No solo fue un furcio. De hecho, no es la primera vez que el presidente Javier Milei da muestras de que le cuesta entender dónde está parado. “Gracias a las autoridades de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires”, abrió ante el auditorio a oscuras de la Bolsa de Rosario. Y se corrigió inmediatamente. Sin embargo, en la hora y diez de discurso que siguió a ese instante, del que se rieron tanto el jefe del Estado como el público, no hubo una sola referencia ni a la provincia, ni a la ciudad, ni al entramado productivo representado por quienes lo escuchaban.

Milei puso el foco en uno de los problemas que hoy afectan su popularidad, el nivel de endeudamiento y morosidad creciente que afecta a millones de familias argentinas. Dio una especie de clase magistral de educación financiera, un tema mucho más cercano a la naturaleza de la Bolsa porteña, enfocada en el mercado de capitales, que de la rosarina, que es una entidad representativa de los intereses de la agroindustria.

El presidente desarrolló una argumentación que lo llevó a concluir lo que ya dijo sobre el tema: que el endeudamiento y la morosidad son problemas entre privados en los que el Estado no se tiene que meter.

Su gobierno, sostuvo, no generó el inconveniente y, en todo caso, sí va a ayudar a resolverlo. Pero no por acción directa, sino porque, como consecuencia de la desinflación y la baja del riesgo país, las deudas se van a poder refinanciar con nuevos plazos y tasas razonables, que se dispararon por los “intentos de golpe de Estado” y la corrida que sufrió el año pasado.

¿Quién tiene la culpa entonces? Los “populistas corruptos”, los economistas “chantas” y los periodistas “ensobrados” que no tomaron en serio los avisos que él mismo hizo en el mismo lugar, un año atrás. Aquella vez atribuyó la suba de las tasas de interés a la incertidumbre electoral y al “riesgo kuka”. Y llegó a plantear que, ante una amenaza contra los derechos de propiedad, la tasa podía tender a niveles extraordinariamente altos. Yo avisé y ustedes no me hicieron caso. Ahora háganse cargo, fue el mensaje de este viernes.

El presidente leyó la amplia difusión que hoy tiene el tema de la morosidad como una “nueva opereta” del populismo en su contra, en el inicio de la campaña electoral en la que irá por la reelección. La recurrencia al kirchnerismo como enemigo fue acaso el principal punto de empatía que tuvo con el auditorio, que solo celebró su histrionismo y sus chistes cuando apuntaron contra el universo K.

Podría decirse que, políticamente, perdió una oportunidad. Antes de que hablara el jefe del Estado, el presidente de la Bolsa, Pablo Borotolato, por caso, había resaltado medidas del gobierno nacional como la concesión de la hidrovía y la baja de las retenciones, aunque, en cuanto a los derechos de exportación, reclamó su eliminación definitiva por ley. Nada dijo de estas cuestiones Milei.

Maximiliano Pullaro, en tanto, se colgó la cucarda de la mejora en los índices de seguridad, algo en lo que también Nación tiene parte. Tampoco habló de eso el jefe del Estado. El gobernador defendió el equilibrio fiscal, pero sin dejar de marcar diferencias: Santa Fe apuesta a la obra pública y a políticas activas a favor de los sectores productivos, apuntó. 

También por el lado de la baja del delito fue Pablo Javkin, que resaltó la coordinación entre los tres niveles del Estado. Aunque no dijo que irá por un tercer mandato, pareció lanzar la campaña con ese fin al pronunciar una frase que sonó a posible eslogan para suceder a “volvió Rosario”: la próxima etapa, dijo, será la de “la grandeza” de la ciudad.

Con toda la discusión que seguramente la oposición local le dará a ese planteo, hay algo que el intendente hizo que está en el manual básico de cualquier político con aspiraciones: hablar de futuro, no solo de pasado. 

Ese parece ser uno de los problemas políticos de Milei. Que cosechó aplausos cuando recordó lo que hizo en la pandemia —¿todavía es un tema la pandemia?—, “el gobierno hijo de mil putas de Alberto Fernández”, pero no sintoniza con las penurias que millones de compatriotas tienen en el presente ni les plantea un mañana a los sectores que pierden con su modelo económico.

Desde su punto de vista, el que se endeudó a tasas más altas de las que podía pagar es el único responsable de eso y tiene que aprender de su error (habló de no romper el “learning”). Si el Estado se mete, el remedio sería peor que la enfermedad, además de una “inmoralidad” y una “injusticia”. 

El nivel de morosidad de las familias argentinas, para el presidente, no es algo para dramatizar: es similar al de Estados Unidos, aseguró, e incluso menor al de otros países de la región.

Él avisó y su gobierno hizo lo que había que hacer. Punto. Para el que no le gusta, tiene una sola respuesta: “¿Quieren volver a la solución populista? Tiene un destino, se llama Cuba. Si quieren ser un país grande, va a haber que abrazar las ideas de la libertad y ponerse los pantalones largos”.

No, el presidente libertario no piensa en nuevas canciones. Milei es el de siempre. Y avisa que no va a cambiar, aunque haya cambiado la realidad. Él se mira al espejo y se ve hermoso y magnánimo.

En campaña al fin, cuando salió de la Bolsa el presidente, antes de volver a Buenos Aires, pasó primero por la plaza Pringles, donde saltó y cantó con dirigentes y militantes libertarios locales. Desde el primer piso de la Bolsa se lo veía disfrutar del amor de los propios, que además de piezas para difundir en redes sociales acaso le aportaron algo de calor humano.

Después, ya con la noche avanzada, retiraron las vallas y la cuadra de la peatonal Córdoba entre Corrientes y Paraguay volvió a quedar libre para ser caminada por quien quisiera. Mientras, Milei volaba en helicóptero de regreso al aislamiento de Olivos.