La inflación busca perforar el 2% y abre una nueva etapa para el dólar, las tasas y el consumo

Las consultoras privadas y el propio relevamiento del Banco Central coinciden en que la inflación de junio podría ubicarse entre 1,8% y 2%, un piso que no se veía desde hace varios meses. Expectativas sobre el dólar, tasas, crédito y consumo

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Después de meses en los que la principal preocupación fue contener la escalada de precios, la discusión económica empieza a cambiar de eje. Ya no se trata solamente de cuánto baja la inflación, sino de qué efectos genera esa desaceleración sobre el resto de la economía.

Las principales consultoras privadas estiman que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de junio se ubicará entre 1,8% y 2%, mientras que el último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central proyectó un 2%, y el promedio de los analistas con mejor desempeño incluso lo ubicó en 1,9%.

Si el dato oficial confirma esas previsiones, sería la primera vez en varios meses que la inflación mensual se instala claramente por debajo del umbral del 2%, consolidando el proceso de desinflación que el Gobierno considera su principal activo económico.

Sin embargo, el verdadero impacto no estará únicamente en el porcentaje.

El dólar, la primera prueba

La primera reacción del mercado será observar si una inflación más baja permite sostener la estabilidad cambiaria.

Durante las últimas semanas el dólar mostró mayor volatilidad, impulsado por la menor liquidación estacional del agro y la dolarización de carteras. Si el IPC confirma una nueva desaceleración, el Gobierno buscará fortalecer la expectativa de que el traslado de una eventual suba del tipo de cambio a los precios sigue siendo limitado.

En otras palabras, una inflación inferior al 2% ayudaría a sostener la credibilidad del esquema cambiario, aun en un contexto donde el mercado continúa monitoreando la evolución de las reservas y la demanda privada de divisas.

¿Qué puede pasar con las tasas?

Una inflación más baja también reabre el debate sobre el costo del dinero.

Si el proceso de desinflación continúa consolidándose durante julio y agosto, aumentará la presión para que las tasas reales sigan acompañando la baja de los precios sin perder atractivo para los ahorristas.

Para las empresas esto significa un escenario potencialmente más favorable para financiar capital de trabajo e inversiones, aunque la evolución dependerá también de la estabilidad cambiaria y del comportamiento del crédito.

El desafío del consumo

Quizás el interrogante más importante ya no sea la inflación, sino el consumo.

En la medida en que los salarios recuperen poder adquisitivo y la inflación continúe desacelerándose, el Gobierno espera que el gasto de las familias empiece a mostrar una recuperación más consistente durante el segundo semestre.

Sin embargo, los relevamientos privados todavía muestran un consumidor prudente, que prioriza promociones, segundas marcas y compras más racionales. La desaceleración de la inflación, por sí sola, no garantiza una recuperación inmediata de las ventas.

El nuevo desafío del Gobierno

Hasta hace un año, el éxito del programa económico se medía por la velocidad con la que lograba bajar la inflación.

Ahora comienza otra etapa. Si el índice efectivamente perfora el 2%, el desafío dejará de ser exclusivamente estabilizar los precios para pasar a una pregunta mucho más compleja: cómo transformar esa estabilidad en mayor inversión, más crédito, recuperación del consumo y crecimiento sostenido de la actividad.

En definitiva, el dato de junio puede marcar un cambio de conversación. La inflación dejaría de ocupar el centro absoluto de la escena y el mercado empezará a exigir respuestas sobre la economía real: empleo, producción, consumo e inversión. Esa será la verdadera prueba del segundo semestre.

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