Una familia santafesina, el fútbol y un tambo: la historia detrás de "los Albertengo"

Rafael Albertengo sostiene en Egusquiza un tambo familiar que ya transita su tercera generación. Mientras tres de sus hijos hicieron carrera en el fútbol, el restante eligió seguir ligado al campo y asumir el desafío de continuar la producción

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Hay apellidos que se construyen en una cancha. Otros, en un campo. En el caso de los Albertengo, ambas historias conviven.

Durante los últimos años, el apellido cobró una particular trascendencia en el fútbol argentino de la mano de tres de los cuatro hijos de Rafael. Lucas, referente de Atlético de Rafaela y campeón de la Copa Sudamericana con Independiente de Avellaneda; Mauro, con recorrido por distintos clubes de la Primera Nacional; y Gino, que transita todavía los primeros años de su carrera profesional.

Pero antes de las camisetas, los goles y los estadios estuvo el tambo. Y allí continúa Rafael.

En la zona rural de Egusquiza, en el departamento Castellanos, lleva adelante una actividad que heredó de su padre y que ahora empieza a delegar en Martín, el restante de sus hijos. Es una historia de continuidad familiar, pero también de adaptación: de aquel tambo que hace más de medio siglo producía entre 200 y 250 litros y se ordeñaba a mano, a una explotación que hoy trabaja con unas 140 vacas entre secas y en producción y ronda los 2.000 litros diarios.

“Nosotros estamos haciendo la continuidad de lo que hizo mi padre en ese tiempo”, resume Rafael.

La frase sintetiza mucho más que una forma de producir. Habla de una familia acostumbrada a atravesar ciclos, dificultades y cambios, sin perder el vínculo con la actividad.

Un tambo que cambió, pero no perdió su esencia

Durante un tiempo, Rafael compartió la actividad con su hermano, trabajando sobre unas 600 a 650 hectáreas. Con el paso del tiempo, los caminos productivos se dividieron.

“Ahora él siguió con lo que es cosecha, yo con lo que es tambos y lo que es un poco de cría, también algo de cosecha, pero lo importante nuestro es los animales”, explica.

Actualmente trabaja sobre unas 300 hectáreas y mantiene como actividad principal el tambo.

El rodeo conserva una fuerte presencia de animales Holando, aunque también incorpora algunas cruzas.

“En realidad seguimos con el overo porque hay que criar también la vaquillona para reposición del tambo”, cuenta.

La lógica productiva tiene una característica central: la base es pastoril.

“Nosotros estamos tratando de hacerlo lo más posible a campo, lo más económico posible”, señala Rafael. Hay suplementación, pero el sistema busca aprovechar al máximo los recursos producidos dentro del propio establecimiento.

Y allí aparece uno de los principales desafíos de la actualidad: hacer que los números cierren.

La lechería no atraviesa un buen momento, pero no es la primera ola brava que debe surfear.

La eficiencia empieza en el campo

El precio de la leche, los costos y las variables que afectan al negocio forman parte de las decisiones cotidianas.

Rafael reconoce que después de un período de mejores valores, la situación comenzó a complicarse.

“Venimos con un precio bastante buenito y después nos estuvimos quedando un poco atrás”, describe.

Frente a ese escenario, la respuesta no pasa solamente por producir más, sino por producir de manera eficiente y controlar los costos.

Una enseñanza que Rafael ya empezó a transmitirle a Martín. “Le voy diciendo tratar de bajar los costos de producción para que te den los números”, cuenta.

En ese esquema, el clima aparece como una variable determinante.

Una buena cosecha de maíz permite generar reservas y reducir la necesidad de salir al mercado a comprar alimento.

“Cuando vos sembrás un maíz y te rinde, es importante porque ya no tenés que salir a comprarlo, ya no tenés que salir a invertir en eso”, explica.

Por eso, para Rafael, más allá de los precios de los insumos o del combustible, hay una variable que puede modificar buena parte de la ecuación: el clima.

“Me parece que la variante más importante que tenemos nosotros es el clima. Cuando el clima nos acompaña, que podemos hacer buenas reservas y poner los animales con buena sanidad y todo eso, es lo más importante.”

Sembrar pensando en lo que puede venir

En una zona donde existen sectores de campos que pueden sufrir anegamientos, las decisiones de siembra también requieren planificación.

Los pronósticos de lluvias obligan a mirar el calendario y, fundamentalmente, a anticiparse.

“Nosotros en esta zona tenemos campos tampoco tan altos que por ahí se pueden encharcar. Podés tener una pérdida en las pasturas, entonces tenés que programar las siembras, dónde sembrar, qué sembrar”, explica.

Por eso, la estrategia fue avanzar con los maíces tempranos y preparar la infraestructura del campo ante la posibilidad de excesos hídricos.

“Gracias a Dios pudimos hacer los maíces temprano para ver si podemos sacar antes de los líos”, relata.

Y agrega una tarea tan sencilla como fundamental: “Limpiar bien los desagües, todo eso estamos preparando, porque si te anuncian hay que por lo menos prepararse. Después si no llega, mejor.”

La tercera generación empieza a tomar las riendas

Si hay una palabra que atraviesa la historia de los Albertengo es continuidad. Rafael recibió conocimientos y consejos de su padre. Ahora intenta hacer lo mismo con Martín.

De sus cuatro hijos, es quien actualmente comparte con él la actividad productiva. “Ahora con él empiezo a darme las responsabilidades a él”, explica.

La delegación no significa abandonar. Es, en todo caso, empezar a dejar espacio para que la nueva generación tome decisiones. “Ya más o menos lo del tambo, ya lo dejo que vaya a él”, cuenta Rafael.

Y allí aparece una diferencia respecto de generaciones anteriores: la necesidad de actualizar permanentemente los conocimientos. Porque el tambo que recibió Rafael de su padre no es el mismo que existe hoy. De ordeñar a mano a pensar el tambo del futuro Rafael tiene presente cuánto cambió la actividad: “Cambió muchísimo de ese tambo de 200 o 250 litros que ordeñábamos a mano 50 años atrás o 55 años atrás, a lo que es ahora.”

El dato no aparece como una nostalgia, sino como una muestra de la capacidad de adaptación que exige la producción.

Porque haber aprendido de los padres no significa quedarse en el pasado.

“Como fuimos toda la vida tambero, desde que me acuerdo, uno por ahí experiencia tiene. Sin embargo, siempre se va actualizando”, sostiene.

Esa es, quizás, una de las principales enseñanzas que Rafael quiere dejarle a Martín: conservar el conocimiento recibido, pero adaptarlo al tiempo que toca vivir.

“Todo lo que más o menos yo aprendí de mis padres, se los voy pasando para él.”

El apellido que también se hizo famoso en una cancha

Mientras Rafael construía su historia en el campo, tres de sus hijos encontraron en el fútbol otro escenario para desarrollar su propia carrera.

Lucas, Mauro y Gino son delanteros y representan distintas etapas de una misma historia familiar.

Lucas alcanzó la máxima exposición con sus actuaciones en el fútbol argentino y su paso por Independiente, donde fue campeón de la Copa Sudamericana, además de convertirse en uno de los nombres identificados con Atlético de Rafaela.

Mauro también construyó una extensa trayectoria, especialmente en distintos equipos de la Primera Nacional.

Gino, en tanto, transita una carrera todavía en desarrollo.

Hay equipo: "los Albertengo" se mantienen unidos y comparten pasiones: el campo y el fútbol.

Pero mientras los tres fueron construyendo su camino detrás de una pelota, Martín eligió permanecer cerca de la actividad familiar.

Y eso permite que, detrás del apellido conocido en las canchas, exista otra historia que quizá no siempre aparece en los titulares: la de una familia que continúa ordeñando, sembrando, haciendo reservas, mirando el cielo y tomando decisiones todos los días.

“Ya pasamos tantas que también vamos a pasar estas”. Rafael sabe que producir leche en Argentina implica convivir con cambios constantes.

Precios, costos, clima, reglas, inversiones y decisiones que muchas veces deben tomarse sin certezas de largo plazo.

“Uno nunca sabe si invertir, si no invertir, porque te cambian las leyes, las reglas de un día para el otro en este país”, plantea.

Sin embargo, a pesar de las dificultades, mantiene una mirada que parece resumir buena parte de su historia productiva:

“Los números son chiquitos, pero bueno, ya pasamos tantas que también vamos a pasar estas”. No hay épica en la frase. Hay experiencia.

La misma experiencia que le permitió atravesar décadas de cambios en el tambo. La que ahora intenta transmitirle a su hijo. La que le enseñó que una buena cosecha puede cambiar una campaña, que el clima puede modificar un plan y que una familia puede sostener una actividad durante generaciones si consigue adaptarse.

Los Albertengo tienen goles, estadios y camisetas en su historia, pero antes de todo eso estuvo el campo.

Y allí, en Egusquiza, Rafael sigue levantándose cada día para hacer lo que aprendió de su padre y que ahora empieza a enseñar a su hijo: producir, adaptarse y seguir adelante.

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