La casilla del celular está abarrotada de mensajes de Clara, una mujer de zona norte, madre de dos chicos y esposa de un hombre tullido por el delito. Juan, su marido está postrado en una cama inmóvil y aislado, rodeado de gente que entra y sale con ritmo narcocomercial de la casa. Pipeo, cumbia y cañones listos para el disparo. El celular del cronista (al que accedió Clara) cuenta en vivo y en directo la vida en ese lugar: el hambre, la soledad, la fragilidad y el peligro para todos. Un narcomundo atravesado por la abandono y el cansancio. 

En esta ciudad, durante años, los cronistas contamos los muertos como si fuese un dato que acompaña al pronóstico del tiempo. Fue mucho el tiempo donde, cada mañana, aparecía un nuevo crimen, otro ajuste de cuentas, otra familia devastada. Rosario se erigió en este país como la voz de un mecanismo impiadoso. La muerte, sus sicarios, el miedo, fueron parte del paisaje que se mezclaba con las tradiciones ribereñas y culturales. No fue hace mucho. Todos tenemos una marca en el cuerpo y en la memoria. 

Hoy ocurre algo extraño. Las estadísticas muestran una caída inédita de los homicidios. La ciudad respira de otra manera. Los vecinos volvieron a ocupar espacios que parecían perdidos. Sin embargo, detrás de esa mejoría persiste una pregunta que incomoda cuando alguien busca la respuesta: ¿Qué fue exactamente lo que cambió?

La pregunta insólitamente salió de un funcionario que apila percepciones para intentar armar su rompecabezas. ¿Qué pasó en Rosario que parece haber cambiado tanto en tan poco tiempo? En la incomodidad del diálogo, la respuesta más sencilla atribuye todo al endurecimiento del Estado. Hubo más presencia policial, más controles, más inteligencia criminal, más coordinación entre las fuerzas provinciales y federales, y un régimen penitenciario mucho más severo para los jefes narco. Sería absurdo negar el peso de esas decisiones. El Estado recuperó autoridad donde durante años había cedido terreno.

Pero hay algo que no termina de cerrar. La violencia no desaparece únicamente porque un gobierno haga mejor las cosas. Las organizaciones criminales también aprenden, mutan y se adaptan. Tienen abogados que asesoran y contadores que organizan. Cambian sus reglas de convivencia cuando descubren que la confrontación permanente deja de ser rentable. A veces, el delito no desaparece: cambia de forma.

“Cuando salís en los diarios, tu negocio se debilita”, era la frase que un abogado penalista usaba para describirle a sus clientes por qué, además de la cárcel y la muerte, la violencia no era rentable. Esa es una hipótesis incómoda. El narcotráfico es, antes que nada, un mercado ilegal. Y como cualquier mercado, necesita cierta estabilidad para funcionar. Cuando el costo de la violencia supera al beneficio, aparecen nuevos equilibrios. No son necesariamente buenos. Son simplemente distintos.

El interlocutor busca una respuesta. Que bajen sustancialmente los homicidios no significa la derrota definitiva del crimen organizado. Rosario aprendió demasiado sobre las apariencias como para caer en semejante ingenuidad. La paz estadística no siempre coincide con la paz real.

En la casilla del WhatsApp, Clara, la esposa del hombre postrado conviviente con narcotraficantes de barrio, pide ayuda. Son las siete y media de la mañana del domingo. “Va a haber sangre”, escribe. El que promete matar es un hombre de la misma familia del que está inmóvil en su cama. “Están drogados y sin dormir”, escribe horas después de los goles contra Suiza. 

Hay otra discusión pendiente. Durante años se concentró toda la atención en quienes venden droga. El espacio para atender a quienes la consumen es mínimo. Se combate la oferta con enorme energía, pero casi nunca la demanda es atendida con la misma intensidad. Mientras exista un mercado dispuesto a comprar, siempre aparecerá alguien dispuesto a vender.

Y ese problema deja de ser exclusivamente policial. Se vuelve sanitario, educativo, familiar y cultural. La prevención no impacta en la urgencia, produce algo mucho más silencioso: chicos que no necesitan buscar en una sustancia lo que no encontraron en otros lugares. Pero en el manoteo de esas urgencias, desalentar el consumo, no es una prioridad. 

Una vecina de Clara alerta al cronista. “Ella no es víctima de los narcos, ella también vende. Se lleva al bebé a varias cuadras de acá y esconde en el carrito las dosis de droga”, dice con malicia. Una descripción que lejos de auxiliar acorrala aun más a los desesperados. 

Rosario conoce mejor que nadie el precio de sus muertes. La respuesta a la pregunta del principio del texto no debería quedarse con las explicaciones únicas. Ni un gobierno, ni una fuerza de seguridad, ni un juez, ni una cárcel, ni un líder social, y mucho menos un cronista, pueden explicar por sí solos un cambio tan profundo. Las transformaciones verdaderas casi siempre son el resultado de muchas decisiones pequeñas que terminan encontrándose en algún rincón de ese mismo camino.

Algunos incluso creen en los milagros. En Dios, sus rezos, la energía de los templos y las religiones. “Lo que sucede en las cárceles con pastores y sacerdotes es muy fuerte. Ellos logran otra forma de domar a las bestias”, dice en off un miembro del servicio penitenciario. 

En la ciudad donde las muertes violentas competían con las estadísticas de la temperatura y el clima, los homicidios bajaron de manera contundente. No es una impresión ni un relato construido por el gobierno. Es un dato verificable. Las calles también muestran otra fisonomía. Rosario no dejó de ser una ciudad insegura, pero ya no parece vivir bajo la amenaza permanente de una organización criminal dispuesta a convertir cualquier jornada en una demostración de fuerza. Negar ese cambio sería deshonesto. Celebrarlo como una epopeya también.

Quedan rincones vivos para el narcotráfico y la violencia. La ciudad aún no resolvió sus desigualdades ni recuperó todos sus territorios. Sin embargo, dejó de ser el escenario elegido por el crimen organizado para hablarle al país. Parece un dato pequeño, pero eso, después de todo lo vivido, es mucho.

Clara pide consejos por teléfono: “¿Qué hago? ¿Dónde lo llevo? ¿Quién me puede ayudar?” Su marido postrado, aislado en algún rincón de la ciudad, conviviendo con el fiero negocio narco, solo piensa en un milagro para huir de ese hoyo. 

Este texto se terminó de escribir a la hora del desayuno de esa familia que habla de Dios con la misma frialdad que menciona la palabra sangre.