Cada 10 de julio el mundo marca el Día Mundial de la Independencia Energética, una efeméride creada en 2006 que coincide, y no por casualidad, con el cumpleaños de Nikola Tesla, el ingeniero que imaginó un planeta alimentado por fuerzas naturales.
La fecha nació de una idea del político estadounidense Michael Antonovich, que buscaba instalar en la agenda la urgencia de dejar atrás los combustibles fósiles. Casi veinte años después, la consigna dejó de ser utopía para volverse un negocio concreto.
La conexión con Tesla no es decorativa. El inventor serbio-estadounidense desarrolló el sistema de corriente alterna que todavía sostiene las redes eléctricas del mundo. Su obsesión era una sola: que la energía dejara de depender de unos pocos.
Un siglo largo después, esa promesa tomó forma de mercado. La compañía que lleva su apellido, Tesla, transformó el auto eléctrico y el almacenamiento en baterías en una industria que hoy mueve cientos de miles de millones de dólares.
Pero la película más interesante quizás no se escriba en Silicon Valley, sino más cerca. La transición energética dejó de ser un tema de laboratorio para convertirse en una discusión de rentabilidad y de decisiones de inversión.
En Santa Fe la señal es nítida. La Nación habilitó un nuevo parque solar fotovoltaico de 150 MW en San Carlos Centro, uno de los desarrollos de mayor escala de la provincia, que ya se sumó al Mercado Eléctrico Mayorista.
No es un dato aislado. La provincia lanzó el programa Santa Fe Renovables, que apunta a incorporar megavatios de fuentes solares, eólicas y de biomasa, sobre todo en el norte productivo, con financiamiento propio para acelerar los proyectos.
El Plan Renovable 2 avanza en la misma dirección, financiando calefones solares y paneles fotovoltaicos para hogares y comercios con créditos de hasta un millón de pesos, tasas subsidiadas y plazos largos. La autogeneración empezó a ser negocio.
Para quien administra una empresa, el número que importa es otro: la factura de luz. En un país con costos energéticos volátiles, generar la propia electricidad podría dejar de ser un gesto ambiental para volverse una defensa del margen.
El agro santafesino tiene una carta extra en la mano. Los biocombustibles, derivados de la soja y el maíz que sobran en la región, son la versión local de esa independencia energética que Tesla soñaba. La discusión hoy pasa por el Senado.
El debate por la nueva Ley de Biocombustibles no es menor. Santa Fe reclama cambios para ampliar cupos e inversiones, consciente de que cada punto de corte obligatorio en el gasoil se traduce en molienda, empleo y valor agregado provincial.
Ahí aparece la tensión de fondo. Conviven los estímulos provinciales que empujan las renovables y la decisión nacional de recortar beneficios fiscales al sector, lo que obliga a leer con lupa cada proyecto antes de firmar.
La lección de la efeméride es incómoda y estimulante a la vez. La independencia energética dejó de ser un ideal romántico para transformarse en una variable dura del balance, capaz de mejorar la ecuación de una pyme.
Como dijo el propio Tesla, "el presente es de ellos; el futuro, por el que realmente trabajé, es mío". Un siglo más tarde, esa frase suena menos a poesía y más a plan de inversión para quienes miran el mediano plazo.
La foto del 10 de julio, entonces, no es la de una vela sobre una torta. Es la de un tablero eléctrico y un panel solar sobre un techo.
Es también la de una planilla de costos donde la energía barata y propia podría ser, esta década, la diferencia entre resistir o crecer.

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