Los seres humanos desarrollamos algunas características que nos diferencian del resto de los grandes simios, entre ellas la capacidad de mantenernos erguidos y caminar sobre dos piernas. Pero esa transformación evolutiva podría haber tenido el costo de una mayor vulnerabilidad al desgaste de las articulaciones y la columna vertebral.
Así lo plantea un estudio publicado en la revista Nature, realizado por un equipo internacional de investigadores del que participa el Instituto de Biología Evolutiva (IBE, CSIC-UPF) de España. A partir del análisis de células humanas y de chimpancé y de técnicas genómicas avanzadas, los científicos identificaron cambios que podrían explicar por qué los humanos somos más susceptibles a enfermedades como la osteoartritis.
La investigación encontró que el cartílago humano es menos denso que el de chimpancés, gorilas, orangutanes y bonobos. La diferencia estaría relacionada con la actividad de un grupo de genes involucrados en la producción de glicosaminoglicanos (GAG), moléculas que forman parte de la estructura del cartílago y contribuyen a su capacidad para amortiguar las fuerzas que soportan las articulaciones.
Según los investigadores, las muestras de cartílago humano contienen aproximadamente un tercio de la cantidad de GAG observada en los otros grandes simios. Como consecuencia, el cartílago sería menos capaz de absorber los impactos generados por los movimientos cotidianos, lo que con el paso de los años puede favorecer el desgaste articular.
La osteoartritis es una de las principales causas de dolor, discapacidad y disminución de la calidad de vida a nivel mundial. En los seres humanos, además, también son frecuentes otros problemas vinculados con el deterioro de las estructuras de la columna, como la degeneración de los discos vertebrales y las hernias discales, afecciones que son poco habituales en otros grandes simios incluso durante la vejez.
Para Tomàs Marquès-Bonet, investigador principal del IBE y catedrático e investigador ICREA en la Universidad Pompeu Fabra, estos cambios podrían haber formado parte del proceso que permitió la evolución de la postura erguida. “Un cambio en las articulaciones, junto con huesos delgados y piernas largas, pudo haber favorecido la evolución humana hacia una postura erguida”, explicó.
Los científicos destacan que las moléculas de GAG no son diferentes en los humanos por haber cambiado su composición durante la evolución, sino que nuestra especie produce una cantidad mucho menor. Esa menor reserva de material capaz de amortiguar las articulaciones podría volverse especialmente relevante con el paso de las décadas, ya que el cartílago tiene una capacidad muy limitada para regenerarse.
De acuerdo con el equipo, la reducción de la producción de GAG representa uno de los cambios genéticos más marcados identificados en la evolución del esqueleto humano. El hallazgo, además de aportar información sobre cómo cambió nuestro cuerpo, podría abrir nuevas líneas de investigación para comprender la osteoartritis, identificar factores genéticos asociados al riesgo y explorar futuras estrategias de prevención y tratamiento.
Fuente: SINC.



