Durante buena parte de los últimos años, el riesgo país fue apenas un número que seguían los operadores financieros. Para la mayoría de las empresas argentinas, estaba tan lejos de los niveles necesarios para acceder al crédito internacional que su evolución tenía escasa incidencia sobre las decisiones cotidianas. Hoy esa percepción empieza a cambiar.
Con el indicador de JP Morgan ubicado en torno a los 400 puntos básicos, en su menor nivel desde abril de 2018, el mercado dejó de preguntarse si seguirá bajando y comenzó a discutir qué ocurrirá si perfora el umbral psicológico de los 400 puntos.
No se trata de una cifra mágica. Nadie sostiene que al llegar a 399 puntos Argentina recuperará automáticamente el acceso pleno a los mercados internacionales. Sin embargo, para bancos de inversión, fondos y mesas de dinero representa una señal de que el proceso de normalización financiera comienza a consolidarse.
Ese cambio de percepción puede tener consecuencias mucho más amplias que una mejora en la cotización de los bonos soberanos.
La primera es el financiamiento corporativo. Varias empresas que hoy dependen casi exclusivamente del mercado local podrían volver a evaluar emisiones de deuda en el exterior si el costo financiero continúa descendiendo. No necesariamente para expandirse de inmediato, sino para refinanciar pasivos, extender plazos o reemplazar deuda más cara por otra de menor costo.
La segunda consecuencia aparece en los proyectos de inversión. Muchas iniciativas industriales, energéticas e inmobiliarias no se frenaron por falta de rentabilidad, sino porque el costo del capital hacía inviable financiarlas. Una reducción sostenida del riesgo país mejora las condiciones para que bancos internacionales, organismos multilaterales y fondos especializados vuelvan a mirar proyectos argentinos con otro nivel de confianza.
También cambia la lógica de los bancos. Hasta ahora, buena parte del negocio financiero estuvo concentrado en administrar liquidez, colocar instrumentos de corto plazo o financiar capital de trabajo. Si la percepción de riesgo continúa mejorando, puede comenzar una nueva etapa en la que vuelvan a ganar protagonismo los créditos de inversión, las emisiones corporativas y las operaciones estructuradas de largo plazo.
Otro actor que observa con atención esta evolución son los fondos internacionales. Argentina todavía permanece subponderada en muchas carteras de mercados emergentes. Un riesgo país por debajo de 400 puntos no garantiza una entrada masiva de capitales, pero sí reduce una de las principales barreras que durante años alejaron a los inversores institucionales.
La discusión también tiene un costado político. El programa financiero presentado por el Ministerio de Economía busca mostrar que el Gobierno no necesita regresar de inmediato a los mercados internacionales para cubrir sus vencimientos, gracias a un esquema que combina reservas, financiamiento multilateral y manejo de la deuda. En ese contexto, una nueva baja del riesgo país fortalece esa estrategia y mejora las expectativas sobre la capacidad de financiamiento futura.
La pregunta, entonces, ya no es únicamente si el indicador perforará los 400 puntos. La verdadera incógnita es quién será el primero en aprovechar ese nuevo escenario. Porque cuando el riesgo país deja de ser un obstáculo estructural, no sólo cambia el precio de los bonos: empiezan a cambiar las decisiones de bancos, empresas e inversores. Y, muchas veces, esos movimientos comienzan bastante antes de que el resto del mercado los perciba.

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