Escribo este texto apurado por el check-in de regreso. En los aeropuertos hay un anonimato que potencia la soledad de todo viajero y ayuda a acomodar la compu sobre la falda de un sillón de espera. A pocos metros, una sonrisa de Leo Messi diciendo “hasta pronto” desde el ingreso del Duty Free es un guiño que lo asumo, infantil, como abrazo rosarino. “Cómo nos cagaron”, pienso. Salgo de este país por Miami, la ciudad donde ayer Leo volvió a correr una cancha después de la final perdida en New Jersey. Arengas a su favor, aplausos, mucho cariño. Pocos minutos en cancha, pero fervor de una “grada” que lo quiere ver siempre en acción.
Horacio Roserberg, un rosarino, leproso, radicado hace varios años en Miami, olfateaba que iba a suceder lo que anoche sucedió y se fue con la familia al Hard Rock Stadium a ver el Inter. “Si puede jugar Messi, vas a verlo por las dudas, es así, porque estás viendo historia en cada uno de los partidos”, dice Horacio. “En cada uno de los partidos va a dar una asistencia más, en cada uno de los partidos va a hacer un gol, es así, es hazaña tras hazaña y sorpresa tras sorpresa. Te sorprende la vigencia de los 39 años”, agregó.
Miami es distinta en todo con respecto al fútbol y a Nueva York. A solo dos semanas de la final de la Copa del Mundo, en la ciudad donde se jugó la final entre los mejores equipos del mundo, poco ha quedado del sudor por el fútbol. En el lugar que dicen que nunca duerme, se respiran millones de perfumes; pocos tienen que ver con la pelota rodando en una cancha. La sed comercial generada por la euforia del Mundial se ha ido apagando con los días. Nadie verá en el Central Park a los niños jugando fútbol o soccer, nadie los verá caminar con una pelota bajo la axila, ni armando arcos improvisados con remeras. Nada de eso.
En el Yankee Stadium, un estadio de béisbol formateado en su césped para el fútbol, seis días después de la final, New York City FC se presentó de local para enfrentar al Chicago Fire (con Lewandowski recién llegado de Barcelona, España). En el equipo local, dos argentinos fueron figuras y titulares en el equipo que ganó por 3 a 1. Agustín “Trapito” Ojeda, rosarino, con un paso fugaz por Racing, y Nicolás Fernández Mercau, quien hasta la fecha de ayer se mantenía firme como goleador del torneo por sobre incluso los tanques del Inter (Messi y Suárez).
Ver a dos compatriotas correr en una cancha improvisada sobre un campo de béisbol (las dimensiones son distintas) es extraño. Pero ellos la rompieron igual. Entre cervezas, burgers, latinos y polacos (hinchas de Lewandowski), el partido tuvo su emoción. Cuatro goles en el primer tiempo y después a manejar los tiempos hasta el final.
Quise ver el partido desde la “popular” con la hinchada de los newyorkers, pero los tickets en ese sector se habían agotado (30 dólares cada uno). “Son los primeros en agotarse”, me dijo el que vendía tickets media hora antes del inicio del partido, antes de ofrecerme una platea cerca de la store de merchandising a 50 dólares.
En Times Square las marcas dominan la escena. En el mundo comercial neoyorquino todo está ligado a eso. Primero la marca, después la “pertenencia” o “el sentimiento por los trapos del fútbol”. El estadio de la final lleva el nombre de una de las compañías de seguros y servicios financieros más grandes del mundo. MetLife nació en Nueva York en 1868 y hoy opera en más de 40 mercados. Su negocio principal consiste en ofrecer seguros de vida, de salud y discapacidad, planes de retiro y jubilación y gestión de inversiones y activos financieros.
El estadio MetLife Stadium lleva ese nombre porque la empresa compró los derechos de denominación (naming rights). Es una práctica muy común en Estados Unidos: una gran compañía paga cientos de millones de dólares para que un estadio adopte su marca durante varios años. En este caso, el nombre no significa que MetLife sea dueña del estadio, sino que es su patrocinador principal.
Hay una curiosidad interesante para una crónica: mientras el estadio lleva el nombre de una aseguradora, durante el Mundial la FIFA eliminó esa referencia comercial y lo llamó simplemente "New York New Jersey Stadium", porque el reglamento del torneo impide utilizar nombres de patrocinadores que no sean socios oficiales de la FIFA.
En Times Square se ofrecen chucherías para el desborde turístico. La industria del consumo se relame en cada respiro. Todos miran el próximo anzuelo para ver cuál de todos morder. Allí también está Messi. Alzando la Copa del 2022 o estampado en una obra de arte original en una galería comercial.
El Hard Rock Café New York no es un lugar para neoyorquinos. Es el Nueva York que la ciudad decidió ofrecerle al mundo. Entre hamburguesas, guitarras, cervezas y buzos, y sobre el vértigo de Times Square, se convirtió en un ícono contemporáneo, una parada donde millones de viajeros buscan tocar, aunque sea por un rato, un pedazo de la historia del rock.
Allí también está Messi. Mucho más que un embajador comercial. Lo convirtió en el rostro de una experiencia global. En el corazón de Nueva York, donde confluyen culturas de todos los continentes, el argentino recibe a los viajeros desde los hoteles, las cartas del restaurante y las vitrinas. No promociona solamente una hamburguesa o una habitación temática: representa la idea de que el fútbol también puede ser un idioma universal capaz de reunir al mundo alrededor de una mesa. Y eso sucede.
Ayer, mientras en el estadio del Inter Messi se preparaba para ingresar en el minuto 53, se renovaban las miradas sobre la leyenda viva que se dimensiona en el planeta fútbol. El astro brasileño Casimiro, Rodrigo De Paul, Luis Suárez y el ya no tan pequeño Mateo Silvetti compartieron con Leo sus nuevos minutos en un césped que aún sostiene los pasos del mito.
El susurro se maneja con prudencia. “La MLS está en una reorganización cambiando calendario en 2027 y el primer semestre no va a haber Liga sino una Copa de 14 partidos para arrancar en agosto de 2027 con el calendario europeo”, dice el hincha argentino del Inter. Tiene esperanza de que lo que sueña se cumpla.
Y aparece la historia de David Beckham con el LA Galaxy y el AC Milán, una de las primeras grandes demostraciones de que la MLS podía convivir con el fútbol europeo de élite. Beckham llegó al LA Galaxy en 2007, procedente del Real Madrid. Su contrato no solo era multimillonario: representaba la apuesta de Estados Unidos por atraer figuras globales y darle prestigio a una liga que todavía buscaba consolidarse.
Pero la temporada estadounidense termina varios meses antes que la europea. Para no pasar casi medio año sin competencia oficial —y para mantener su lugar en la selección inglesa— Beckham pidió marcharse a préstamo al AC Milán durante el receso invernal de la MLS. El acuerdo se anunció en octubre de 2008 y el inglés se incorporó al club italiano en enero de 2009.
Hay una ironía hermosa en esa historia: Beckham dejó temporalmente la MLS para seguir compitiendo en Europa, y hoy es el hombre que convenció a Lionel Messi de hacer el camino inverso. El inglés abrió la puerta; el argentino terminó de convertir a la liga estadounidense en un destino futbolístico de alcance mundial. Los caminos inspiran tal vez los próximos pasos.
Al final, el Mundial termina mucho antes que el fútbol. Las banderas vuelven a los cajones, los estadios recuperan su rutina y las ciudades regresan a su velocidad de siempre. Pero hay algo que resiste. Un chico que vuelve a pedir una pelota, un rosarino que cruza Miami para ver media hora de Messi, un viajero que sonríe al encontrarse con un compatriota en una vidriera del mundo. Tal vez esa sea la verdadera copa que nunca se entrega: la capacidad del fútbol para hacernos sentir, aun lejos de casa, un latido propio de nuestra pasión.



