¿Qué lleva a los niños y adolescentes a usar armas para matar desconocidos? Esa pregunta se la hizo como lema de trabajo el periodista Germán de los Santos en el libro Niños Sicarios. Cruel e indefinida postal del tiempo donde eso ocurría.
Las respuestas se apilan desprolijamente en la calle: dinero, pertenencia a un oficio cruel, jerarquía barrial o tan solo un proyecto inmediato. Pero también hay otras, abandono, soledad, padres presos o muertos, hermanos presos o muertos, madres presas, muertas, adictas o ausentes. Y así, un dibujo horrible: donde los niños crecen heredando un gen violento, a los golpes en calles embarradas de gritos, drogas y estallidos de armas de fuego.
Con el fin de evitar este vínculo perverso entre el sicariato y los niños y adolescentes, y conscientes de que la mayoría de esos niños son herederos del proyecto narco criminal de muchas familias (son apellidos que repiten el oficio delictivo de padres, hermanos y abuelos), se diseñó un antídoto, un plan que intenta detectar a estos menores en riesgo para disputarle el futuro con un proyecto de vida en las calles de la muerte.
Familias priorizadas es el nombre de un trabajo en los barrios donde la drogas y sus balas pican entre el asfalto, las paredes y la carne joven de esos chicos. Hurgan en familias con niños muy pequeños criados con muchas insuficiencias, económicas y afectivas y que, solos o arengado. por el modelo criminal, quedan a disposición de las organizaciones delictivas.
El plan del Gobierno de Santa Fe arrancó en tres ciudades, pero sin duda, podrían ser más en poco tiempo. Rosario, San Lorenzo y Rafaela. En Rosario, son 195 las familias distribuidas en tres barrios. Stella Maris y la Bombacha, 7 de setiembre y Empalme Graneros.
En esas calles, aparecen los asistentes sociales con todas las herramientas del Estado. Salud, educación, alimentos y cuestiones básicas como el Registro Civil, que le da un documento de identidad a ese niño abandonado. Pero también la cuestión básica y ausente, el abrazo que también, física y metafóricamente, se lo da un asistente social o Gladis Gómez, entre otros, una inmensa “madraza” y pastora del barrio.
En un humilde salón de oración que está emplazado en el corazón del barrio Stella Maris, Gladys intenta darle la bienvenida a esos chicos que llegan con miedo, huyendo de las bandas narcos o la policía, con armas entre sus harapos, drogados, maltratados y con una profunda soledad.
“Llegamos en una temporada donde no podían entrar ni siquiera los proveedores de alimentos. Teníamos que acompañarlos para que puedan entrar los alimentos a los quioscos o almacenes. En ese tiempo, las banditas comenzaron a consumir y a robar para pagar el consumo. Hasta las ambulancias no podían entrar. Nosotros teníamos que ir caminando a Juan José Paso y entrar al barrio con el patrullero del comando”, recuerda Gladis.
—¿Después fue peor?
—Si, cada vez fue peor. Nosotros no sólo predicamos acá, sino que esta sala fue una “velatoria”. En el mismo lugar donde intento dar una oración de esperanza o un taller de albañilería o música, velamos a muchos chicos y, con dolor, te puedo decir que esos chicos que venían a buscar la leche, que no se podía vincular con el núcleo familiar porque era bastante pesada la cosa, se nos iban de las manos. Me he sentido muchas veces frustrada, hasta a veces culpable.
—¿Por qué culpable?
—Yo los he entregado acá a los chicos en la iglesia. Yo los consagré a la mayoría de los chicos junto a mi esposo. La iglesia era muy pobre, pero siempre tuvieron un lugar acá, a cualquier hora. Los chicos, aunque venían drogados, haciendo desastre a veces, golpeaban mi puerta, yo vivo al lado, y me levantaba a cualquier hora a hacerles un sándwich para que coman. No me importaba. Tengo hijos de esa edad. Gracias a Dios, mis hijos son muy buenos, tengo un esposo muy bueno, y hemos ayudado a nuestros hijos con el deporte. Puedo decir que nunca agarraron drogas, ni alcohol, ni cigarrillos, ni nada de eso. Yo quería que esos niños sean como mis hijos.
Gladis se conmueve y llora por esos niños perdidos. Hace una pausa, se pasa la mano por las mejillas para componerse un poco y pide disculpas, una y otra vez. Pero retoma el impulso y el ánimo cuando es consciente de que también han recuperado niños perdidos entre el olvido y la violencia. “Con mucho trabajo, cambiamos una cultura. Cambiamos una cuchara de albañil por un arma. Esto es maravilloso”, dice.
—¿Eso es una metáfora o pasó de verdad?
—Pasó de verdad, porque los chicos vienen a los cursos de capacitación. Ellos nunca tocaron una pala, vamos a hablar de verdad. Yo los quería anotar a todos para música, para locución y radio, que era más liviano. Pero se anotaban en albañilería. Y ahí me llamó la atención. Ellos querían hacer su casita, su pieza. Y nosotros le dimos una capacitación para que pudieran hacerlo.
Jorge Elder es subsecretario de abordajes sociales del Ministerio de Igualdad y Desarrollo Humano. Sobre sus inquietudes, se monta el día a día del abordaje a las “Familias Priorizadas”. Después de hacer el diagnostico en diciembre del 2023 (cuando Rosario tuvo la peor tasa de homicidio), rearmaron un área dentro del Ministerio de Desarrollo Humano para prevenir violencias. Allí detectaron que las muertes violentas se concentraban en los mismos barrios. El 90 por ciento de las muertes violentas se producen en el 13 por ciento de las calles de la ciudad. “Esto es muy fuerte. Los que mataban o morían son pibes, niños o muchachos de los mismos barrios”, dice Elder.
-¿Qué hacen?
-La primera definición que se toma es la implementación de urgencia de Nueva Oportunidad, un programa que había sido muy exitoso en la época del gobernador Miguel Lifschitz. Lo implementamos a partir de diciembre del 2023. Hoy tenemos 6.000 jóvenes en este programa. Cuando Gladys hace mención a que jóvenes «cambian la cuchara de albañil por el arma», está hablando de pibes del Nueva Oportunidad.
Caminar las calles del barrio una mañana es respirar el aire puro de una ciudad hermosa. De noche, se pone mas espeso. Con la luz tenue de esa nocturnidad los jóvenes distribuyen la sed de un vicio turbio. Sus armas defendiendo la mercancía que venden a los perdidos del barrio, pibes que buscan encontrar algo mas allá de sus sombras.
“En estos territorios, los mismos apellidos son protagonistas de la crónica policial. Y esa es una frase del Gobernador Pullaro. ¿Qué pasa que siempre son los mismos apellidos y las mismas familias que recirculan el círculo de la violencia? ¿Qué hacemos con esos niños cuyo abuelo ya fue parte de la economía delictiva? Familias Priorizadas es eso: detectar a estos grupos familiares, que, en cantidad, cuando lo ponemos en un zoom en términos territoriales son 150. El número hace que sea posible el rápido abordaje. Posible en cantidad, pero muy complejo en cuanto al tratamiento”, dice Jorge Elder.
Gladis muestra su salón multiuso (templo, escuela de oficios, sala velatoria) con orgullo. “Este piso lo colocaron los chicos del barrio, los mismos que llegaban drogados pidiendo ayuda”, cuenta.
A su lado, Jorge Elder puntualiza y reconoce los fracasos de algunos abordajes. “Las adicciones condicionan la pacificación total de esas calles. Las madres te cuentan que no saben qué hacer con sus hijos, que roban dentro de su propia casa para comprar drogas. Son leonas, pero solas no pueden. Ahí aparece la esencia del programa, de tomar a esa situación, ponerse a la par de esa madre, junto con alguna institución, y hacer un puente mucho más rápido en la atención de ese joven. Trabajamos con familias que ya han tenido un muerto, un herido de arma de fuego u otros en la cárcel, casos de violencia de género o problemática de niñez”, explica.
Gladis nos pide que la acompañemos a la calle de atrás. Cuenta una historia de balas repiqueteando paredes, calles oscuras y chicos desparramados en lagunas de sangre. El sonido de los pájaros, el aire fresco del otoño, ese mismo muro reparado sin secuelas de los tiros, muestra otra cosa. La mañana en la calle de la muerte tiene otro plan.
“Logramos sacarle de a uno al plan criminal y eso es el proyecto. Un muchacho que estuvo en Coronda por robo, hoy quiere terminar la secundaria y capacitarse en un oficio. Muchas veces decimos que es de a uno. Con uno que le saques al mundo narco ya ganaste. Eso, pero todos los días, todos los días”, dice Jorge Elder.



