Hay diplomas que pesan poco en la mano y otros que pesan una vida entera. La cartulina que recibió Nélida en sus manos se intuye como una conquista enorme. Enredada en lágrimas y tropezando con palabras, intenta decir lo que siente una mujer de setenta y pico que aprendió a leer y a escribir a los empujones con el tiempo. A su lado cincuenta personas como ella, la prueba de que ese correr del almanaque no siempre cierra puertas; a veces las deja entreabiertas, esperando que alguien tenga el coraje de empujarlas. Adultos que crecieron sin letras hoy pueden nombrar el mundo con su propia voz.
Esta semana se realizó el primer encuentro de estudiantes del Programa de Becas de Inclusión Ciudadana. Con dos ministros del gabinete ejecutivo de la provincia, Victoria Tejeda del Ministerio de Igualdad y Desarrollo Humano y José Goity, ministro de Educación, los alumnos fueron alentados con diplomas y salutaciones de sus docentes.
En el corazón del barrio Stella Maris, donde los perros descansan libres esperando un hueso descartado, el encuentro fue también una ceremonia de redención. Carpetas aplicadas escritas con los trazos inexpertos de esos adultos que aprendieron a escribir sus nombres para intentar definirse en esas calles de barro.
“Es un orgullo para mí porque sabía muy poquito a leer y escribir. Soy del campo donde no había nada. Después me casé y me vine a vivir a Rosario y empecé la escuela porque un día fue el profe a hablar y ahí mi hijo me dijo «aprovechá mami, andá». Después cuando falleció mi marido empecé. Estoy contenta con esto”, cuenta Nélida, una de las eufóricas graduadas.
A su lado Norma, compañera de banco y tan adulta como ella dice “gracias”, decenas de veces. De sus noches analfabetas a este presente lleno de esperanza, esa palabra (“gracias”) describe lo que pasa por su corazón: ella siente que le salvaron la vida.
–¿Cómo era vivir sin saber leer ni escribir?
–Trabajaba así nomás y qué sé yo, me pagaban lo que querían y yo me daba cuenta que no era así. Entonces yo dije, «no, yo tengo que ir a la escuela para darme cuenta de lo que estoy haciendo y lo que soy».
Aprender a leer y escribir de grande no es sólo sumar conocimiento: es corregir una injusticia silenciosa.
Durante años, la vida les pasó por delante sin subtítulos. Firmaban sin leer, confiaban sin entender, aceptaban lo que venía porque no había herramientas para discutirlo. Y sin embargo, un día volvieron a empezar. Se sentaron frente a un cuaderno como quien se sienta frente a sí mismo, con vergüenza, con miedo, pero también con una dignidad intacta.
“Deje la escuela cuando mataron a mi hijo. Íbamos juntos a aprender y me lo mataron. Le agradezco a los maestros que me tuvieron mucha paciencia cuando yo no podía escribir, no me podía concentrar. Ellos me hablaban, me llevaban que me lave la cara cuando lloraba, me ayudaron a superar el dolor”, cuenta Norma con admirable entereza.
Durante años, la vida les pasó por delante sin subtítulos. Firmaban sin leer, confiaban sin entender. Y sin embargo, un día volvieron a empezar
“Qué va a ser, lo que pasó, pasó. No es a mí solamente que me puede pasar, sino todo el mundo se está quedando sin hijos. Yo no sé, mi hijo iba a esa escuela conmigo y lo mataron. Tenía 23 años y cuando murió pensé que me perdía yo también. Salía de mi casa y no sabía para dónde ir. Me quedaba en mi casa para no perderme. Un día vino la maestra y me dice, Norma, vos te estás quedando acá, te vas a enfermar, me decía. Y yo le decía a ella que no quería vivir más, porque ya ni leer, no voy a aprender, porque ya no puedo”, cuenta y agradece: “Aprendí a leer, terminé. Estoy muy agradecida de todo. Ahora pienso seguir más adelante, un poco más. Estudiando, hacer algo. Yo soy modista, así que estoy siguiendo eso”.
Para Nélida su historia también incluye pérdidas y abandonos. Dolores y ausencias que no se borran con un abecedario. La que venía del campo y de una vida sin escuela, hoy dice que se maneja sola. No es sólo leer: es recuperar el control de la propia historia. Es dejar de depender, es salir, es elegir.
“Esto cambio mucho mi vida. Hice más amistades, salgo más, salíamos más con los profes, muchas cosas lindas, así que estoy orgullosa de haber terminado la escuela. Me costaba salir, me sentía muy insegura no sabiendo leer. Ahora ya me manejo más sola. Yo era del campo y eso me costaba mucho”, dice la graduada.
“Es una herramienta más dentro de una estrategia más amplia que es vencer a la violencia”, dice Ramón Pedro Soqués, secretario de políticas de inclusión y abordajes sociales. “Este programa para alfabetizar a personas mayores a través de una beca ya existía, pero que nosotros lo pusimos a disposición en los barrios atravesados por los índices de violencia, para incluir a través de la educación”.
El funcionario describió que en sus aulas también transitan 650 jóvenes de los barrios priorizados de Rosario (los que encienden alarmas por la violencia destacando el compromiso de los trabajadores del Estado “que creen en esta política pública”.
“Tenemos trabajadores en territorio que hacen ese trabajo hormiga, y que es tan importante para nosotros. Detectamos necesidades, a partir de organizaciones sociales y pedidos particulares en Stella Maris, La Bombacha, en el 7 de Septiembre y en Empalme, y acompañamos ese proceso a través de una beca económica, para que la gente pueda acceder”, cuenta Ramón Soqués.
“Esto nos permite mostrar que hay otras políticas públicas que no tienen nada que ver con tanto griterío, ruido, y con tantos no, y tenemos políticas públicas que permiten abrir otros horizontes, y eso es no transformarlos en sí”, agrega.
Nélida y Norma se abrazan y se hacen bromas. ¿Quién de las dos se portaba peor en la clase? Las dos, responden entre risas. La alegría de llegar a una meta en un lugar atravesado por el dolor. En un país que muchas veces discute el futuro como si fuera una promesa abstracta, estas escenas lo vuelven concreto. El futuro también es esto: una mujer grande leyendo por primera vez, un nombre escrito sin ayuda, una conversación sin intermediarios. Tal vez no cambie las estadísticas de un día para otro. Pero cambia algo más profundo: la idea de que nunca es tarde para dejar de ser invisible.



