El 1 de septiembre de 1891, en La Plata, el comisario Juan Vucetich comenzó a fichar y tomar huellas dactilares de los detenidos de la policía bonaerense. Ese día nació el primer sistema práctico de identificación del mundo.
La dactiloscopia argentina no quedó en los libros de historia policial. Se convirtió en la base conceptual de algo mucho más grande: la industria global que hoy verifica quiénes somos cada vez que abrimos una cuenta bancaria o pedimos un crédito online.
El método tuvo repercusión internacional casi inmediata. Distintas policías del mundo adoptaron variantes del sistema de clasificación que Vucetich diseñó en la Argentina, algo poco frecuente para una innovación nacida en América Latina en esa época.
El mercado mundial de biometría pasó de 27.090 millones de dólares en 2020 a una proyección de 62.520 millones de dólares para 2026, según estimaciones de consultoras especializadas del sector. Esa expansión equivale a una tasa de crecimiento anual cercana al 15 por ciento.
Ese crecimiento no es abstracto para quienes manejan un negocio en la región. Cada vez que un banco valida una transferencia con reconocimiento facial, o una fintech abre una cuenta con una selfie, está usando esta tecnología.
Detrás hay un problema que crece aún más rápido. La Organización Internacional de Policía Criminal (Interpol) calculó que el fraude financiero le costó al mundo 442.000 millones de dólares durante 2025, una cifra cercana al producto bruto anual de un país como Dinamarca.
En América Latina, una porción cada vez mayor de esos intentos de fraude ya usa inteligencia artificial generativa para falsificar rostros, voces y documentos. Eso obliga a las empresas a subir el nivel de sus controles de identidad.
En la Argentina, el fenómeno tiene un capítulo propio. La inteligencia artificial aplicada a la verificación de identidad se transformó en la primera línea de defensa contra el fraude bancario, en un contexto donde las estafas digitales no dejan de crecer.
El comercio electrónico es otro frente caliente. Las modalidades de estafa en las compras online se multiplican, y eso empuja a plataformas y bancos a invertir más en verificación biométrica y validación de identidad en tiempo real.
La competencia entre bancos tradicionales y fintechs también pasa, en buena medida, por quién ofrece una experiencia de identificación más rápida y segura. La disputa por el crédito digital se libra hoy con el onboarding biométrico como diferencial competitivo.
Para una pyme exportadora de la región de Rosario, esto no es un tema lejano. Los controles de identidad y de origen de fondos —el conocido KYC— son cada vez más exigentes en operaciones de comercio exterior y financiamiento bancario.
Las empresas de agronegocios, logística portuaria y servicios financieros de Santa Fe conviven a diario con estos requisitos. Cumplirlos bien, con procesos ágiles, puede acelerar el acceso a crédito, líneas de financiamiento y alianzas comerciales.
La otra cara de esta expansión es regulatoria. El uso masivo de datos biométricos —huellas, rostros, voces— genera preguntas sobre privacidad y uso comercial de información sensible que todavía no están del todo resueltas en la región.
Ahí aparece una oportunidad concreta para desarrolladores y startups locales: construir soluciones de verificación de identidad adaptadas a la normativa argentina, con estándares de protección de datos más estrictos que los de plataformas globales genéricas.
El impulso también llega desde el Estado. Las medidas que aceleran la carrera fintech en el país empujan a bancos y billeteras a competir con procesos de verificación de identidad cada vez más ágiles.
Vucetich no imaginó, hace 135 años, que su método terminaría integrado en el chip de un smartphone. Pero el principio que aplicó en 1891 —identificar con certeza a una persona— sigue siendo el corazón de un negocio que crece a doble dígito cada año.

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