La masonería en Argentina: la red empresarial más antigua del país revela sus secretos

De San Martín a los CEOs modernos: la influencia masónica en la economía nacional. Radiografía del poder masónico en Argentina

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Hay lugares en Buenos Aires que uno pasa por delante mil veces sin prestarles demasiada atención, edificios que parecen mudos pero que, si uno se detiene, cuentan una parte importante de la historia económica y social del país. Sobre la calle Perón, en pleno barrio de Congreso, se encuentra la sede de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, una estructura que es mucho más que piedra y cemento; es el epicentro de una de las redes de contactos más antiguas y, a la vez, más enigmáticas del mundo empresarial. Es llamativo el hecho de que, en una era de redes sociales y networking digital, un modelo con siglos de historia sigue no solo vigente, sino también ofreciendo lecciones valiosas sobre cómo construir relaciones de confianza y proyectos a largo plazo.

Lejos de la imagen de club exclusivo y secreto, la realidad parece ser bastante más pragmática y profundamente argentina. Este fue el punto de encuentro de personalidades que forjaron la nación, como José de San Martín, Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia. Ellos no buscaban un espacio para la conspiración, sino un ámbito de pares para debatir las ideas de libertad, igualdad y fraternidad que llegaban de Europa y que serían la semilla de la independencia. El propio Gran Maestre actual, Ángel Jorge Clavero, lo pone en palabras simples: "La masonería es para todo el mundo, solamente hay que tener cierta cultura para entender lo que se habla aquí". En definitiva, se trata de un espacio de encuentro para personas con inquietudes similares, donde lo que se valora es la capacidad de aportar y de crecer intelectualmente.

"La masonería es para todo el mundo, solamente hay que tener cierta cultura para entender lo que se habla aquí" dice el Gran Maestre actual, Ángel Jorge Clavero.

El tema acá es cómo esta estructura, con más de 300 logias distribuidas por toda Argentina, funciona en la práctica como un verdadero ecosistema de networking empresarial. Cada logia celebra reuniones semanales, que ellos llaman "tenidas". Imaginate estos encuentros no como rituales extraños, sino como un think tank donde un abogado se sienta con un ingeniero, un comerciante con un médico y un programador con un artista. Es en esa conversación, en ese intercambio, donde surgen las conexiones de valor. Como bien dijo Henry Ford, un empresario que también fue masón: "Reunirse es un comienzo, permanecer juntos es el progreso, trabajar juntos es el éxito". Esta frase resume a la perfección el espíritu que, en su momento, también animó a la Logia Lautaro, donde hombres como San Martín y Alvear planificaron estrategias que definieron el futuro de un continente.

Lo que resulta fascinante desde una perspectiva de gestión es su modelo de gobierno descentralizado pero coordinado. Cada logia tiene autonomía, pero todas responden a los principios de la Gran Logia. Este equilibrio entre libertad local y coherencia global es el santo grial que buscan muchas empresas. Para que te hagas una idea, este es el modelo que permitió a figuras como Domingo Faustino Sarmiento impulsar una revolución educativa a nivel nacional, o a Justo José de Urquiza sentar las bases de la organización constitucional del país. Ambos, reconocidos masones, entendieron la importancia de tener un proyecto central fuerte que, a su vez, se nutriera de las realidades y potencias locales.

Ojo con pensar que su influencia es meramente teórica. A lo largo de la historia, esta organización ha sido una incubadora de instituciones clave. El economista Joseph Stiglitz tiene una frase que calza perfecto acá: "Las instituciones importan, y las instituciones son creadas por personas con visión de futuro". La masonería argentina es un claro ejemplo. La creación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, el impulso al ferrocarril o la fundación de entidades como la Sociedad Rural Argentina tuvieron a masones entre sus principales protagonistas. Hombres como Leandro N. Alem y más tarde su sobrino Hipólito Yrigoyen, ambos presidentes y masones, aplicaron esta visión de construir institucionalidad para dar forma a un nuevo movimiento político que transformó al país.

Además, la propia estructura interna de la masonería es un espejo del desarrollo personal y profesional. El camino se divide en tres grados básicos: aprendiz, compañero y maestro. No es muy distinto a un plan de carrera en una corporación. Un aprendiz observa y es guiado por mentores; un compañero colabora en proyectos; y un maestro lidera y enseña. Este sistema de aprendizaje continuo y mentoría fue el que formó el carácter de muchos próceres. Este es el camino que transitaron desde el genio militar de San Martín hasta el intelecto de Juan Bautista Alberdi, cuyas ideas dieron luz a nuestra Constitución. El modelo les proporcionó no solo una red de contactos, sino un método para desarrollar sus propias capacidades al máximo.

Y hay otro aspecto que resuena con fuerza hoy: la filantropía y la responsabilidad social. Las logias se involucran en proyectos comunitarios, funcionando como una red de soporte. Esta visión la encapsuló Andrew Carnegie, otro empresario masón, al decir: "La riqueza es un fideicomiso sagrado que debe ser utilizado para el bien de la humanidad". Este principio de devolver a la sociedad parte de lo que uno ha conseguido es visible en la obra de muchos masones argentinos, como el Dr. Cosme Argerich, pionero de la medicina en el Río de la Plata, o Florentino Ameghino, el naturalista que dedicó su vida a la ciencia y al patrimonio nacional.

Por supuesto, la masonería argentina enfrenta el desafío de adaptarse. La transformación digital y la necesidad de una mayor transparencia son temas clave. Iniciativas como las jornadas de puertas abiertas durante La Noche de los Museos son un claro intento de darle una rosca a su imagen pública, de mostrar que los valores que atrajeron a Sarmiento o Belgrano pueden ser igualmente relevantes para un emprendedor tecnológico del siglo XXI. El desafío es conectar con los millennials y la Generación Z, demostrando que su método para formar líderes y crear redes de confianza es más necesario que nunca en un mundo a menudo superficial y volátil.

La relación entre la masonería y el poder siempre ha generado especulación, pero quizás la clave está en los valores que promueve: la meritocracia, el esfuerzo y el compromiso con un ideal más grande que uno mismo. Es una fórmula que ha dado al país presidentes, legisladores, empresarios y científicos. Su persistencia a través de los siglos sugiere que su modelo para construir capital social y profesional tiene algo profundamente valioso. Es una herencia que va desde los héroes de los libros de historia hasta los más de 12.000 miembros que hoy, en silencio, siguen trabajando en ese proyecto de desarrollo personal y colectivo.

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