No podía ser tan perfecto. Nada lo es. Ni siquiera Messi. Todos pierden más que lo que ganan. Ya lo dijo Manu Ginóbili alguna vez. Hasta Michael Jordan perdió más de lo que ganó. Todos soñamos con un final de película.
Soñamos que la última función de Leo (si es que fue la última) fuese levantando la Copa del Mundo nada menos que ante España, el país que lo cobijó después de haber dejado Rosario; ante el bebé al que bañó en un fuentón 20 años atrás; contra Madrid, que siempre le fue hostil.
Lo vimos levantarse tras la crítica, en la soledad del caos de aquella AFA acéfala, seguir tras las comparaciones que siempre lo incomodaron; lo vimos ganarle una final a Brasil en el Maracaná, dos Copa América seguidas y, en el medio, un Mundial a Francia, justo cuando jugaba en París; contra Mbappé, con un baile que vimos pocas veces. Cómo no soñar con que había algo más.
Hubo algo más: todavía tenían guardado legarnos que, cuando no se puede porque el otro es mejor o te la hace más difícil, hay que seguir peleando. Nos mostró de nuevo (porque a veces lo olvidamos) que no solo importa ganar; también se puede perder con toda dignidad. Como dijo Scaloni, “de los segundos yo sí me acuerdo”.
El amor de la gente perdurará porque lo dieron todo y porque quedó claro que esta vez no podíamos ser los mejores, pero sí podíamos ser campeones. Y este grupo humano fue por ello, incluso viéndose superado.
Los finales perfectos solo ocurren en Hollywood y aun así nos parecen demasiado empalagosos.



