“¿Cómo hicieron para vencer a los narcotraficantes?”, le pregunté hace dos años a Sergio Fajardo, ex alcalde en Medellín. El dirigente colombiano dio un listado de medidas, pero una de ellas elemental. “Hay que destinar muchos recursos. El estado no puede escatimar esfuerzos económicos. A nosotros en Medellin el BID nos dio un crédito de muchísimo dinero para hacer otra ciudad y así ganarle al narcotráfico”, dijo quien logró darle otro rol a una ciudad connotada con el delito. Un Estado dispuesto a protagonizar cada rincón de su gestión necesita de recursos. 

El evento que inauguró los Juegos Suramericanos fue un claro ejemplo de ello. Y además fue realmente increíble. En esta ciudad hemos visto en las inmediaciones del Monumento, en los últimos 40 años, la concentración de lo que somos. Festejos futboleros, discursos políticos, el flaco Spinetta con Fito en la primavera del 86, Alfonsín en el 83, Santa Fe en tu Corazón (el emblema cultural político del peronismo de los 80), los cacerolazos del 2001, la movilización de más de 200 mil productores contra las retenciones en el 2008. Decenas de momentos inolvidables. 

Los subes y bajas de una sociedad que no duda en ir al lugar donde se creó la bandera para expresarse. Lo hicimos en las buenas y también en la malas. Pero anoche fue una hermosa caricia, una esperada revancha . un mojón determinante para lo que vendrá. Las tragedias dejan cicatrices, lo de anoche fue un esperado e inolvidable abrazo para esa misma ciudad. 

Llegar al Monumento entre la multitud y atravesar el protocolo de voluntarios, dirigentes y políticos también dejó un gesto develador. En un sector especial sin elegancias o sobreactuaciones se agolparon los funcionarios. Algunos incluso con la campera que la empresa rosarina Sonder les hizo a los trabajadores del evento. Desde José Goity, Pablo Cococioni, Omar Pereyra a legisladores de distintos partidos. Faltaron muchos de la oposición, pero el recorte del pensamiento político santafesino estuvo presente. 

Nadie olvida que desde los inicios del 2010 Rosario vivió en una trinchera que será imposible olvidar. Quedaron secuelas, cicatrices, miradas tensas y desconfianzas. Durante demasiado tiempo aprendimos incluso a sospechar de nuestras propias sombras. A mirar hacia atrás. A calcular una cuadra antes de caminarla. A descubrir que el miedo también puede modificar la geografía de una ciudad. A que cualquiera podía morir en la parada del bondi porque desde la cárcel se quería vender el terror

Anoche fue distinto. Aun con el frio y la sudestada del Paraná que quiso recordarnos que por más tecnología, luces y escenarios que construyamos, todavía no manejamos el termostato de la naturaleza. Siempre habrá algo más grande que nosotros. A orillas de nuestra mejor barranca, la baja temperatura desplegó lo suyo, y obligó a que el calor viniera de otro lado. Del corazón real. Del que late agradeciendo estar.

El gobernador Pullaro se mostró exultante con sus más estrechos colaboradores. La agenda que el periodismo consulta a diario también estuvo presente. Los ex gobernadores Perotti, Bonfatti junto a algunos arquitectos de los primeros años de la democracia santafesina también. Puntual y elegante, el ministro de la corte Roberto Falistocco, la presidenta de la Cámara de Diputados Clara García, sentados para escuchar un repertorio de canciones hermosas. Además de autoridades nacionales del deporte argentino, el único funcionario político del gobierno nacional que se mostro en las gradas fue Daniel Scioli que no ahorro fotos o sonrisas en su camino. 
El discurso de tres minutos como arenga de revancha fue necesaria para el gobernador y presidente del comité organizador. “Lo que se vio anoche no solo fue un acto inaugural de los Juegos Odesur, sino una carta de presentación para la nueva Santa Fe”, dijo uno de sus más estrechos colaboradores. 

Llegábamos de años difíciles. De la violencia, de los narcos y sus guerras, de las impotencias políticas y también de las complicidades de muchos. De una Rosario que demasiadas veces tuvo que explicarse ante el país por sus muertos. Una ciudad que durante años fue noticia por aquello que la lastimaba.

Anoche la idea fue otra. Reconciliarnos definitivamente con lo mejor de nuestra historia. Con Baglietto cantando el himno, canciones hiperosarinas de este y otros tiempo. y con los mejores de nuestro deporte, estuvo Lucha, Maxi Rodríguez, el Chelito Delgado, Cecilia Carranza, las figuras de Messi y Angelito. Con la bohemia de la cultura y el deporte convertido en estruendo. Con esa capacidad tan rosarina de producir belleza y talento mientras alrededor tantas veces parece desmoronarse todo.

Tal vez por eso había algo más que una inauguración deportiva en las calles. Había familias, chicos, atletas, música, banderas, miles de personas apropiándose nuevamente de un espacio que alguna vez el miedo nos había hecho discutir si era prudente ocupar. Y no tuvimos temor de nuestras sombras.

Quizás algún día, cuando miremos la cicatriz que deja el tiempo, recordemos que hubo una época en que tuvimos miedo de salir a la calle. Pero también podremos recordar esta noche, donde la ciudad fue otra cosa: un abrazo hermoso y esperado.

Está claro que la historia sino se cuenta queda flotando en el aire y los organizadores decidieron y se esforzaron en actuar para que el evento luzca en todo el país. El mundo informativo y de redes explotaron sorprendidas. Los libertarios, que tanto desprecian el rol del estado, tuvieron que reconocerse en el espejo de la coincidencia, los que alguna vez gobernaron santa fe desde el protagonismo estatal del PJ igual. Todo recurso que se disponga para vencer el narcoterrorismo nunca será escaso. 

Después del evento en el monumento se realizó un cóctel de bienvenida al protocolo en el Museo de la Ciudad. Allí, vestido como un deportista más, Pullaro insistía con avanzar contra las medidas que desalienten a los violentos. La cárcel apodada el infierno para los presos de alto perfil es otro paso de la gestión. Nada de lo que ocurre entre líneas de las crónicas policiales esta distante de eso. La resistencia delictiva se viste de banderas y amenazas a ámbitos sensibles como escuelas o lugares públicos. “Y para eso tampoco habrá paso atrás”, confió. 

Cuando la noche daba el toque final y el salón empezaba a desarmarse Diego Cánepa Baccino, embajador uruguayo en Argentina, desplegó enormes elogios para la ciudad. “Vengo desde siempre. Nunca vi nada igual en Rosario”, dijo

Rosario sabe de derrotas. Durante demasiado tiempo nos tocó contar muertos, balaceras, miedo y dolor. Anoche contamos atletas, canciones, familias y abrazos

La ceremonia terminó. Las luces comenzaron lentamente a perder protagonismo y la multitud empezó a dispersarse. Pero las buenas películas algunas veces guardan su mejor escena para después de los títulos. En las afueras del museo apareció el verdadero final de nuestra noche.

Ya no golpeaba tanto el frío y alrededor circulaba una alegría visible. Allí estaban Cecilia Carranza, oro olímpico en Río 2016, y Sebastián Crismanich, campeón olímpico en Londres 2012. Nos enganchamos casi por casualidad en una conversación hermosa.

Apareció el Cenard. Los sacrificios del deporte. El país. Las subidas y las bajadas de esa extraña esencia competitiva que obliga a levantarse una vez más cuando parece que todo terminó. Alrededor de las palabras estaban la noche y el Parque Independencia. Y mis amigos Luciana Geuna y Martín Guglielmone preguntando con esa curiosidad que tenemos quienes alguna vez quisimos saber qué ocurre detrás de las bambalinas del éxito.

Dos campeones olímpicos hablando sin escenario. Sin podio. Sin ceremonia. Simplemente recordando cuánto cuesta llegar.

Quizás esa conversación casual haya sido el epílogo perfecto de lo que comienza durante estas dos semanas. Porque los Juegos pueden ser mucho más que resultados, medallas y récords. Pueden convertirse en una señal. En un punto desde donde volver a empezar.

Rosario sabe de derrotas. Durante demasiado tiempo nos tocó contar muertos, balaceras, miedo y dolor. Anoche contamos atletas, canciones, familias y abrazos.

No alcanza una noche para borrar una década. Tampoco debería hacerlo. Las cicatrices tienen la obligación de recordarnos de dónde venimos. Pero algunas noches sirven para descubrir hacia dónde todavía podemos ir. 
Y mientras Carranza y Crismanich seguían hablando y ninguno de nosotros parecía demasiado apurado por volver a casa, pensé que quizá estábamos asistiendo a algo más importante que la inauguración de unos Juegos. Tal vez fuera un mojón refundacional. O, simplemente, después de tantos años, una esperada y merecida revancha.