“En Medio Oriente, cada misil que despega puede alterar el equilibrio de una región entera”. dijo hace unos días el analista argentino-israelí Gabriel Ben-Tasgal. Pienso en esa frase a una semana de haber llegado de Medio Oriente. El estruendo de ayer, las bombas, los ataques y sus represalias acumularon mensajes en el teléfono del cronista. Mensajes de mis fuentes en Israel con sus crónicas, familiares aliviados por el regreso y la noticia de los misiles cayendo apenas cinco días después de nuestra partida. Es confuso todo. A todo cronista le interesa contar las historias desde el lugar donde suceden. Incluso —y quizás sobre todo— cuando se trata de una guerra. Y este caso no era la excepción. Al mensaje “menos mal que volviste antes” la respuesta es “una pena, me hubiera gustado estar ahora allí”.

El analista Gabriel Ben-Tasgal, había anticipado en el estudio de Radio2 este ataque. A cuatro días del inicio de la misión periodística en Medio Oriente, nos había dicho que en caso de bombardeos y posterior cierre de aeropuertos había una salida segura para extranjeros, turistas periodistas o trabajadores internacionales. “Y si no, te quedas en casa, hay lugar para invitados”, bromeó. 

Durante los 10 días que estuvimos en Israel la frase volvía una y otra vez. “En caso de ataque hay un protocolo muy contundente. Siempre busquen el refugio más cercano”, nos decía nuestro guía. Había que detectar en hoteles y recorridas el lugar seguro. Estar atento, con el teléfono encendido y los cinco sentidos en alerta. 

El ruido de la guerra suele llegar primero como un eco lejano: un misil interceptado en el cielo de Tel Aviv, una sirena que obliga a correr hacia un refugio, una noticia que viaja miles de kilómetros hasta instalarse en un estudio de radio en Rosario. Pero detrás de ese estruendo hay una trama política más profunda. 

Ayer, después del quirúrgico ataque, el periodista y analista Gabriel Ben-Tasgal, observador atento del pulso israelí, sostuvo que el reciente ataque coordinado entre Estados Unidos e Israel sobre Irán fue un golpe “destinado a quebrar parte de la capacidad misilística del régimen y alterar su equilibrio interno”. “El golpe parece que fue muy fuerte”, advierte. Según su mirada, el poder militar iraní —que antes se estimaba en cientos de misiles balísticos— podría haber quedado seriamente limitado tras la ofensiva.

El trasfondo de la operación tiene una raíz estratégica: la amenaza nuclear y la expansión militar del régimen de Teherán. Washington justificó la ofensiva como una acción para impedir que Irán avance en su programa nuclear y en su capacidad misilística, algo que Estados Unidos considera una amenaza directa para la región y para sus aliados. Pero Ben-Tasgal empuja el análisis más allá del tablero militar. Para él, la clave está dentro de Irán: un régimen que no solo confronta con el mundo sino que mantiene un sistema de represión brutal hacia su propia población. “Mujeres perseguidas por su vestimenta, minorías reprimidas y opositores silenciados” forman parte de ese paisaje político.

En esa tensión entre geopolítica y sociedad aparece una de las ideas más fuertes del analista: la valentía del pueblo iraní. Ben-Tasgal habla de una población que, a pesar del miedo y la represión, ha protagonizado protestas y desafíos al poder religioso que gobierna el país desde hace décadas. “Hay que aplaudir de pie al pueblo iraní”, dice, recordando que enfrentarse a ese régimen implica riesgos que van desde la cárcel hasta la muerte. Sin embargo, advierte un problema central: la ausencia de una oposición organizada capaz de liderar una transición política, algo que el propio régimen se encargó de destruir con persecuciones, asesinatos y exilios.

Mientras tanto, la región vive horas de incertidumbre. Tras el ataque conjunto de Washington y Jerusalén, la pregunta que sobrevuela el tablero internacional es si la ofensiva abrirá la puerta a una escalada mayor o si, por el contrario, debilitará a un régimen que desde hace décadas gobierna a su propio pueblo con una mezcla de miedo, religión y poder militar.

La última noche que pasamos junto a Ben-Tasgal en Tel Aviv conocimos a Rafael, un jovencito de 19 años que trabajaba en el hotel, un pibe de Rosario, hincha de Newell's. Raf. estaba allí desde hace un año recorriendo, viviendo en los kibutz, en lugares complejos en el medio de la guerra. 

"¿No preferís volver a Rosario?”. le pregunté. “Mis viejos quieren que vuelva, yo acá a pesar de la guerra la paso bárbaro”, me respondió sonriente. 

Ayer en el diálogo con Ben-Tasgal hice la pregunta, pensando en los padres de Rafael que seguro están sufriendo de angustia bajo los bombardeos. ¿Tienen razones para estar preocupados?

- No, no tienen que estar preocupados porque la población aquí está tan entrenada en ese tipo de conflictos. Vos te quedas en tu casa y te metes en el refugio cuando te lo digan. Los sistemas de defensa aérea, los misiles antimisiles han sido mejorados y han demostrado su valía. Entonces tenés que ser simplemente disciplinado y cuando te dicen entrar al lugar donde tienes que protegerte, tenés que entrar. Es verdad desde afuera se ve mucho más terrible, pero estamos preparados. Cada pueblo se acostumbra a los niveles de peligro que tiene, nosotros sabemos que Irán lanza misiles entonces te metes en el refugio y te proteges y a Dios gracia las víctimas suelen ser muy pocas. Cada pueblo conoce los peligros que tiene.

Cayeron misiles muy cerca donde pasamos la última noche en la hermosa Tel Aviv. Hubo muertos y heridos. La reflexión siempre latirá incómoda: la guerra no solo se libra con bombas. También se libra en el terreno de las ideas. Y en ese campo —donde se decide qué injusticias se denuncian y cuáles se silencian— el sufrimiento de millones de iraníes sigue esperando que el mundo lo mire sin prejuicios ni conveniencias.

La revolución en Irán prometió dignidad frente al autoritarismo del Sha, pero bajo el mando de Ruhollah Jomeini terminó edificando otra forma de opresión. Desde 1979, el régimen teocrático convirtió la fe en herramienta de control político: persiguió disidentes, silenció periodistas, castigó mujeres por su modo de vestir y levantó un sistema donde la crítica puede pagarse con cárcel, exilio y muerte. La promesa de libertad se transformó en una estructura rígida donde el poder religioso decidió sobre la vida cotidiana de millones. Irán no es solo la historia de una revolución; es también la crónica dolorosa de cómo una esperanza popular fue capturada por un régimen que gobernó con miedo.