Había una vez un chico de 15 años que entró a la escuela con un arma en la mochila. No llevaba un manifiesto político, ni una venganza precisa, tampoco una carta de amor para una compañera, la tarea sin hacer de geografía o una merienda para el recreo largo. Ni siquiera una historia clara para explicar lo que iba a hacer.

Llevaba algo más difuso y más peligroso: disparar sobre los cuerpos de sus compañeros.

Y esa idea no nació en su casa ni en su aula. Es una idea que circula a diario en las redes. Que se comparte en secreto y se celebra en rincones oscuros de internet. En San Cristóbal, Santa Fe, esa idea se volvió un manojo de perdigones escupidos por una escopeta robada a su propio abuelo.

Disparó varias veces y mató a otro chico como él, un compañero. Y pudo haber sido peor. Mucho peor. En la mochila había más cartuchos. El recorrido recién empezaba. Lo frenó un portero, un adulto que no estaba en ningún protocolo heroico, pero que entendió, en segundos, lo que otros no vimos durante meses. Poner el cuerpo para evitar que el mal desparrame más víctimas. 

Días antes, en esa misma escuela, los alumnos habían visto Bowling for Columbine, un documental que toma la Masacre de Columbine como punto de partida para preguntarse por qué una sociedad (en ese caso la de Estados Unidos) convive con la violencia armada como si fuera parte del paisaje urbano y doméstico. 

En 1999, en una escuela de Colorado, dos estudiantes mataron a 13 personas y se suicidaron. Lo planificaron durante meses. Querían volar la cafetería. Fallaron. Y entonces salieron a disparar. Parte de la escena fue transmitida en vivo por canales de televisión: chicos corriendo buscando refugio para evitar la muerte. El horror de la escuela generada por sus propios alumnos. 

Desde entonces, Columbine dejó de ser un hecho para convertirse en una referencia. Un molde. Una narrativa disponible. Un ejemplo para, en el oscuro sigilo de los homenajes del odio, replicar en cualquier lugar del mundo. 

Veintisiete años después, ese eco aparece en una escuela santafesina en un poblado de 15 mil habitantes. Gino, el que disparaba la escopeta, llevaba 40 cartuchos. Solo usó 4 antes de ser interceptado por Fabio, el portero. Se cree que la “misión” era matar a la mayor cantidad de chicos posibles, “algunas chicas”, según arengaban algunos contactos en sus redes, y al final terminar con su propia vida. 

El caso impulsa el debate social. No alcanza con la comunidad académica y escolar. En casa, en en la escuela, en los clubes, en la política. Para pedagoga y doctora en ciencias de la educación, Carina Cabo, la violencia que hoy aparece en las aulas no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de una sociedad atravesada por el uso excesivo de la tecnología, el aislamiento y la falta de acompañamiento adulto. Señaló que el problema central no es el celular en sí, sino el algoritmo y la hiperconectividad, que capturan la atención de los chicos y desplazan el interés por la escuela, afectando su rendimiento, sus vínculos y su salud emocional. 

“Más que el celular, el problema es el algoritmo, que todo el tiempo les dice a los chicos que hay algo más importante que la escuela”, dijo ayer en Radiópolis por Radio2. “Tenemos que diferenciar si nuestros hijos hacen uso, abuso o tienen adicción al celular”.

Cabo distingue entre uso, abuso y adicción al celular, y advierte que muchos niños ya presentan pérdida de control, insomnio y desconexión con la realidad. En este contexto, remarca que los adultos deben asumir su responsabilidad: dar el ejemplo, establecer límites coherentes y generar espacios reales de diálogo

Prohibir el celular. Esta semana la fiscal general de la provincia, María Cecilia Vranicich, propuso debatir limites en el uso de la tecnología para los menores. No es nuevo en el mundo. Varios países proponen lo mismo. Como evitar que los niños sean formados por un sótano oscuro lleno de bites y terror. 

“Lo que advertimos es que realizan estos actos por la violencia como un fin en sí mismo”, dijo esta semana la jefa de los fiscales. “Se crean comunidades digitales donde lo que los une es el odio"

La fiscal general de Santa Fe, María Cecilia Vranicich, plantea que los hechos recientes de violencia extrema protagonizados por menores —como el caso de San Cristóbal— obligan a abrir un debate urgente sobre el rol de la tecnología y las redes sociales en la vida de los jóvenes. Advierte que muchos adolescentes están expuestos a un “mundo muy oscuro”, donde la violencia deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo.

“Hay chicos muy vulnerables frente a un mundo muy oscuro. El fin es volcar el odio. Ejecutar la violencia y termina allí. Las redes sociales son vehículo de eso. El mundo digital se transforma en una herramienta para la violencia.”

Vranicich sostiene que las redes sociales funcionan como vehículos de propagación del odio, donde se crean comunidades digitales que no solo legitiman la violencia, sino que la promueven, la amplifican e incluso la celebran. Como ejemplo, menciona la aparición de perfiles que glorificaban al autor del ataque en Santa Fe, con mensajes que lamentaban que no hubiera más víctimas.

Para Carina Cabo la prohibición no ayuda a resolver el problema. Propone, en cambio, transformar la lógica educativa: clases más dinámicas, recreos activos, contacto con el juego, el arte y el movimiento, y un uso pedagógico inteligente de la tecnología. Sostuvo que el sistema educativo sigue funcionando con esquemas antiguos frente a una generación que aprende de otra manera. 

“Hace diez años que deberíamos haber empezado a buscar respuestas”, dijo Cabo. “La escuela no puede seguir siendo la de los años 80 para chicos que viven en otra realidad. Los chicos se aíslan, bajan el rendimiento y aparecen conflictos familiares por el uso del celular”, agregó.

La violencia que hoy aparece en las aulas no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de una sociedad atravesada por el uso excesivo de la tecnología, el aislamiento y la falta de acompañamiento adulto

También la pedagoga advirtió sobre los docentes que no siempre están preparados para enfrentar estas problemáticas y reclama mayor formación, acompañamiento estatal y políticas públicas integrales. “La escuela sigue siendo el espacio clave para detectar situaciones de violencia, abandono o vulnerabilidad en los chicos, pero no puede hacerlo sola: la responsabilidad es compartida entre familias, Estado y sociedad”, aseguró. 

Finalmente, Cabo plantea que el desafío es colectivo: repensar cómo educamos en una cultura dominada por la tecnología, antes de que el vacío de sentido y pertenencia lleve a los chicos a buscar reconocimiento en lugares peligrosos.

Por su parte Vranicich no propone soluciones simples ni extremas, pero considera necesario discutir límites al acceso digital, tomando como referencia experiencias internacionales: desde prohibiciones más duras, como en Australia, hasta regulaciones parciales como las que evalúan países europeos. “El objetivo no es solo prevenir delitos, sino también atender problemas crecientes de salud mental, ansiedad y aislamiento en adolescentes”, dijo la fiscal.

“El problema excede a la escuela y a la justicia: es una responsabilidad compartida entre familias, Estado y empresas tecnológicas”, agrego Vranicich para dejar una advertencia de fondo: “sin intervención, estas plataformas pueden seguir funcionando como espacios donde el odio se organiza, se reproduce y encuentra sentido”.

Había una vez un asesino vestido con uniforme escolar. Un adolescente que vivía en un hermoso paraje de Santa Fe, cerca del campo, de cultivos frescos, de amanecer y atardeceres plácidos pero que planeó y ejecutó un plan para matar y matarse. Un adolescente que en silencio fue construyendo invisibilidad. Y esa tal vez haya sido su mejor victoria. Ser invisible para poder hacer explotar el mundo que lo rodeaba.