Por edad, por calendario, por despertares, lo primero que vi de Brandoni en tiempo real fue Darse cuenta, de Alejandro Doria. Yo tenía 9 años y sin comprender demasiado nada, había en la atmósfera de esos días una sensación distinta, incluso en mi conservador pueblo. Eran los albores democráticos y los aires ya eran otra vez buenos y nuevos aires. O así me lo inventé yo.
Por aquellas fechas Brandoni era también El Buscavidas que veíamos semanalmente por la tele. Me gusta recordar ese programa porque lo disfrutábamos con mi viejo y hasta hoy seguimos regresando a esos costumbrismos donde él (Brandoni) y el personaje del Pato Contreras, esperaban las changas que le acercaba el Loro (Roberto Carnaghi).
Como no soy un experto en cine y teatro me dejo llevar por mis emociones. Con los años supe de su valentía para afrontar los brutales y oscuros años de la Triple A y luego de la dictadura, que compartían mano de obra y ferocidad.
Secretario gremial, comprometido siempre. Dicen los que lo conocieron mucho que nunca escatimó solidaridad y empatía. El “Gallego” Soto de La Patagonia Rebelde; el hijo mayor homofóbico de Héctor Alterio en La Tregua de Sergio Renán; o el Juan que dejo de reír (Juan que reía) fueron sus emblemáticos papeles hasta que la noche y niebla de estas pampas lo cancelaron y persiguieron por casi ocho años.
Será por eso que siempre me pregunté las cosas que habría sentido cuando hizo de “Julio” en Hay unos tipos abajo, del libro de Antonio Dal Masetto. Fue un crack del costumbrismo. Tremendo actor en esas lides. Sin embargo, el rostro de angustia y tristeza en el Osvaldo de Made in Argentina, todavía hoy me conmueve.
La fatalidad del exilio y la tragedia que puede ser el desexilio fuera de tiempo, cuando ya nada es lo que había sido. Sin compartir nada de lo que defendió en los últimos 20 años, le valoro profundamente su ser político de siempre. Al fin y al cabo, eso somos, seres políticos.
Escribo sobre la muerte de Brandoni, pero quizás sea el pretexto. El actor deja una marca maravillosa y mil contradicciones. Nada que no tenga un ser político. Este pretencioso texto de despedida terminó hace muchas líneas atrás. Quizás cuando volví a mi infancia de pibe en el pueblo que recuperaba la democracia y mis hoy muertos queridos estaban con vida y me la llenaban.



