Milei no conoce a Luciana. Yo sí.

Y no es un dato menor en este tiempo donde abundan las sentencias rápidas y escasea el conocimiento real de las personas. Luciana no es solo un rostro, una voz o un nombre en una pantalla ni una firma incómoda: es una cronista formada con compromiso y rigurosidad en la intemperie del oficio, en ese territorio donde mirar mejor vale más que hablar más fuerte. 

No la escuché jamás levantar la voz en un debate, ni escribir con portazos o realizar crónicas con finalidad de clickeos. Trabaja con nosotros en Radiopolis desde hace años y en medio de las trincheras incomodas del tiempo solo sus primicias y su información se destacaban mientras arengábamos entre risas para distender las tensiones de sus crónicas. Amiga leal, su primordial rol madre y sobre todo el camino que recorrió en el periodismo argentino. Impecable. 

La vimos salir de Rosario con una libreta cargada de preguntas y una obstinación silenciosa: contar siempre lo que otros preferían dejar en penumbras. Nunca una palabra de más, nunca una concesión al aplauso fácil. Su trabajo no buscó agradar: solo como muchos, entender, y en ese intento rozar lo que el poder prefiere no ver.

Lanatista en el camino de la incomodidad. Le pasaron factura en las calles del “lavado” del dinero narco rosarino cuando narraba en Buenos Aires lo que su familia vivía en las calles de la batalla criminal santafesina. No negoció con la presión política y corporativa de los que vivían de la publicidad oficial y puso el cuero para pagar los costos de quienes la vieron como vocera de aquella incomoda verdad. 

Ahora la factura de Milei por un informe que detallaba el desmembramiento de la lealtad de sus funcionarios. El espejo que odia el presidente. El golpeado que no quiere volver a ver los golpes que recibe.

La imputación de Milei es obscena e infantil. No le gusta el reflejo. Meter una cámara, en todos sus formatos, un micrófono o una libreta en los pasillos donde se decide no es un gesto inocente. Es, casi siempre, una irrupción. Y el poder —cualquiera sea su signo— reacciona igual cuando se siente observado: primero desconfía, después desacredita, finalmente intenta cerrar la puerta.

No odiamos lo suficiente a los periodistas ya tiene una sigla que repite el presidente: NOLSALP, en todas sus formas. El odio, el desprecio y la posterior, y deseada, desaparición del oficio. 

Javier Milei tuvo enfrentamientos con todos. No le gusta el periodismo y lo combate con todas sus armas. Antes de ganar las elecciones amenazó a Facundo Pastor en los pasillos del canal América, “si llego a la presidencia, preparate para correr”. Días después (el 14 de noviembre de 2023) se sacó de encima a los empujones al colega Pedro Levy de Canal 3 con insultos y una frase muy compartida por los dirigentes de La Libertad Avanza en Santa Fe “esto es era para la gente, no para vos”. La lista involucró a todos. Todos. Lanata, Magdalena, Morales Solá, Longobardi, y la lista sigue. 

El que confesaba que descargaba tensiones pegándole a un muñeco con rostro de Alfonsín insulta y demanda a periodistas. 

Pero en esa escena hay también responsabilidades compartidas.

No solo del poder que aprieta, sino colegas y medios que aflojan. De los que eligen tibieza cuando el oficio pide coraje. De los que miran para otro lado o, peor aún, cuestionan la cobertura para quedar bien con quien hoy administra el acceso. Hay periodistas que confunden independencia con conveniencia y terminan orbitando alrededor del poder como satélites dóciles. No hace falta que los compren: alcanza con que necesiten estar cerca.

Milei tuvo enfrentamientos con todos. No le gusta el periodismo y lo combate con todas sus armas

La mayoría de las historias que hoy irritan al gobierno de Milei no nacen en la vereda de enfrente. Nacen adentro. En despachos donde ya no todos creen, en pasillos donde se habla más de reemplazos que de liderazgo. La información que incomoda no es una invención periodística: es una filtración política. El problema no es quien la cuenta, sino quien ya no puede sostener lo que pasa.

Lo que ocurre hoy en la Casa Rosada no es solo una discusión sobre acreditaciones o protocolos. Es un reflejo. Un poder que se encierra cuando empieza a desconfiar de sí mismo. Que insulta, acusa y señala cuando siente que pierde control sobre el relato.

Milei no conoce a Luciana. Yo sí

Quizás tampoco necesite hacerlo. Los que tienen el cuero duro en este camino lo saben: los gobiernos pasan, y los archivos quedan. Y en esos archivos, en esas crónicas hechas sin estridencias, es donde el poder es expuesto. Con sus pocas luces y sus infinitas sombras.