La mañana fría del sábado mezcló la humedad del ambiente lluvioso y gris con mejillas enrojecidas por un nuevo surco de lágrimas. No esperaban tanta gente. El salón estaba colmado de dirigentes políticos, gremiales, empresariales, docentes y profesionales que se saludaban con abrazos o estrechándose las manos agradeciéndose la presencia. Viejos conocidos: convivientes de historias de proyectos, debates y discusiones que a casi todos los tuvieron como protagonistas. Y aunque no todo tiempo pasado fue mejor, algo parecido a la añoranza parecía atraparlos. El tiempo pasó: cinco años de la muerte de Miguel Lifschitz.

La política santafesina tiene un desafío que se renueva en cada obstáculo. Miguel Lifschitz se murió hace años, pero en esas personas aún sobresale el hueco que su ausencia dejó. No es el cargo. Sino el espacio, la mirada, el cómo transitó el camino. Son cosas distintas. Dirigentes con ambición y capacidad sobran. Pero cada vez que la política provincial entra en uno de esos pantanos donde todo parece ruido, grito o marketing, alguien vuelve a nombrar a Lifschitz, como quien recuerda al ingeniero que sabía dónde pasaban los cables dentro de la pared.

El homenaje se realizó en el Polo Tecnológico de Rosario. No fue un detalle menor. Ese lugar también habla de Miguel Lifschitz. Hubo allí decisión política, compromiso de gestión y una idea insistente de futuro cuando todavía muchos creían que la innovación era un lujo para el privilegio académico o una palabra para discursos empresariales. Fue justamente allí donde “gente común” recordaba su vida: en un espacio donde el conocimiento se transformó en trabajo, empresas y desarrollo, comandado por el sueño de aquel que se animaba a pensar veinte años adelante.

No pareció una misa partidaria ni un acto armado para la foto. Había socialistas, claro. Pero también empresarios, sindicalistas, rectores universitarios, intendentes, dirigentes de otros espacios y gente que lo conocía “del laburo”. Muchos sin antecedentes más que el afecto común. Y eso, quizás, fue lo más llamativo: en una época donde la política espanta, hay todavía, sobre la memoria de dirigentes ya fallecidos, ganas de los sobrevivientes de juntarse a planear.

Uno de los hombres que organizó el encuentro lo resumió en voz baja, casi sorprendido: “La gente tenía ganas de encontrarse”. Tal vez porque Lifschitz representaba algo que hoy escasea: una política sin histeria, ni selfie, más obsesionada por gestionar que en producir frases virales. Lifschitz podía aburrir a quienes necesitaban épica permanente. Creía en esa vieja rareza de la democracia: administrar para hacer.

Su hijo Federico fue el primero en hablar. Incómodo y aturdido reconoció que estuvo a punto de no ir al homenaje y que sus palabras no estaban preparadas. “Hoy es un día (el de la muerte de su padre) que no me hace bien recordar. Preferiría lo contrario”, dijo conmovido.

Llegó un momento potente del homenaje: un video donde gente común contaba pequeñas cosas. Una obra. Una escuela. Una mejora concreta en sus vidas. Y el auditorio mirando en silencio. Asintiendo. Como si muchos estuvieran recordando no solamente a un dirigente sino también una época menos salvaje de la discusión pública.

El presidente del Partido Socialista en Santa Fe, Joaquín Blanco estrenó el rol conductivo y enumeró las virtudes de Lifschitz. “Me hace bien ver tanta gente que piensa distinto aquí. Justo en lo creía Miguel. Hacer política y hacer proyectos con los que piensan distinto”, reconoció emocionado.

Clara García habló desde un lugar imposible de disimular. No fue solamente la presidenta de la Cámara de Diputados provincial recordando a un ex gobernador. Fue la compañera de vida repasando la intimidad de un hombre obsesionado con gestionar, planificar y trabajar. Recordó aquellas “25 pautas de funcionamiento” que Lifschitz redactó cuando llegó a la intendencia de Rosario. Horarios estrictos, dedicación exclusiva, respeto por los trabajadores públicos y una idea permanente: “repensar todo de nuevo”. Clara lo definió como un dirigente que “invitaba a extender los límites de lo posible” y volvió sobre algo que todavía duele dentro del socialismo santafesino: “Miguel era un líder necesario”. El auditorio escuchó en silencio. Cerró hablando ya no de política, sino de amor, recordando aquella frase íntima que compartían en los momentos difíciles: “Cerca e incondicional”.

El gobernador Maximiliano Pullaro eligió otro camino para recordar a Lifschitz. Menos institucional. Más humano. Habló del dirigente que soñaba obras públicas mirando ciudades desde la ventanilla de un avión, del gobernador que no necesitaba levantar la voz para ejercer autoridad y del hombre que convertía reuniones técnicas en discusiones apasionadas sobre cómo mejorar la vida de la gente. Contó también una escena reveladora: un equipo completo de Seguridad llegó nervioso a presentarle un proyecto largamente estudiado y Lifschitz desarmó toda la exposición con una sola pregunta precisa. Para Pullaro, esa claridad era parte de lo que lo hacía distinto. Pero el momento más fuerte apareció cuando recordó la pandemia y deslizó una frase que dejó al salón quieto: “Muchas personas en su lugar hubiesen buscado el atajo para encontrar la vacuna. Miguel lo podría haber hecho. Sin embargo, no lo hizo”. Allí ya no hablaba solamente del dirigente. Hablaba del tipo de persona que había sido.

Lifschitz murió por covid en aquellos meses donde el mundo parecía una sala de terapia intensiva. La política, también. Hubo dirigentes que atravesaron la pandemia haciendo televisión. Él la atravesó enfermo. Y Santa Fe perdió allí algo más importante que un ex gobernador, perdió un organizador, un tipo capaz de sentar en una misma mesa a personas que no pensaban igual y convencerlas de avanzar o, como dijo Blanco, “el que iba a los bordes para comprender el centro”.