Hay que hacer un pequeño esfuerzo de imaginación. Pararse sobre la peatonal San Martín, mirar los edificios, los comercios, las vidrieras y el movimiento del centro y tratar de borrar mentalmente casi todo. No los nombres de las calles solamente: también los autos, los colectivos, las luces, los celulares y hasta buena parte de los edificios que hoy forman nuestra idea de Rosario.
Es agosto de 1886.
Rosario ya no es aquel caserío que había comenzado a crecer alrededor de una capilla, pero tampoco es todavía la gran ciudad del siglo XX. Está exactamente en el medio de una transformación formidable.
Y es en ese escenario donde comienza la historia de Daminato, una empresa que este agosto cumplió 140 años y cuya trayectoria permite recorrer, casi como si fuera una línea de tiempo, buena parte de las grandes transformaciones económicas, comerciales y sociales de Rosario.
Porque antes de vender pasajes aéreos, paquetes al Caribe, cruceros o viajes estudiantiles, hubo barcos. Antes de las reservas online, había agentes marítimos. Antes de pagar con tarjeta o recibir un voucher en el teléfono, había cartas de crédito, monedas extranjeras, pasajes impresos y familias enteras que necesitaban ayuda para atravesar un océano.
Rosario en 1886: una ciudad explotando de crecimiento
Para comprender qué significaba abrir una empresa en Rosario hace 140 años, hay que mirar primero qué estaba ocurriendo alrededor. El crecimiento importante de la ciudad había comenzado a mediados del siglo XIX, cuando el puerto sobre el Paraná se convirtió en una pieza fundamental para vincular al interior productivo con el comercio internacional. El ferrocarril, la inmigración europea y el desarrollo de las colonias agrícolas terminarían de modificar su escala. Rosario pasaba, aceleradamente, de pueblo ribereño a ciudad comercial.
Un dato ayuda a ponerle dimensión a esa velocidad. Cuando en 1884 se creó el Centro Comercial del Rosario -la institución que años después adoptaría el nombre Bolsa de Comercio de Rosario-, la ciudad tenía unos 45 mil habitantes y recibía la producción cerealera de unas 60 colonias agrícolas. Desde el puerto salían vapores hacia Europa.
Rosario ya tenía entonces cuatro bancos, dos líneas ferroviarias, dos compañías telefónicas, correo, telégrafo y un puerto de ultramar. Catorce líneas de vapores la conectaban directamente con Europa y se registraba un movimiento mínimo de 22 buques por mes. Había 36 casas importadoras de mercadería y 13 almacenes mayoristas, además de una creciente cantidad de pequeños comercios y establecimientos fabriles.
No era Buenos Aires. Tampoco quería serlo. Rosario estaba construyendo su propio lugar: el de una ciudad marcada por el puerto, los negocios, los inmigrantes y una relación mucho más directa con el mundo de la que a veces imaginamos cuando miramos hacia atrás.
Y justo en 1886 ocurrió otro acontecimiento decisivo.
El 1º de febrero de aquel año circuló el primer tren que unió directamente Buenos Aires con Rosario, con terminal en la actual Rosario Norte. Hasta entonces ambas ciudades habían crecido como grandes nodos ferroviarios, pero faltaba esa conexión directa. El nuevo enlace terminó de insertar a Rosario en una red ferroviaria que avanzaba hacia buena parte del interior argentino.
Puerto, trenes, bancos, telégrafos, vapores y comercios. Ese era el escenario. Y todavía faltaba el ingrediente humano más importante de aquella Rosario: la inmigración.
Una ciudad donde cuatro de cada diez habitantes habían nacido en otro país
El primer Censo Provincial de Santa Fe se realizaría en 1887, apenas un año después del nacimiento de Daminato. Es la mejor fotografía estadística para comprender aquella ciudad. Rosario tenía entonces 50.914 habitantes. De ellos, 20.943 eran extranjeros: el 41,13% de toda la población. Es decir, cuatro de cada diez personas que uno podía cruzarse por las calles habían nacido fuera de la Argentina.
Y había una colectividad que sobresalía claramente.
Los italianos eran 11.955, aproximadamente el 23,5% de todos los habitantes de Rosario y más del 57% de los extranjeros registrados por aquel censo. Eso explica mucho más que una estadística. Explica apellidos asociaciones, mutuales, comercios, clubes, edificios, costumbres, comidas y hasta formas de hablar que terminarían incorporándose a la identidad rosarina. También permite entender mejor el nacimiento de una firma como Daminato.
Fundada en agosto de 1886 y ligada desde sus orígenes a una familia de procedencia italiana, la empresa comenzó trabajando en actividades que eran centrales para esa nueva sociedad: representación de líneas marítimas, servicios vinculados con la llegada de inmigrantes, operaciones bancarias y cambiarias y emisión de pasajes.
En esos tiempos, vender un pasaje no significaba simplemente organizar unas vacaciones. Muchas veces significaba otra cosa: ayudar a una familia a empezar una vida nueva.
Cuando San Martín todavía no se llamaba San Martín
Hay otro detalle que permite medir la distancia entre aquella Rosario y la actual. La historia de Daminato quedó vinculada desde sus comienzos al eje de la actual calle San Martín. Pero en 1886, cuando la empresa nació, para muchos rosarinos esa arteria seguía siendo la calle del Puerto.
El nombre no era casual. Las calles de aquella ciudad todavía conservaban denominaciones muy ligadas a la vida cotidiana y a las actividades que ocurrían en ellas: Puerto, Comercio, Aduana, Mensajerías, Progreso, Libertad. La Editorial Municipal de Rosario recuerda precisamente que ese nomenclador era una especie de descripción del funcionamiento de la ciudad.
Los diarios rosarinos de aquellos años todavía publicaban avisos comerciales con direcciones como “calle del Puerto”, incluso en esquinas tan reconocibles hoy como Córdoba y San Martín.
La arteria adoptaría el nombre del general José de San Martín hacia 1887. Es decir que una empresa que hoy continúa atendiendo sobre San Martín 858/862 es, en cierto modo, más antigua que el propio nombre de la calle en la que desarrolla buena parte de su historia.
Y hay algo muy rosarino en eso: caminar todos los días por un lugar sin sospechar cuántas ciudades distintas están escondidas debajo de la ciudad actual.
De los barcos a la casa de cambios
Los primeros años de Daminato estuvieron directamente vinculados con aquel movimiento de personas y capitales que atravesaba Rosario. La firma fue representante de distintas líneas marítimas y agente de la Banca Italiana, además de desarrollar actividades como agencia de Bolsa y casa de cambios. Según la propia historia de la empresa, fue además la primera autorizada para funcionar como entidad cambiaria en la provincia de Santa Fe.
Es difícil dimensionarlo con los hábitos actuales. Hoy alguien puede mirar en segundos la cotización de una moneda, comprar un vuelo desde el teléfono, enviar documentación por correo electrónico y comunicarse por videollamada con una persona del otro lado del planeta.
A fines del siglo XIX, el viaje comenzaba mucho antes de subir al barco. Había que conseguir documentación, adquirir el pasaje, cambiar monedas, organizar conexiones y resolver operaciones comerciales en un mundo en el que la información circulaba con otros tiempos. El agente era, por lo tanto, bastante más que el intermediario que entregaba un ticket.
Y el océano tenía un lugar central en todo aquello.
Por el puerto rosarino salían cereales hacia Europa, pero también llegaban mercaderías, cartas, noticias y personas. La ciudad funcionaba simultáneamente como puerto y puerta: un lugar desde donde Argentina se conectaba con el mundo y por donde parte de ese mundo entraba al país.
Daminato creció dentro de ese ecosistema.
La Galería Rosario y otra revolución en el centro
Setenta años después de aquel comienzo, el apellido Daminato volvería a quedar relacionado con otra transformación urbana. Esta vez no sería el puerto. Sería el centro.
En octubre de 1950 salieron a remate tres terrenos ubicados en una de las zonas más cotizadas de Rosario: dos sobre San Martín y uno sobre Sarmiento. Según la documentación histórica reunida para reconstruir la trayectoria de la familia, uno de esos terrenos fue adquirido por Atilio Boglione y otro por Alejandro Daminato. Posteriormente, ambos se asociarían para avanzar sobre el proyecto que terminaría convirtiéndose en la Galería Rosario.
La idea era modernísima para su tiempo: atravesar una manzana completa y crear en su interior una nueva calle comercial. La obra rompía literalmente con el damero. Donde antes había fondos de terrenos con escaso valor comercial aparecía un corredor público bajo techo, rodeado por locales, oficinas y viviendas.
El proyecto estuvo a cargo de un destacado equipo de arquitectos vinculado a Rafael Candia, Juan y Mario Solari Viglieno, Andrés Facchini, Rafael Jiménez Rafuls y J. Oudkerk, y la construcción quedó en manos de Candia & Cía. Un estudio sobre la obra la describe como uno de los emprendimientos emblemáticos de la arquitectura rosarina de los años 50.
La Galería Rosario abrió sus puertas el 25 de mayo de 1956, en homenaje a la fecha patria, y es reconocida como la primera galería comercial bajo techo de Rosario construida específicamente para cumplir esa función.
No era simplemente un conjunto de negocios. Era una nueva manera de usar la ciudad. Una nueva forma de vivir el centro. Para entender la importancia de las galerías hay que mirar una costumbre profundamente rosarina que atraviesa generaciones: ir al centro.
Para generaciones de rosarinos, ir al centro siempre significó mucho más que hacer una compra. Es pasear, mirar vidrieras, tomar un café, ir al cine, encontrarse con alguien o simplemente caminar entre calles que concentran buena parte de la vida comercial y social de la ciudad.
Y esa historia tiene nombres propios: El Radar, El Nilo, el Monumental, el Gran Rex, La Favorita, Córdoba y San Martín como ejes de una actividad que fue creciendo y transformándose con Rosario.
En ese escenario apareció la Galería Rosario. El complejo llegó a reunir 150 locales comerciales, diez stands, 35 departamentos y 50 oficinas, conectando San Martín con Sarmiento y sumando una nueva forma de recorrer y habitar el centro. En 1992 fue incorporado al programa municipal de protección patrimonial.
Rosario desarrolló una relación singular con este tipo de construcciones. Tanto, que incluso se impulsaron iniciativas para declararla Capital Nacional de las Galerías Comerciales, por una concentración de paseos céntricos poco habitual en otras ciudades argentinas.
Dentro de ese mapa, la Galería Rosario ocupa un lugar especial: fue una de las pioneras y ayudó a consolidar una identidad comercial que todavía forma parte del centro rosarino.
Café, licuadoras, carlitos y un Julio Vanzo escondido en una pared
Pero las ciudades no se recuerdan solamente por su arquitectura. También sobreviven a través de sonidos y olores. La Galería Rosario tuvo algunos muy particulares. En uno de sus ingresos funcionó el recordado Mogambo, un bar americano que quedó asociado al ruido de las licuadoras, el café recién molido, las conversaciones y esa máquina fundamental de la gastronomía rosarina: la carlitera.
Y allí estaba, además, Julio Vanzo. El artista rosarino dejó varias obras ligadas a la galería. Entre ellas se encuentra Los Músicos, pintada sobre una de las paredes del antiguo Mogambo, y El Arado, emplazada en el descanso de la escalera principal. Los Músicos pasó años oculto detrás del mobiliario de un local. Este mismo 2026, en coincidencia con los 70 años de la Galería Rosario, especialistas del Museo Castagnino trabajaron en su recuperación.
Son capas. Detrás de un comercio aparece un bar. Detrás del bar, una pintura. Detrás de la pintura, una galería. Y detrás de esa galería, entre otros nombres, vuelve a aparecer el apellido Daminato.
Una aerolínea rosarina cuando volar todavía era una aventura
Ese mismo año de 1956 trae otra historia menos conocida. Mientras se inauguraba la Galería Rosario, un grupo de empresarios impulsaba desde la ciudad una compañía aérea propia: Aerotransportes Litoral Argentino, ALA. La empresa fue constituida en Rosario hacia fines de 1956 y comenzó sus vuelos comerciales en marzo de 1957, inicialmente con pequeños aviones Aero Commander 680S. Su ruta estrella era Rosario-Buenos Aires y llegó a operar varias frecuencias diarias entre ambas ciudades.
Desde Fisherton comenzó a tejerse una red que vinculó Rosario con destinos como Buenos Aires, Córdoba, Mar del Plata, Bahía Blanca, Tucumán, Resistencia y Montevideo, entre otros. Según los antecedentes conservados por la familia, Alejandro Daminato fue uno de los empresarios rosarinos vinculados con aquella iniciativa.
El dato adquiere otra dimensión visto desde 2026. Hoy volar desde Rosario es parte de una discusión permanente sobre conectividad y desarrollo regional. Hace casi siete décadas ya había empresarios locales imaginando a Fisherton como una puerta desde la cual la ciudad podía conectarse directamente con otros puntos del país y la región. ALA terminaría además formando parte de una historia mucho más grande de la aviación argentina.
Desde 1961 comenzó a operar estrechamente junto con Austral. Ambas empresas mantuvieron durante años una asociación de hecho y finalmente se fusionaron legalmente en 1971, dando origen a Austral Líneas Aéreas. Otra vez, de Rosario hacia afuera.
Y finalmente, viajar
En algún punto de los 140 años, todos esos caminos terminan confluyendo en la actividad por la que hoy la mayoría reconoce a Daminato: el turismo. Pero también ahí la historia sirve para advertir cuánto cambió todo. Durante buena parte del siglo XX, viajar implicaba depositar una enorme confianza en quien estaba del otro lado del escritorio.
No existía Google Maps. No había reseñas instantáneas de hoteles. No podía verse en YouTube cómo era una playa antes de comprar el pasaje. No había check-in desde el teléfono, comparadores online, traductores automáticos ni mensajes de WhatsApp desde el aeropuerto.
Viajar era, en buena medida, imaginar. Comprar un crucero en los años 60 era imaginar un barco y los puertos que vendrían después. Contratar Río de Janeiro en los 70 era tratar de reconstruir una ciudad a partir de fotografías, folletos y el relato de alguien que la conocía. Organizar un recorrido por Europa implicaba poner en manos de otra persona conexiones, hoteles, trenes, monedas y documentación.
Por eso las agencias también fueron durante décadas pequeñas ventanas al mundo. Vendían viajes, claro. Pero además ayudaban a imaginar qué había del otro lado.
De los viajes familiares al turismo estudiantil
Con el paso de las décadas, la actividad se diversificó. Llegaron los viajes grupales, los programas personalizados, los destinos exóticos, los cruceros, los paquetes nacionales e internacionales, las salidas corporativas y, por supuesto, el turismo estudiantil, uno de esos rituales que forman parte de la memoria de generaciones enteras de argentinos.
Daminato fue adaptando su estructura a esos cambios y actualmente opera viajes individuales y grupales, turismo corporativo, cruceros, destinos nacionales e internacionales y programas propios, trabajando con operadores y líneas aéreas. Pero hay una parte de la historia que no entra fácilmente en una estadística.
Son los clientes que continúan recurriendo al mismo vendedor después de décadas. Las familias en las que primero viajaron los padres, después los hijos y finalmente los nietos.
Porque 140 años son suficientes para que una empresa deje de tener solamente clientes y empiece a acumular generaciones. Actualmente, la conducción de Daminato continúa en manos de integrantes de la familia: la compañía señala que en su dirección participan miembros de la cuarta y quinta generación.
140 años después, la misma calle y otra ciudad
Hay algo especialmente atractivo en terminar esta historia donde empezó. Sobre San Martín. La calle del Puerto de aquellos inmigrantes pasó a llamarse San Martín. Los carros dieron paso a tranvías, colectivos y autos. Los edificios bajos fueron reemplazados por torres. Las operaciones bancarias se digitalizaron. Los vapores dejaron lugar a los aviones. Los pasajes de papel se transformaron en códigos guardados dentro de un teléfono.
También cambió Rosario. La ciudad de poco más de 50 mil habitantes de fines del siglo XIX se convirtió en una gran metrópoli. El puerto se mudó, el centro tuvo épocas de esplendor y de crisis, aparecieron las galerías, llegaron los shopping, internet modificó el comercio y viajar dejó de ser el privilegio y la aventura que representaba para aquellas primeras familias que cruzaban el Atlántico.
Y, sin embargo, en San Martín 858/862 todavía aparece el mismo apellido.
Quizás por eso los 140 años de Daminato permiten contar algo bastante más amplio que el aniversario de una empresa.
Permiten contar una historia profundamente rosarina.
La de una ciudad que creció mirando hacia afuera. Que recibió barcos llenos de inmigrantes. Que puso sus cereales en los puertos europeos. Que tendió vías para conectarse con el país. Que construyó galerías cuando quería sentirse una gran metrópoli.
Que tuvo empresarios dispuestos a fundar una aerolínea propia. Y que, generación tras generación, mantuvo intacta cierta curiosidad por descubrir qué había más allá.
Hace 140 años, cruzar el mundo podía significar dejar definitivamente una casa para comenzar otra vida.
Después significó visitar Europa, conocer el mar, hacer un crucero, viajar con compañeros de escuela, tomar por primera vez un avión o llevar a los hijos a ese destino que se había postergado durante años.
Cambió la ciudad. Cambiaron los barcos por aviones. Cambiaron las monedas, la tecnología y hasta la forma de comprar un pasaje. Lo que no cambió demasiado fue esa vieja ilusión rosarina de mirar un mapa y pensar en el próximo lugar.
Después de 140 años, todavía queda mucho mundo por recorrer.



