La mañana en que Luis Paz quedó cara a cara con Los Monos

El denso operativo de ingreso al edificio del padre del Fantasma Paz, testigo clave. Miradas y gestos en la audiencia “cinco años esperada”. El grito de “asesino” que retumbó en la sala. Cómo fue la jornada más caliente del juicio al clan Cantero

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Uno, dos, tres, seis móviles de distintas divisiones de la Policía y de Tránsito de Rosario esperan, rodeados por 15 agentes, la llegada del testigo sobre calle Rueda antes de llegar a Mitre, en el inicio de la zona sur de la ciudad. A unos metros, en la esquina, donde una bajada conecta el afuera con el subsuelo del Centro de Justicia Penal donde se realiza el juicio a Los Monos, una nutrida guardia periodística especula. Viene en una trafic blanca, en una camioneta de la fuerza, ¿viene?, se preguntan doce cronistas, fotógrafos y camarógrafos, para despuntar el vicio.

Son las 8.45 de un martes soleado y sereno. El movimiento se dispara cuando una chata de la Unidad Especial de Protección de Testigos arriba de emergencia y cruza el vehículo justo delante de ellos. Se bajan agentes con armas largas, atípicas. Uno luce una gorra blanca de “Policía UEP”, chaleco antibalas y un pañuelo largo tipo palestino envuelto al cuello, casi una escena de Medio oriente. Detrás de ellos llega el camión especial con vidrios polarizados y el testigo.

El hombre que altera la calma se llama, casualmente, Luis Paz. Es el padre de Martín o Fantasma, cuyo crimen en septiembre de 2012 quedó marcado como el inicio de una guerra entre bandas que puso a Los Monos en el centro de la agenda local y sedujo a los medios nacionales. Al año siguiente fue asesinado Claudio Pájaro Cantero, supuesto líder del la banda de Las Flores y La Granada. Paz culpa a los Cantero por la muerte de su hijo. Y los Cantero señalan a Paz como su enemigo.

Adentro, en el subsuelo, como imputados del juicio, los acusados del clan Cantero. Afuera, llega ahora Luis Paz. Es el cara a cara más esperado en la historia reciente del crimen local, al menos en su faceta pública, que es lo que habilita este proceso judicial.

El vehículo oficial blanco no baja la rampa hacia el subsuelo del edificio. Se detiene en la barrera, arriba de la vereda, entre la marea excitada de cámaras. Habrá ofrenda a los trabajadores de prensa. Paz baja con lentes ahumados, pelo negro corto prolijo, cara grande bronceada, camisa blanca mangas cortas, pantalones claros y mocasines marrones. Sostiene un celular blanco en su mano izquierda, junto a un reloj prepotente y dorado. Aunque su estética lo desmiente, él jurará en los próximos minutos que no es narcotraficante ni delincuente, que su hijo tampoco lo era pero cometió el error de prestarle dinero a las personas equivocadas.

Palabras por balas

La sala donde se desarrollan las audiencias del juicio a Los Monos, así se conoce al proceso por asociación ilícita contra 25 acusados y que también revisará responsabilidades por cinco homicidios, es amplia. Son dos bloques con unas 25 personas por lado. En el principal está la mesa de los fiscales, a la izquierda; la de los abogados defensores a la derecha; el tribunal adelante; y la silla del testigo en el centro.

De una esquina ingresan los jueces del tribunal y sus secretarios. De la otra, los imputados y testigos. Por ese segundo sector aparecen esposados Ramón Machuca, alias Monchi Cantero, Mariano Gordo Salomón, Leandro Vilches, Ariel Máximo Cantero, o Guille, y Emanuel Chamorro. Se ubican en las sillas al costado y al fondo de la sala.

A las 9.15 el presidente del tribunal Ismael Manfrín inicia la jornada y anuncia a Paz como primer testigo. Silencio. Quietud. Los cinco apuntados como cabecillas de Los Monos no hablan, no se ríen. Nada. Monchi, campera negra y vaquero, y Guille Cantero, remera azul Adidas y vaquero, aguardan con los brazos cruzados.

Cuando irrumpe Paz al interior de la habitación no los ve. El padre del Fantasma los busca con la cabeza en alto. Exagera sus miradas. Se topa con los abogados defensores ahí adelante y se detiene en Carlos Varela, a quien conoce, y lo hará explícito en su declaración.

Paz pasa a la ofensiva y pide dirigirse directamente al Tribunal. El juez Manfrín duda pero decide iniciar la declaración con las preguntas del fiscal. Comienza la declaración más rica desde que empezó el juicio y los 16 periodistas que toman nota en la parte alta de la sala, un entrepiso, se zambullen en sus notebooks, sus celulares y sus libretas de apuntes.

Según Luis, Martín Paz no era narco, “él prestaba plata, aparte de criar chanchos”. A pesar de que le advirtió: “La ambición te va a llevar mal”, no le hizo caso. “La muerte de mi hijo fue un complot”, define con su voz rasposa, gastada. Apunta a los Cantero pero desliza que muchas otras personas que le debían plata también participaron o fueron favorecidos por su ejecución.

Cuando habla y acusa “sin pruebas”, según aclara varias veces, gesticula con su brazo izquierdo. El reloj dorado se sacude indomable. Saca del puño el dedo índice, el pulgar le queda levantado y de pronto porta una pistola. Dispara contra todos. Incluso contra los periodistas por ligarlo al narcotráfico. Cuando dice que Monchi se le río cuando mataron a su hijo, Machuca en el fondo se arrima a Salomón y le dice algo al oído. Paz jura que el crimen fue una “traición”, agravado porque su hija Mercedes era la mujer del Pájaro Cantero.

Paz también quiere salvar el honor de su nombre y el de su hijo. “A mi hijo no lo mataron porque debía 10 millones de pesos como dijo Ariel Lotito (ex policía de la División Judicial) la semana pasada”, dice. Al contrario, asegura, “todos le debían plata a él” y por eso hubo “un complot para matarlo”.

“Esperé cinco años este momento”, descarga Paz y se toma venganza a pura palabra de los presuntos asesinos de su hijo. “Tuvieron que ver pero no lo mataron directamente”, aclara y acusa: “Han matado a medio Rosario”.

“Asesino”

A las 10.10 se terminan los 50 minutos de una trama en la que Paz habla de dinero, muerte, dolor y venganza casi como si fueran lo mismo. Es el corazón que hizo latir los años más sangrientos de Rosario. Paz se levanta para dejar la sala.

"Asesino", le grita Lorena Verdún, ex mujer del Pájaro Cantero, desde el fondo de la sala.

El padre del Fantasma gira, la mira, sonríe raro y cuando amaga a responder lo sacan los policías que custodian la audiencia.

"Hijo de puta", insiste mujer de camisa negra, vaquero y una chatitas plateadas con un corazón estampado.

"Otra vez", dice uno de los periodistas que presenció todos los días del juicio. No es la primera “intervención” de Verdún en el juicio e incluso antes, en la presentación del libro de Los Monos. Ella jura que no es una estrategia judicial o una forma de salir en los diarios. Es algo que le sale.

“Le grité porque es un caradura ese viejo. ¿Qué medios?, lo que menos me interesa son los medios”, explica en los pasillos, donde todos se mezclan: abogados, acusados, testigos, periodistas, policías.

El mundo del juicio cambia la cara en los pasillos y en el baño. Sobre todo en el baño, donde los acusados pueden hablar de “traidores” entre ellos, o un policía acusado de cómplice quiebra en llanto, como ya ocurrió días atrás, pero ahora los abogadores defensores especulan que Paz deberá volver en unos días y allí será el turno de hablar de su relación con el juez Juan Carlos Vienna, quien investigó la causa.  Es una de las audiencias más esperadas para ellos.

La salida

A las 10.30, barrio Hospitales sigue ajeno, indiferente a lo que ocurre dentro del edificio semihabilitado del Centro de Justicia Penal, con espacios aún cerrados y sillas embaladas. Una segunda guardia periodística aguarda la salida de Paz en la misma rampa del ingreso. Otra vez los policías UEP llegan con sus armas largas y sus pañuelos.

Un hombre se para en la mitad de calle Rueda. Quiere ver si llega el 112 negro y los agentes especiales lo corren del lugar. Interfiere con el operativo. Por fin sale una Amarok blanca con los vidrios polarizados que lleva en su interior a Luis Paz. Un auto que frena en la esquina delante de ellos y tapa la salida enciende los nervios. Hay gritos. El vehículo cruza y en segundos todos se pierden por Rueda, más allá de Mitre.

Desde la plaza de enfrente, una mujer pasea su perro negro y mira sin mirar el despliegue de fuerzas. Un anciano con boina, bastón y la camiseta 9 de Marco Ruben, como emergido de Buena Vista Social Club, atraviesa la vereda. Bastón, un pie, el otro. Avanza lento. Cuando llegue a la otra cuadra, ya no quedarán rastros de la mañana más caliente en el juicio a Los Monos.

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