Un 3 de agosto de 1941 nació en Nueva Jersey la mujer que demostraría, mucho antes de que existiera la palabra influencer, que un nombre propio puede cotizar en el mercado como cualquier empresa: Martha Stewart.
El hito no llegó con su nacimiento, sino veinte años después. El 19 de octubre de 1999, su compañía, Martha Stewart Living Omnimedia, debutó en Wall Street.
La acción salió a bolsa a 18 dólares y cerró la primera jornada en 38. El valor de mercado de la empresa saltó a 1.730 millones de dólares.
La participación personal de Stewart quedó valuada en unos 1.200 millones. De un día para el otro se convirtió en la primera mujer multimillonaria por esfuerzo propio de Estados Unidos.
Lo insólito no fue el negocio de revistas, programas de televisión y productos para el hogar detrás de la empresa. Fue que los inversores pagaron, sobre todo, por la credibilidad de una persona.
Ese modelo, una marca que vale porque alguien la encarna, es hoy la base de la economía de creadores y del negocio de los influencers.
Hoy construir una marca personal es más accesible que en 1999: herramientas de inteligencia artificial generan textos, imágenes y campañas enteras sin necesitar presupuestos millonarios ni un estudio de relaciones públicas.
Esa democratización multiplicó la cantidad de marcas personales que compiten por la misma atención, y también la velocidad con la que una polémica o un error puede derrumbar años de reputación construida.
El caso de Stewart mostró también el costado frágil de ese esquema. En 2004 fue condenada por uso indebido de información privilegiada, vinculado a la venta anticipada de acciones de otra compañía.
El escándalo le costó cinco meses de prisión federal y hundió el valor de su empresa en bolsa. Cuando la marca personal y la marca comercial son la misma cosa, cualquier tropiezo se traslada directo al balance.
Ese riesgo suele quedar afuera de los planes de quienes montan un negocio apoyado casi por completo en la figura de su fundador, sin estructuras que puedan sostenerlo si esa persona falla.
Stewart reconstruyó su imperio después de la condena. En 2015 vendió su compañía por 315 millones de dólares a Sequential Brands Group, que luego transfirió la marca a Marquee Brands.
A los 84 años sigue sumando negocios: este año lanzó Elm Biosciences, su primera línea de cosmética, después de protagonizar programas de streaming y colaboraciones con artistas como Snoop Dogg.
Su patrimonio actual ronda los 400 millones de dólares, lejos del pico de 1999, pero sostenido gracias a la capacidad de reinventar una y otra vez el mismo activo: su nombre.
En la Región Centro, varias empresas familiares y startups tecnológicas enfrentan ese mismo dilema: cuánto delegar y cuánto seguir concentrando en la imagen personal de quien fundó el negocio.
El activo que se ofrece a los inversores rara vez es solo un balance contable. Es, casi siempre, una historia y una promesa de continuidad que debería trascender a quien la fundó.
Formar equipos y procesos que sostengan esa promesa, incluso lejos de los reflectores, sigue siendo la parte menos visible, y más decisiva, de cualquier negocio construido alrededor de un nombre propio.

Comentarios