El reloj todavía marcaba las primeras horas del martes y las inmediaciones del Monumental ya respiraban un aire distinto. No era un partido más el de la noche; era la cita que el fútbol argentino intentó postergar durante casi dos décadas. Hubo quienes llegaron con su entrada aferrada como un tesoro, y quienes simplemente se acercaron al vallado por la necesidad física de estar ahí, de ser parte del entorno. En las calles de Núñez se mezclaban los acentos locales con los idiomas de miles de extranjeros que cruzaron el mapa con un único propósito: ser testigos del último baile de Lionel Messi con la camiseta de la selección argentina.

Fue una jornada profundamente emotiva, sí, pero también innegablemente rara. La atmósfera no terminó de encajar con lo que se proyectaba para un evento de semejante magnitud histórica. En las tribunas, entre los cánticos de siempre y los ojos vidriosos, flotaba una sensación de incredulidad colectiva entre las más de 85 mil personas que colmaron el estadio. Como si el hincha todavía no lograra procesar lo que pasaba delante suyo. 

La realidad es cruda: el mejor jugador del mundo dejó de representarnos. Sin embargo, la gente parecía no caer. Cuesta entender que Messi ya no volverá a liderar la fila en el túnel, ni a mirar el cielo durante el himno antes de un partido oficial. La negación es, quizás, el escudo natural de un país que se malacostumbró a la aparente eternidad de su capitán.

Y si esta noche dejó un vacío extraño y difícil de catalogar, la pregunta que se impone es inevitable: ¿qué nos espera el día que decida dejar el fútbol por completo? Si hoy, viéndolo despedirse de la celeste y blanca, la asimilación fue a medias, el momento en que cuelgue los botines de manera definitiva será el verdadero golpe de nocaut. Ese será el instante exacto en el que seguramente a todos les impacte de lleno el adiós. 

Pero ahora, ¿qué va a pasar? ¿Cómo se llena el espacio de quien ocupó el centro de nuestro ecosistema deportivo tanto tiempo? Acaso el próximo refugio de la ilusión para el futbolero promedio sea aferrarse a lo improbable: esperar que Messi decida, por fin, jugar en el fútbol argentino y transitar nuestras canchas cada domingo.

Mientras tanto, toca lidiar con esta extraña resaca emocional: la de haber presenciado el final de una era sin querer, o sin poder, aceptarlo del todo.