La resaca posmundial, después de la derrota en la final ante España, navega por estas horas en la Argentina alrededor de dos preguntas: cómo nos vemos y cómo nos ven. O, si eso pudiera definirse, en una tercera, superadora de las anteriores: cómo somos.
La selección fue un espejo, una bandera, una familia imaginada y también una vidriera frente al mundo. También lo fue la hinchada, ese cuerpo social capaz de expresar nuestra pasión, nuestra desmesura, nuestra picardía y nuestras dosis de heroísmo. Pero también nuestra agresividad, nuestros bolsones de xenofobia y, hay que aceptarlo, nuestra arrogancia. La hinchada “más loca del mundo”.
Una patria afectiva
Lo cierto es que el Mundial nos dio una oportunidad que tomamos con la desesperación de quien, en otros campos, se siente desahuciado: la de vernos como un pueblo que recuperó el orgullo y volvió a reunirse alrededor de algo común. ¿En qué otro ámbito, fuera del fútbol, podemos mostrarnos como potencia mundial?
En una interesantísima nota publicada el fin de semana en La Nación, Jorge Liotti habló del surgimiento de una nueva argentinidad, en la que tienen un protagonismo clave los jóvenes y las mujeres. Las nuevas generaciones, plantea, se mueven bajo una narrativa de pertenencia, goce y sentido de comunidad compartida.
Es una patria afectiva: la de la camiseta, el mate, el fernet, el amor por los amigos y la familia. Una comunidad que la Selección consigue representar, a diferencia de la política y las instituciones. Una red de la que las élites quedan afuera, sigue Liotti.
La forma en que se dieron los partidos nos aportó otro elemento para alimentar el ego argentino: la épica. Dimos vuelta todos los partidos porque nunca nos rendimos. Cuando todo parece perdido, siempre queda una jugada más: un rebote, una atajada o alguna clase de milagro. Porque Dios es argentino o, si sos ateo y no creés, Diego y Lionel nacieron en este extraño país periférico que disfruta cuando ocupa el centro de la conversación mundial.
La resiliencia argentina volvió a decir presente. “No nos han vencido”, cantábamos cuando el país recuperó la democracia y terminó la pesadilla de la dictadura. Podríamos haber vuelto a hacerlo después de cada partido de la Scaloneta.
La derrota deportiva en la final no desarmó la comunidad afectiva que el equipo había construido. Aun después del choque del domingo ante España, salimos a la calle embanderados. Como si esa sociedad fragmentada que integramos buscara estirar todo lo posible la experiencia de reconocerse como un pueblo, antes de volver a enfrentarnos entre nosotros.
La bandera que hizo historia
El cenit, el punto culminante del sentimiento épico, el puente entre la nueva y la vieja argentinidad y entre el equipo y la hinchada, tuvo su expresión más poderosa con el maravilloso triunfo ante Inglaterra.
La bandera que dos argentinos pintaron en el hotel, ingresaron de contrabando a la cancha y algunos jugadores desplegaron en el campo de juego se convirtió en un grito insoslayable de rebeldía: “Las Malvinas son argentinas”.
La Argentina oficial, representada por el Gobierno y su ministra de Seguridad, obedeció. La Selección fue argentina, como los hinchas. Como dice el canto de la tribuna: “Porque lo llevan adentro, como lo llevo yo”.
Pero lo que para nosotros fue un gesto de valentía y dignidad alimentó otra narrativa que ya estaba en construcción, al menos en las redes sociales: la de que somos provocadores, soberbios, arrogantes. Incapaces de respetar cualquier regla.
La imagen mostró algo que sobresaltó al poder mundial, o al menos al europeo: el conflicto colonial continúa vivo, aunque el imperio prefiera considerarlo cerrado. Y abrió preguntas incómodas dentro del propio país invasor.
Antes de ese hecho ya había en las redes una corriente de opinión contraria a la Argentina, pero estaba centrada principalmente en lo futbolístico: el discurso de sospecha sobre el accionar de la FIFA y los árbitros.
Después aparecieron elementos que excedían el deporte, hasta llegar a la absurda acusación del actor Samuel L. Jackson: “La Argentina es el país más racista del mundo”. Muchos “progresistas” europeos, entre ellos actores y escritores, se sumaron sin saber lo que estaban diciendo.
Lo cierto es que, mientras nosotros veíamos dignidad, resistencia y comunidad, desde afuera comenzó a consolidarse otro relato.
Si parte del rechazo se explica por la reivindicación de la soberanía sobre Malvinas, que sigan. Esa bandera es irrenunciable. (Pequeña digresión: Galtieri creyó que recuperar las islas lo eternizaría en el poder y embarcó al país en un conflicto bélico imposible. No se equivocó sobre la fuerza del sentimiento nacional. Se equivocó criminalmente al pensar que podía secuestrarlo para salvar una dictadura, ocultar sus crímenes y enviar a una guerra improvisada a soldados que las propias Fuerzas Armadas abandonaron).
De héroe a villano
No se trata de creer que toda crítica es una operación extranjera. Así como produce motivos para ser admirada, la Argentina también se ganó muchas de las críticas que recibe.
Pero ¿hasta qué punto el clima generado por las redes sociales, cuyos algoritmos están diseñados para alimentar enojos y enfrentamientos, es un reflejo de la realidad y no uno de sus disparadores?
En 2022, buena parte del planeta quería que Messi levantara la Copa. Que el héroe se encontrara con el destino que le había sido negado. Cuatro años después, de acuerdo con lo que se observa en las mismas redes que expresaban aquella corriente de opinión, se lo califica de protegido y tramposo.
Especialistas en marketing, posicionamiento y construcción de narrativas coinciden en el análisis: Messi no cambió demasiado. Cambió la manera en que su imagen fue seleccionada, editada y distribuida.
Las redes no representan necesariamente la postura de una sociedad. Allí se imponen las opiniones extremas, las de los fanáticos y las de las minorías intensas. Pero es desde ese ámbito que esas minorías consiguen crear climas de época.
El mecanismo consiste en amplificar espontáneamente contenidos, incluso falsos, que hagan explotar nuestros malestares y prejuicios. Es algo que en la Argentina conocemos bien: ese fue un componente clave de la campaña electoral que, con el protagonismo de las llamadas fuerzas digitales del cielo, llevó a Javier Milei a la Presidencia.
El racismo, los recortes y el poder
En un artículo de Letra P, el periodista Marcelo Falak utiliza la figura de la sinécdoque: tomar una parte por el todo. Se encuentra al argentino arrogante, racista o tramposo y se lo convierte en la representación de todos los argentinos.
La injusta cancelación de la Argentina | Mundial, xenofobia y estereotipos: no soy yo, sos vos | En #desPertar, mi newsletter diario para @Letra_P | ¡Suscribite! https://t.co/5LKAWZtn56— marcelofalak (@marcelofalak) July 22, 2026
¿En la Argentina hay discriminación? Sí, claro. ¿Pero dónde no? ¿Puede afirmar que somos el país más racista del mundo alguien que vive en uno donde la policía mata a unos 250 afrodescendientes por año?
Pero la acusación no se construye sobre el vacío.
El periodista Sebastián Lacunza, que fue director del Buenos Aires Herald y mantiene un contacto fluido con medios extranjeros, relató en X que, cuando intentó explicarles a periodistas de otros países que la Argentina no es racista, le respondieron con un posteo de Santiago Caputo. Después de la eliminación de Brasil, el asesor presidencial escribió: “Qué piedra se volvió ser negro”.
“¿Cómo puede ser que uno de los principales funcionarios exprese una estigmatización abiertamente racista y no pase nada?”, es la pregunta con la que Lacunza dijo haberse encontrado.
En la discusión por la burda difamación desde países centrales sobre el "racismo argentino", hay un ejemplo que es difícil responder, y me lo marcaron dos medios extranjeros: ¿cómo puede ser que uno de los principales funcionarios exprese una estigmatización abiertamente racista… pic.twitter.com/oEoqWtCSdP— Sebastián Lacunza (@sebalacunza) July 21, 2026
Caputo es el ideólogo de la batalla cultural mileísta, un plano desde el cual el gobierno libertario parece más cerca del fascismo que del liberalismo.
Uno de los dirigentes más cercanos al poderoso asesor presidencial es Agustín Romo, diputado de La Libertad Avanza en la provincia de Buenos Aires. Lejos de retroceder, este miércoles el legislador redobló la apuesta: “¿Así que hay extranjeros que viven en Argentina, estudian gratis en Argentina, se atienden gratis en hospitales argentinos mientras odian a la Argentina? Perfecto. Acabo de presentar un proyecto para arancelar la salud y la educación a extranjeros en la provincia de Buenos Aires”, anunció.
La Argentina integró durante generaciones a personas llegadas de Europa, América Latina, Asia y Medio Oriente. Ofreció acceso a la educación, a la salud y a la documentación a extranjeros que, en otras sociedades, permanecen durante décadas en una condición de exterioridad.
Eso incluye hoy a africanos y afrodescendientes que llegaron o fueron reconocidos durante los últimos años: según el Censo 2022, hay más de 300 mil afrodescendientes en el país.
La inmigración y la hospitalidad que aquí encuentran han constituido históricamente uno de los rasgos distintivos de nuestra identidad, por más que haya quienes, incluso desde el poder, prefieran hoy las retóricas racistas y xenófobas.
La fábrica sin humo
Hay, como quizás suceda en la mayoría de los países del mundo, una dificultad principal en cualquier intento por describirnos: somos varias cosas al mismo tiempo.
Es cierto que existen prejuicios externos y también conductas argentinas que los alimentan. Hay xenofobia contra los argentinos y hay argentinos xenófobos. Hay un país hospitalario en el que, al mismo tiempo, existe discriminación. Épica y desmesura. Nobleza y crueldad. Orgullo y soberbia. Solidaridad y desprecio.
Martín Rodríguez, en un gran artículo publicado en Panamá Revista, definió a la Argentina como una “maravillosa fábrica de humanos”. Una “fábrica sin humo”, como se les decía a las divisiones inferiores que dirigió en su tiempo Jorge Griffa en Newell's y de las que tiempo después surgió un tal Leo Messi.
Un país desordenado, periférico y muchas veces fallido —plantea el analista— que conserva una extraordinaria capacidad para producir personas, símbolos y pasiones que llaman la atención del mundo.
Pero una fábrica de humanos no produce santos.
Los seres humanos somos buenos y malos al mismo tiempo. Hermosos y horribles. Generosos y crueles. Contradictorios.
El ser humano inventó el amor y también la guerra. Y, de vez en cuando, los reúne, al menos simbólicamente, en un deporte: el fútbol.



