción del refinamiento ruso impulsa a los refinadores de EE. UU., especialmente en la Costa del Golfo, a beneficiarse por mayores márgenes de ganancia. El riesgo de nuevas sanciones—también secundarias—sobre los compradores de petróleo ruso añade presión adicional sobre el equilibrio de oferta y demanda.
En resumen, la escalada bélica alimenta una clara reacción de los mercados: precios al alza, reorganización de flujos energéticos y oportunidad para refinadores alternativos, mientras persiste la incertidumbre geopolítica.

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