“Son muy pocas las horas libres que nos deja el trabajo. Apenas un rápido desayuno que solemos tomar pensando ya en los problemas de la oficina, porque de tal modo nos vivimos como productores que nos estamos volviendo incapaces de detenernos ante una taza de café en las mañanas […] concentrados en algún canal, o haciendo zapping, parece que logramos la belleza o un placer que ya no descubrimos compartiendo un guiso o un vaso de vino o una sopa de caldo humeante que nos vincule a un amigo en una noche cualquiera”.
Ernesto Sabato, La Resistencia.
A comienzos de mayo, Iris Roig, una joven española creadora de contenido, subió un reel a su cuenta de instagram que a los pocos minutos, gente de todo el mundo lo estaba replicando en su perfil. Es que, lo que plasmó puede pronunciarse en muchos idiomas pero en todos lados significa lo mismo: sensación de insuficiencia. Las redes sociales ampliaron oportunidades pero también instalaron como identidad la mejora constante. Y cuando mejorar se vuelve obligación, los esfuerzos nunca son suficientes. Más productivos, más felices, más saludables, más exitosos. Una carrera silenciosa que convierte todo en métricas. Dentro de esa lógica, ¿en qué lugar se ubica el placer?
“Despertate antes. Deberías hacer ejercicio. Deberías comer más sano. Deberías ganar más dinero. Deberías dejar el café aunque estés agotada. Dijiste que nos ibas a mirar el móvil, ¿por qué estás mirando el móvil? subió el alquiler, las compras, la gasolina, los impuestos. Guerra. Trump. Genocidio. ¿No puedes hacer nada? Deberías tener más hobbies pero también trabajar más. ¿Cómo lo hace la gente?”, dice la voz en off de Roig
mientras abre los ojos y comienza con su rutina diaria.
Más adelante, mientras el día avanza, la catarata de demandas se profundiza: “¿Has caminado ya 10 mil pasos hoy? Pilates. No, mejor pesas. Mejora tu rutina de skincare. Este producto. No, este otro. Botox. Rellenos. ¿Esa es otra arruga? No comes suficiente proteína. ¿Has bebido suficiente agua? Tienes que esforzarte más. Más impuestos. Más facturas. Autónomos, autónomos, autónomos. Vuelta al trabajo. Scroll. Concéntrate. ¿Por qué no puedes concentrarte? No estás haciendo suficiente. No estás ahorrando lo suficiente. ¿Estás intentándolo siquiera?”.
No se trata solo del incremento de pantallas. En Argentina, hacia fines de 2025, se contabilizaron 32,9 millones de identidades de usuarios de redes sociales, lo que equivale al 71,7% de la población. Además, distintos relevamientos muestran que el promedio diario de uso de redes supera las cuatro horas, mientras que el tiempo total conectado a internet ronda las ocho horas y media por día. La frontera entre trabajo, ocio y distracción es cada vez más difusa. Lo que antes era descanso continuo, ahora está mediado por dispositivos, incluso las reuniones sociales.
El filósofo Byung-Chul Han habla de la incapacidad contemporánea de detenernos. Describe al sujeto cansado y aburrido, producto de una sociedad del rendimiento en la que cada persona se explota a sí misma para pertenecer al “enjambre digital”. Bajo esa lógica, el ser humano no se define por lo que es, sino por lo que puede producir. Y cuánto más, mejor.
La autoexigencia se convierte en una carrera sin meta y exponencialmente pública: likes, comentarios, aprobación, positivismo, felicidad editada. Incluso las actividades que antes daban placer —leer un libro, ir a un recital, salir a cenar— hoy pueden medirse: cuántos libros al año, cuántos pasos diarios, cuántos países visitados, cuántas fotos subidas.
Generación dopamina: más conocidos, menos divertidos
Anna Lembke es psiquiatra y trabaja en la Clínica de Diagnóstico Dual de Medicina de las Adicciones de la Universidad de Stanford. Es la creadora de “Generación dopamina”, una hipótesis que se transformó en libro. Para ella, “las drogas digitales” ponen a la gente en un estado de trance con el fin de hacerles perder el tiempo. Se invierte mayor energía y creatividad en la virtualidad y se drena ese contenido de la vida real. Entonces, cuando alguien desea conectar otra vez con la realidad, se vuelve más aburrido por dos motivos: “pasan menos cosas y no hay nadie”.
Lembke señala que se recurre “a internet para satisfacer nuestras necesidades físicas, emocionales, sexuales y educativas. Cada necesidad que tenemos, en realidad ya no la necesitamos de otras personas”, lo que provoca aislamiento y un nuevo tipo de soledad. Para la profesional de la salud mental, “la gente es más infeliz de lo que le gustaría y no sabe por qué” y eso ocurre “porque nuestra cultura nos exige que nos centramos tanto en nosotros mismos que lo que se crea es esta profunda necesidad de escapar de nosotros mismos”.
En ese sentido, la psicoanalista Alexandra Kohan escribió que “hoy en día, los algoritmos están diseñados para que no encontremos nunca lo diferente. Nos devuelven constantemente nuestros propios reflejos, nuestros propios gustos, nuestros propios sesgos. Al borrar la diferencia, el algoritmo nos encierra en una mismidad estéril”. Y es entonces cuando se deja de necesitar al otro porque se comienza a hablar con uno mismo o con la IA.
¿Dónde mierda quedaron la alegría, los abrazos y la amistad?
Shine - Fito Páez
El placer como improductividad
El problema no radica solo en la sobreestimulación ni en la hiperconectividad. También está en la desconfianza hacia el ocio cuando no deja rédito. Si no mejora el cuerpo, la imagen, el currículum o la economía, parece inútil. El placer que no se publica, que no se optimiza, que no se capitaliza, comienza a sentirse como una pérdida.
Hace unos días, Fito Páez lanzó una canción que invita a salir a la calle y desconectarse del feed. Se pregunta dónde quedaron cosas básicas de la vida —la alegría, los abrazos, la amistad— y canta: “Qué tiempos aburridos nos tocó vivir. Tiren los teléfonos”. No es solo una consigna generacional. Es un síntoma de la época.
¿Cuándo fue la última vez que alguien hizo algo solo porque sí? Sin métricas. Sin foto. Sin story. Sin rendimiento. Si cada minuto debe justificarse, entonces el placer es un fracaso. Y, sin embargo, nada hay más humano que perder el tiempo con otro. ¿Todavía sabemos hacerlo?



