La macro mejora, pero la presión sigue en el campo: una nueva era sin atajos financieros

Hay mejoras concretas en la macroeconómica, pero persisten desafíos pensando en la micro

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Mientras la agenda política concentra la atención con internas oficiales, disputas opositoras y debates de corto plazo, los indicadores económicos avanzan por un carril paralelo que muchas veces pasa inadvertido. Algunos muestran mejoras concretas; otros, desafíos persistentes. Pero todos ayudan a entender el escenario que enfrenta hoy el agro argentino: para el consultor Teo Zorraquin, una economía que exhibe señales de normalización, aunque todavía lejos de generar certezas definitivas.

El contexto político no contribuye a consolidar expectativas. Un oficialismo con tensiones internas visibles y una oposición que busca diferenciarse con discursos cada vez más confrontativos generan ruido en los mercados. La pregunta que sobrevuela es si los cambios estructurales implementados desde diciembre de 2023 podrán sostenerse más allá del próximo ciclo electoral.

Sin embargo, detrás de ese ruido político aparecen datos que hace apenas dos años parecían improbables. La economía crece a un ritmo que oscila entre el 3% y el 5% anual. El último EMAE mostró que el impulso ya no proviene exclusivamente del agro, la minería o el petróleo, sino que comienza a extenderse a otras actividades. La inflación se desacelera y se proyecta por debajo del 30% anual. El superávit fiscal y comercial se mantienen, la pobreza continúa retrocediendo y las reservas del Banco Central muestran una recuperación gradual.

No todo son buenas noticias. La mora bancaria sigue elevada, el riesgo país permanece por encima de los 500 puntos básicos —una barrera clave para la expansión del crédito— y las tasas de largo plazo continúan siendo relativamente altas. El consumo muestra signos de recuperación, aunque de manera muy heterogénea entre sectores y regiones. Además, la reducción de la presión tributaria se percibe principalmente en impuestos nacionales, mientras provincias y municipios mantienen elevados niveles de carga fiscal.

Se trata, en definitiva, de un escenario con luces y sombras, pero claramente diferente al que predominaba a fines de 2023, cuando el escepticismo respecto de cualquier corrección económica era generalizado.

Los cambios de reglas que marcaron al agro

Para el productor agropecuario, sin embargo, la mejora macroeconómica no necesariamente se traduce en alivio inmediato. En los últimos años, el sector debió adaptarse a una sucesión permanente de cambios regulatorios, financieros y cambiarios que obligaron a modificar estrategias prácticamente campaña tras campaña.

Una síntesis publicada por Justo MacLoughlin, Corn Brand Manager de GDM, refleja con claridad cómo fue evolucionando el contexto de negocios:

* 2021: con tasas reales negativas, la estrategia dominante era endeudarse en pesos y comprar insumos. La inflación terminaba licuando las obligaciones.

* 2022 y 2023: la brecha cambiaria cercana al 200% convirtió al grano en refugio de valor. Guardar soja resultaba más atractivo que conservar pesos.

* 2023 y 2024: la aparición de los programas de dólar soja generó ventanas específicas de comercialización que modificaban decisiones de venta.

* 2024 y 2025: el dólar blend y el financiamiento en dólares a tasas prácticamente nulas impulsaron estrategias de rápida liquidación y apalancamiento financiero.

* 2026: esos instrumentos desaparecieron. Ya no hay brecha significativa, no existen tipos de cambio diferenciales ni tasas reales negativas que permitan obtener ventajas extraordinarias.

La conclusión es contundente: se terminaron los atajos financieros.

La vuelta al negocio agropecuario tradicional

El nuevo escenario obliga a volver a las bases. Producir mejor, comercializar mejor y administrar mejor los activos vuelven a ser los factores determinantes para la rentabilidad.

Durante años, buena parte de los resultados empresariales estuvieron condicionados por decisiones financieras o cambiarias. En muchos casos, el manejo de la macroeconomía resultaba tan importante como la eficiencia productiva. Hoy esa ecuación comienza a invertirse.

Esto no significa que desaparezca el estrés empresario. Por el contrario. Cada cambio de reglas dejó ganadores y perdedores. Algunas empresas lograron adaptarse y capitalizar oportunidades; otras quedaron rezagadas o directamente fuera del negocio.

La velocidad de las transformaciones obligó a redefinir estrategias comerciales, financieras y productivas en plazos extremadamente cortos. Y ese proceso tuvo costos.

La confianza, la variable que todavía falta consolidar

La economía argentina parece haber ingresado en una etapa de mayor estabilidad relativa. Pero todavía no logra transmitir la certeza de que las reformas son permanentes y que no podrán revertirse con un eventual cambio de signo político en 2027.

Esa falta de confianza explica por qué el crédito sigue limitado, por qué la inversión avanza con cautela y por qué muchos actores económicos continúan operando con horizontes de corto plazo.

Para el agro, esa realidad implica seguir dependiendo principalmente de sus propios recursos: eficiencia productiva, control de costos, adopción tecnológica y capacidad de gestión.

Porque si algo dejaron en claro estos últimos dos años y medio es que los ciclos políticos pueden modificar las reglas, pero la competitividad sigue construyéndose puertas adentro de cada empresa.

La macroeconomía puede marcar la cancha. Pero, como resume Zorraquin, el partido sigue jugándose en la micro.

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