Menos deseos y más decisiones: por qué una estrategia necesita prioridades concretas

Priorizar no consiste simplemente en identificar qué cosas son importantes. El verdadero desafío aparece cuando hay que establecer qué es más importante que lo demás

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“La esencia de la estrategia es elegir qué NO hacer”. La frase de Michael Porter sirve como punto de partida para una reflexión que, detrás de su aparente sencillez, plantea uno de los mayores desafíos para quienes toman decisiones: priorizar.

En su reciente análisis, Zorraquín + Menezes advierte que priorizar no consiste simplemente en identificar qué cosas son importantes. El verdadero desafío aparece cuando hay que establecer qué es más importante que lo demás.

Porque los objetivos pueden ser múltiples, pero los recursos disponibles no lo son.

Argentina y el desafío de ordenar los objetivos

La realidad económica argentina ofrece un ejemplo concreto de esta tensión.

Bajar la inflación, lograr crecimiento económico, mejorar los ingresos, acumular reservas, reducir impuestos, ampliar el crédito, aumentar la inversión y mantener las cuentas públicas equilibradas aparecen como objetivos deseables.

La dificultad está en pretender alcanzarlos todos al mismo tiempo, con la misma intensidad y en los mismos plazos.

Según la reflexión de la consultora, gobernar implica necesariamente establecer un orden: determinar qué va primero, qué puede esperar y qué costos deberán asumirse mientras se avanza sobre aquello que fue definido como prioritario.

El debate, en ese sentido, no pasa solamente por determinar si los objetivos son buenos o malos. La cuestión central es cómo se ordenan entre sí.

No todo puede ser urgente al mismo tiempo

La advertencia resulta especialmente relevante cuando se observa que cada objetivo demanda recursos.

El capital no es infinito. Las reservas tampoco. El tiempo es limitado y la capacidad de gestión de quienes toman decisiones también.

Por eso, una estrategia no puede reducirse a una enumeración de deseos. Necesita establecer dónde se concentran los recursos disponibles.

Y allí aparece una de las principales ideas del análisis: puede existir una larga lista de objetivos importantes, pero eso no significa que todos sean prioridades simultáneamente.

El mismo dilema aparece dentro de las empresas

El planteo también puede trasladarse directamente al mundo empresario.

Una compañía puede querer crecer, mejorar sus márgenes, mantener una buena posición financiera, invertir, incorporar tecnología, profesionalizar su estructura, desarrollar a sus equipos, reducir deuda y distribuir dividendos.

Todos son objetivos razonables.

El problema aparece cuando todos son considerados prioritarios al mismo tiempo.

La consecuencia puede ser una dispersión de recursos, esfuerzos y atención. En lugar de concentrar capacidades en aquello que genera mayor impacto, la organización termina intentando avanzar en múltiples frentes simultáneamente.

¿Qué significa realmente que algo sea prioritario?

La consultora propone, implícitamente, una prueba sencilla para distinguir entre una verdadera prioridad y una mera intención.

Si una empresa o una organización asegura que algo es prioritario, pero no le asigna más tiempo, recursos o atención que al resto de los objetivos, probablemente no esté frente a una prioridad real.

Se trata, en todo caso, de una intención.

La prioridad se demuestra en la asignación concreta de recursos.

Priorizar también significa renunciar

Aquí aparece la parte más incómoda de la estrategia.

Elegir una inversión puede significar postergar otra. Fortalecer la liquidez puede implicar distribuir menos dividendos. Concentrarse en un determinado negocio puede llevar a abandonar o relegar otro.

Incluso algo tan cotidiano como dedicar más tiempo a un proyecto supone necesariamente quitarle tiempo a alguna otra actividad.

Por eso, según la reflexión de Zorraquín + Menezes, no existen verdaderas prioridades sin renuncias.

La lista más difícil: lo que decidimos no hacer

Una estrategia suele expresarse mediante una lista de objetivos: aquello que la organización pretende alcanzar.

Pero el planteo de Porter agrega una dimensión diferente: una estrategia también debería incluir aquello que se decidió no hacer, al menos por ahora.

Esa segunda lista puede ser más corta, pero probablemente resulte mucho más difícil de construir.

Porque decir que algo es importante es relativamente sencillo.

Lo complejo es aceptar que, aunque algo sea importante, puede no ser lo primero. Elegir, priorizar y finalmente ejecutar

La reflexión puede sintetizarse en tres niveles: elegir implica decidir qué hacer; priorizar supone determinar qué hacer primero; estrategia implica, además, definir qué se está dispuesto a dejar afuera para poder concentrar los recursos en aquello que fue considerado fundamental.

La diferencia no es menor.

En contextos donde las empresas deben administrar cuidadosamente sus recursos y donde la economía enfrenta múltiples objetivos simultáneos, la capacidad de establecer prioridades puede convertirse en una herramienta central de gestión.

Porque, en definitiva, una estrategia no se define solamente por todo aquello que una organización quiere conseguir, sino también por aquello que está dispuesta a postergar o directamente dejar de hacer para conseguirlo.

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