La economía argentina empezó a mostrar algunos datos positivos después de meses de retroceso, pero la sensación general sigue lejos del optimismo. La explicación es simple: mientras aparecen señales de recuperación en la construcción, la industria y ciertas inversiones estratégicas, al mismo tiempo crecen la incertidumbre política, la tensión financiera y los síntomas de fragilidad social.
El INDEC confirmó que la construcción repuntó 4,7% en marzo y que la industria logró crecer 3,1%, cortando una racha de ocho meses consecutivos de caída. El Gobierno celebró los números como una muestra de reactivación, pero los mercados respondieron con frialdad: la Bolsa cayó, los bonos siguieron débiles y el riesgo país volvió a subir. El problema es que el foco dejó de estar exclusivamente en la economía.
Las denuncias cruzadas por corrupción, las tensiones internas dentro del oficialismo y los conflictos políticos que rodean al entorno presidencial volvieron a instalar dudas sobre la estabilidad futura. Incluso dentro del propio Gobierno comenzaron a aparecer señales de desgaste y disputas de poder que el mercado observa con creciente preocupación.
Y mientras el ruido político escala, en el sistema financiero ya empiezan a aparecer señales concretas de alarma. Los bancos y fintech salieron masivamente a ofrecer planes de refinanciación de deudas de hasta 72 cuotas para contener el deterioro de los créditos y evitar un crecimiento aún mayor de la morosidad. El fenómeno se aceleró especialmente en tarjetas de crédito, préstamos personales y financiamiento al consumo, donde cada vez más familias llegan con dificultades al cierre de mes.
La preocupación del sector financiero no es menor: aunque la inflación desacelera, el poder de compra todavía sigue golpeado y muchas personas ya no logran sostener sus obligaciones financieras sin refinanciar pagos. Las entidades prefieren estirar plazos antes que enfrentar un salto fuerte en incobrabilidad.
Detrás de esa estrategia también aparece otra realidad incómoda: el consumo todavía no termina de recuperarse y el crédito privado muestra señales de fatiga luego de meses de ajuste.
En paralelo, el Banco Central sigue empujando una baja gradual de tasas para intentar reactivar la economía. Los plazos fijos volvieron a rendir menos y el sistema financiero empieza a convivir con un escenario de menor rentabilidad y mayor tensión crediticia.
A eso se sumó otro frente sensible: la Asociación Bancaria anunció un paro nacional en el Banco Central y el Banco Hipotecario en rechazo al cierre de sucursales y áreas de Tesorería, profundizando la conflictividad sindical en un momento delicado.
En el mundo empresario también aparecieron historias vinculadas a influencers en problemsa. Una de las más resonantes fue la crisis de la empresa Go Bar, vinculada a la influencer y empresaria Nati Jota, que quedó envuelta en fuertes problemas financieros luego de acumular cheques rechazados por millones de pesos. El caso impactó especialmente porque la marca había logrado enorme visibilidad mediática y fuerte presencia en redes sociales, convirtiéndose en símbolo de una nueva generación de emprendimientos apalancados en imagen y consumo aspiracional.
Y en Santa Fe también hubo una noticia que golpeó por nostalgia y transformación urbana. Uno de los íconos gastronómicos históricos de Granadero Baigorria, el restaurante El Gran Yuseppe, fue puesto a la venta y todo apunta a un desarrollo inmobiliario sobre el predio.
Mientras tanto, en el plano internacional, el deterioro en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán y nuevos ataques de Israel sobre Líbano volvieron a tensionar los mercados globales. El petróleo rebotó al alza, Wall Street cerró en rojo y los activos emergentes volvieron a quedar bajo presión. Aun así, aparecieron algunas noticias económicas positivas para Argentina.
Glencore anunció inversiones por más de US$17.000 millones vinculadas a minería y energía, mientras Santa Fe y San Juan avanzaron en un acuerdo para integrar empresas santafesinas a proyectos vinculados al litio, cobre, oro y energía. La apuesta busca consolidar un entramado industrial capaz de abastecer al boom minero que empieza a expandirse en distintas regiones del país.
También hubo mejoras en el frente externo: el déficit comercial con Brasil se redujo significativamente gracias a una mejora exportadora y a la caída de importaciones automotrices.
Porque en Argentina los mercados ya no miran únicamente inflación, dólar o actividad económica. Ahora miran algo mucho más difícil de medir: el nivel de tensión política y social que puede soportar el sistema antes de volver a entrar en crisis.
Y hoy, aunque algunos números empiezan a mejorar, la confianza sigue siendo el recurso más escaso de todo.

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