Día del Maestro: cuánto vale hoy invertir en formación y por qué las empresas ya lo tratan como negocio

Mientras las paritarias docentes vuelven a copar la agenda, otra discusión crece en las empresas de la región: cuánto invertir en capacitar equipos y qué retorno puede dar ese gasto frente al avance de la inteligencia artificial

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Hoy, 11 de septiembre, las escuelas argentinas conmemoran el Día del Maestro, en homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, que murió en esa fecha de 1888. Detrás del guardapolvo blanco aparece una pregunta que interesa directamente al mundo de los negocios: cuánto vale invertir en formación.

Sarmiento no pensaba la educación solo como un derecho. La entendía como una herramienta de desarrollo económico: sin escuelas, sostenía, no había ferrocarriles, ni industria, ni país posible. Esa lógica, más de un siglo después, volvió a ponerse de moda, aunque con otro vocabulario.

Cada comienzo de ciclo lectivo, la discusión salarial docente vuelve a instalarse en la agenda pública. Los gremios piden recomponer ingresos, los gobiernos ofrecen porcentajes, y la sociedad discute cuánto cuesta —y cuánto debería costar— formar a las próximas generaciones.

Pero hay otra discusión, menos visible, que crece puertas adentro de las empresas: cuánto conviene invertir en capacitar a los equipos que ya están trabajando. Y ahí los números empezaron a moverse rápido.

El mercado de tecnología educativa (EdTech) en América Latina movió unos USD 18.300 millones en 2025 y se proyecta que supere los USD 51.000 millones para 2034, con un crecimiento anual cercano al 12 por ciento. La curva no es casualidad.

Buena parte de ese impulso viene del segmento corporativo: plataformas de capacitación interna, entrenamiento en habilidades digitales y programas de upskilling para que el personal no quede obsoleto frente a la automatización.

La inteligencia artificial aceleró esa carrera. Las empresas que armaron programas formales de entrenamiento en IA reportan una inversión promedio de unos USD 1.200 anuales por empleado, con un retorno cercano al 250 por ciento a los dieciocho meses.

Para cualquier pyme de Rosario o la región, ese dato cambia el enfoque de la conversación. Capacitar deja de ser una línea de gastos incómoda en el balance y empieza a leerse como una inversión con retorno medible.

Warren Buffett lo resumió hace años con una frase que hoy suena más vigente que nunca: "la inversión más importante que se puede hacer es en uno mismo".

El fenómeno no es solo discurso. Empresas globales que buscan desembarcar en el mercado argentino ya están reclutando talento local, señal de que la formación de la mano de obra dejó de ser un tema exclusivo del sistema educativo.

En el otro extremo de la pirámide laboral, el ingreso al primer empleo también está cambiando de forma acelerada por la automatización, lo que obliga a repensar qué habilidades conviene enseñar desde el arranque.

Compañías de origen argentino como Mercado Libre y Globant ya construyeron programas propios de formación tecnológica para miles de jóvenes de la región, sin esperar a que el sistema educativo tradicional los preparara primero.

La lógica detrás de esas iniciativas es simple: si el talento escasea, conviene formarlo puertas adentro antes que salir a pelearlo en un mercado cada vez más competitivo. Es, otra vez, la vieja apuesta de Sarmiento con traje corporativo.

Ese mismo razonamiento explica por qué la transformación digital dentro de las empresas avanza de la mano de nuevas formas de gestionar y capacitar equipos, más que de simples cambios de software.

El mercado global de plataformas de gestión del aprendizaje (LMS) pasó de unos USD 27.000 millones en 2025 a más de USD 30.000 millones en 2026, y se espera que casi se duplique hacia 2031.

Detrás de esas cifras hay una decisión que cada empresario de la región termina tomando, tarde o temprano: cuánto del presupuesto anual va a sueldos fijos y cuánto va a construir las habilidades que esos mismos equipos van a necesitar mañana.

La fecha que hoy recuerda a un maestro del siglo XIX terminó abriendo, sin proponérselo, un debate del siglo XXI: quién y cómo va a formar al capital humano que la economía argentina va a necesitar de acá en más.

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