La Argentina que factura en dólares y la que se queda sin aire

Mientras Vaca Muerta, Expoagro 2026 y las finanzas celebran crédito, exportaciones y vidriera global, industria, comercio y construcción empiezan a pagar el costo de una metamorfosis brutal: más productividad para algunos, más mora, cierres y repliegue para otros

     Comentarios
     Comentarios

Hay momentos en que un plan económico no se explica con una curva, sino con una grieta. No ideológica: productiva. La foto que empieza a dejar el ciclo de Javier Milei es la de dos Argentinas que conviven, se rozan y hasta se necesitan, pero viajan a velocidades distintas. De un lado, la que exporta, capta dólares, se financia mejor y encuentra en la desregulación una pista de despegue. Del otro, la que depende del mercado interno, del consumo, del crédito caro y de una demanda que ya no aparece.

La paradoja es potente. El mismo esquema que entusiasma a inversores, energéticas, mineras, agroexportadores y servicios profesionales empieza a asfixiar a buena parte de la industria, la construcción y el comercio minorista. El crecimiento proyectado para este año no asoma, así, como una marea que levanta a todos los barcos, sino como una selección implacable: sectores que suben sin freno y otros que bajan sin rebote.

En el lote de los ganadores aparecen con claridad energía y minería, montadas sobre el empuje de Vaca Muerta, la promesa exportadora y un clima regulatorio más amigable. También la agroindustria, estimulada por el tipo de cambio, la expectativa de alivio en retenciones y un contexto climático que mejoró el humor del negocio. Más atrás, pero en recuperación, se acomodan finanzas, servicios profesionales y economía del conocimiento, que sigue funcionando como refugio de empleo formal y de valor agregado.

En la vereda opuesta, la industria manufacturera siente el golpe triple de la caída del consumo, la apertura comercial y la exhibición descarnada de viejas ineficiencias. Muchas plantas que habían sobrevivido a las transformaciones de los 90 ahora enfrentan una mutación más agresiva: la de una economía globalizada que ya no premia ensamblajes forzados ni modelos sostenidos por estímulos como los subsidios. La construcción, además, sigue pagando el freno a la obra pública. Y el comercio minorista empezó a sufrir una doble presión: el cambio de hábitos de consumo y la falta de pesos circulando en la calle.

Expoagro a full

Ese nuevo mapa quedó expuesto con nitidez en Expoagro 2026. En San Nicolás no se habló solamente de maquinaria, tecnología o rindes. Se habló, sobre todo, de financiamiento en dólares. Ese fue el gran protagonista de los primeros días de la muestra: créditos en moneda estadounidense, más baratos que en 2025, con tasas que en algunos casos se movieron entre 4% y 6% anual para capital de trabajo, y en otros entre 9% y 10%, con tickets de entre 70.000 y 500.000 dólares.

El dato no es técnico: es cultural. En Expoagro se vio un productor que dejó de pensar en pesos. Hoy compara tasas internacionales, evalúa inversiones en moneda dura y actúa como si el riesgo de devaluación hubiera salido, al menos temporalmente, del radar. En varios bancos la relación entre demanda de créditos en dólares y en pesos ya se percibe en torno de 70/30, con financiamiento en moneda local arriba del 40%. La señal es contundente: el agro ya discute en otro idioma financiero.

También cambió el canal. En esta edición se percibió más crédito bancario directo y menos protagonismo del mercado de capitales. Los bancos volvieron a ocupar un rol central en el fondeo del negocio agropecuario. A eso se sumó el regreso del leasing, herramienta que había quedado relegada en años de volatilidad y que vuelve a tomar impulso ahora que el escenario permite proyectar pagos a mediano plazo. Incluso empezaron a aparecer líneas específicas para ganadería, otra señal de que la estabilidad cambiaria comienza a irradiar hacia nuevos segmentos productivos.

El clima acompañó. Las lluvias llegaron a tiempo en amplias zonas agrícolas y mejoraron las perspectivas para soja y maíz. Y en el plano institucional volvió a emerger una discusión de fondo: la actualización del marco legal de semillas. Nicolás Pino confirmó una mesa de negociación con el Gobierno para avanzar hacia un nuevo régimen de propiedad intelectual, una reforma que el sector mira como clave para modernizar reglas de juego largamente postergadas.

Pero Expoagro no sólo mostró financiamiento y mejores expectativas. También exhibió la brutalidad de la competencia global. La avanzada china fue uno de los fenómenos más visibles de la muestra. Hubo más marcas, más productos y una presión de precios que alarma a la industria local: en tractores de gamas medias, algunos equipos ofrecieron valores entre 30% y 50% más bajos que los de competidores tradicionales. No sorprende, entonces, que algunas fábricas argentinas ya exploren alianzas para ensamblar localmente con socios chinos y así achicar la brecha de costos.

La contracara fue el desembarco alemán. Fendt debutó en Expoagro con maquinaria de alta gama, innovación y un mensaje claro: mientras China disputa volumen y precio, Europa quiere conservar el segmento premium. En la misma postal convivieron utilitarios, pickups y camiones chinos, una confirmación de que la disputa industrial ya no es abstracta: se estaciona, se exhibe y se vende.

En ese clima, Rosario buscó capitalizar la agenda del agro. Según la nota enlazada, Pablo Javkin visitó Expoagro, participó del lanzamiento del 34° Congreso de Aapresid y se mostró entusiasmado con el regreso del evento a la ciudad, previsto del 4 al 6 de agosto, además de reforzar la idea de una articulación entre campo, ciudad, tecnología e interior productivo.

Villa Olímpica y el aeropuerto local como alternativa a Ezeiza

Ese optimismo convive con otros movimientos que muestran cómo Rosario intenta acomodarse a la nueva época. A mediados del mes pasado, Sebastián Eskenazi (Grupo Petersen) y Martín Eurnekian (Corporación América) recorrieron junto a su socio local Ricardo Griot, el gobernador Maximiliano Pullaro y el ministro Gustavo Puccini lo que será la Villa Olímpica. El proyecto avanza y, en un mercado casi desértico, aparece una palabra que sonaba extinguida: crédito hipotecario. Que vuelva a mencionarse ya es una noticia en sí misma.

En paralelo, surgió otra posibilidad cargada de simbolismo logístico: que durante unos días de septiembre en que habrá obras sobre la pista de vuelos internacionales de Ezeiza, los vuelos de gran porte puedan utilizar el aeropuerto de Rosario como escala alternativa. La provincia empuja esa opción con interés, buscando mostrar capacidad operativa y posicionar a la terminal rosarina como una alternativa concreta, aunque la decisión final dependa de las aerolíneas.

El ejemplo de Tyna

Las transformaciones no se agotan en el campo ni en la infraestructura. También llegan al comercio, y a veces con forma de robot. El mayorista Tyna inauguró un nuevo centro automatizado que se presenta como único en Sudamérica, con un sistema en el que los pallets se mueven de manera autónoma mientras el cliente compra. El proyecto tuvo un fuerte componente local de ingeniería, a partir del trabajo de AFG, la firma de Gabriel Fernández, aunque los robots sean de origen holandés. 

 Julián Romera, tercera generación en Tyna, en la inauguración del nuevo centro comercial inteligente.
 Julián Romera, tercera generación en Tyna, en la inauguración del nuevo centro comercial inteligente.

Detrás de la apuesta hay una definición de época. Mientras muchos jugadores del sector mayorista achican estructura o resisten como pueden, la familia Romera decidió invertir para ganar productividad, trazabilidad, eficiencia y seguridad. El nuevo centro combina automatización, manejo en tiempo real de unos 9.000 SKU y una lógica híbrida: seguir siendo mayorista, pero sin cerrar la puerta al retail. Julián Romera, con 29 años, contador, MBA y una trayectoria construida desde abajo en la empresa familiar, encarna además una escena más amplia: la de una nueva generación empresaria que ya no habla sólo de stock, sino de digitalización, datos y escalabilidad.

Pero siguen pensando en crecer. Compraron un terreno lindero a Sipar que da a la colectora de Circunvalación y extender su red comercial más allá de la región.

Qué hacer con las sucursales de bancos vacías 

La otra cara del proceso también se ve en el sistema financiero. Los bancos siguen cerrando sucursales y profundizando su digitalización. El caso del Banco Santa Fe en la esquina de Santa Fe y San Martín alimentó especulaciones, mientras entidades como Macro ya acumulan decenas de propiedades a la venta o disponibles para nuevos usos. La consecuencia urbana es profunda: calles históricas del microcentro empiezan a reconfigurarse y dejan sobre la mesa una pregunta incómoda. ¿Qué hacer con esos espacios que ya no quieren ni bancos ni oficinas del Estado?

Un mercado que apunta a ser más amigable

Algo parecido ocurre con el Mercado de Productores de Fisherton, donde asoma un debate urbanístico de fondo. En un Concejo Municipal cada vez más atravesado por cálculos electorales y ambiciones para 2027, empieza a circular con fuerza la idea de reordenar y ampliar ese espacio, sumando locales comerciales y rediseñando una pieza urbana cuya localización y lógica operativa hace tiempo piden actualización.

¿Qué week?

Mientras tanto, el clima de negocios argentino tuvo otro escenario de euforia: Nueva York. En Argentina Week, funcionarios y grandes empresas celebraron la posibilidad de mostrar oportunidades del país ante CEOs globales que probablemente no hubieran viajado a Buenos Aires. 

Pero también hubo lecturas críticas. En off, un CEO argentino describió a Ecos365 que el discurso de Milei dividió opiniones: algunos lo celebraron por su tono combativo y otros lo consideraron poco oportuno, demasiado orientado a la tribuna local y menos efectivo para capitalizar una vidriera internacional. Aun así, el evento dejó una conclusión valiosa para el establishment: poner a los decisores globales a mirar la Argentina en primera persona ya es, en sí mismo, una victoria táctica. La incógnita sigue siendo la de siempre: cuántas de esas sonrisas terminan convirtiéndose en inversión real.

Pero debajo de esa superficie ganadora se mueve una corriente mucho más silenciosa y mucho más áspera. La mora empresaria todavía luce controlada en los números agregados, pero empieza a mostrar grietas cuando se desagrega. El problema no está, sobre todo, en las grandes empresas con acceso privilegiado a financiamiento y espalda patrimonial, sino en el universo más amplio de medianas y pequeñas compañías que deben atravesar tasas elevadas, ventas flojas y cadenas de pago tensas.

Allí aparecen los sectores más castigados por el nuevo esquema. La confección de indumentaria y calzado, los muebles, la construcción, alimentos y bebidas, y parte del consumo masivo exhiben niveles de irregularidad crediticia que suben con fuerza. En cambio, petróleo y gas muestran mora bajísima. La economía de las dos Argentinas también se mide en bancos: de un lado, sectores que generan dólares y casi no fallan; del otro, empresas que pelean para refinanciar, sostener cheques y no quedar fuera del circuito.

Ese deterioro se hizo visible en la evolución reciente del crédito: aumento de la situación irregular, salto en préstamos con garantía prendaria, duplicación de rechazos de cheques y un endurecimiento general del acceso a financiamiento. El combo es conocido y cruel: suba de tasas, menor actividad, caída del consumo y empresas obligadas a pagar caro por un dinero que no siempre alcanza para cruzar el mes.

Como si faltara un capítulo de alto voltaje, el círculo rojo sigue de cerca la guerra por Bioceres. La pelea entre Juan Sartori y los fundadores de la firma con base en Santa Fe escaló con acusaciones de vaciamiento, default, sospechas sobre uso de información privilegiada y una batalla judicial por el control de la compañía. La destitución del directorio histórico encabezado por Federico Trucco, el rol atribuido al estudio Marval O’Farrel Mairal y a Gloria Montaron Estrada, y la reorganización societaria que dejó a Moolec Science con el control de BIOX, convirtieron a una de las compañías más emblemáticas de la biotecnología agropecuaria en una novela corporativa de alcance internacional.

El trasfondo es explosivo: default de obligaciones negociables, desplome bursátil, pedido de quiebra y una estructura que, según los socios históricos, habría sido diseñada para encapsular pasivos y salvar activos valiosos. Para el mercado, el caso Bioceres funciona como advertencia. Incluso en los sectores supuestamente ganadores, la fiesta no está garantizada: la ingeniería financiera, cuando sale mal, también puede demoler valor.

Todo esto ocurre mientras la macroeconomía vuelve a encender luces amarillas. El dato de inflación de febrero golpeó el corazón del plan de estabilización. La inflación anualizada del último trimestre corre demasiado alta para imaginar un IPC con “cero adelante” en agosto sin un apretón monetario feroz y una caída brusca de la actividad. 

El Gobierno atribuye parte del fenómeno a una menor demanda de dinero tras las elecciones; otros economistas, incluida la visión que transmite Luis Caputo, insisten en la inercia inflacionaria. En cualquier caso, bajar tasas para aliviar la actividad podría recalentarlo todo de nuevo.

En ese marco, reaparece una palabra incómoda: estanflación. No sólo por la combinación de inflación persistente y economía fría, sino por la posibilidad de sumar un shock de oferta vinculado a la energía. Si el petróleo sube con fuerza, el impacto sería ambiguo para la Argentina: por un lado, más exportaciones, más dólares y más superávit energético; por el otro, combustibles más caros, costos internos más altos y una presión adicional sobre los precios. Es decir: la misma energía que salva el frente externo podría complicar todavía más el bolsillo interno.

La referencia histórica de Domingo Cavallo al segundo semestre de 1990 no es casual. Tasas altas, dólar apreciado, inflación inercial y recesión forman una combinación conocida para la memoria económica argentina. La diferencia es que ahora el país tiene una Vaca Muerta mucho más potente, una minería en expansión y un agro más integrado a la lógica financiera global. Pero también tiene una industria más expuesta, una construcción debilitada y un entramado pyme que ya empezó a mostrar fatiga.

Ese es el corazón del momento. Milei puede terminar consolidando un modelo con menos sectores, pero más competitivos; con menos protección, pero más productividad; con menos épica industrial y más especialización exportadora. El problema político y social no está en la promesa de eficiencia, sino en la velocidad del descarte. Porque mientras una Argentina se entusiasma con dólares, commodities, Nasdaq, shale y congresos agroindustriales, la otra intenta sobrevivir entre persianas bajas, cheques rebotados, sucursales vacías y obras que no arrancan.

La discusión de fondo ya no pasa sólo por si el plan funciona. Pasa por para quién funciona primero, quién queda en condiciones de esperar y quién no llega vivo a la nueva economía. Ahí está la verdadera fractura: no entre optimistas y pesimistas, sino entre ganadores con runway y perdedores sin tiempo.

Comentarios