El desafío que viene para el campo: pasar de sufrir el clima a gestionar el riesgo

Un informe de la Universidad Austral advierte eventos climáticos extremos no solo afectan los rindes, sino que el "bolsillo" también se resiente. ¿Qué estrategias adoptar?

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Resumen Ejecutivo

  • El Centro de Agronegocios de la Universidad Austral advierte que el riesgo climático impacta directamente en las primas de seguros, el financiamiento y la rentabilidad agropecuaria.
  • El informe propone tratar al suelo y al agua como capital natural, entendiéndolos como activos estratégicos clave para sostener la productividad y mitigar shocks productivos.
  • La adopción de tecnología de precisión y prácticas regenerativas debe evolucionar desde la mera eficiencia operativa hacia una gestión integral del riesgo financiero del negocio.

El clima dejó de ser una variable externa al negocio agropecuario. Para el productor argentino, una sequía, una inundación o un período de temperaturas extremas pueden significar mucho más que una caída en los rindes: pueden comprometer los ingresos, la capacidad de repago, el acceso al financiamiento y la rentabilidad de toda la empresa.

Ese cambio de perspectiva es uno de los principales ejes del análisis presentado por Lara Colombo, economista especializada en análisis ambiental y financiamiento climático e investigadora del Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral.

A partir de los resultados de la Encuesta de Necesidades del Productor Agropecuario (ENPA) y del Ag Barometer, el trabajo señala que los factores climáticos ganan peso entre las principales preocupaciones del sector y podrían convertirse en uno de los mayores desafíos para el agro durante los próximos años.

Del lote al sistema financiero

El problema no termina cuando el clima afecta una cosecha.

Un evento extremo que provoca una pérdida productiva también puede generar dificultades para contratar seguros, obtener financiamiento y afrontar compromisos económicos. Cuando aumenta la incertidumbre sobre la magnitud y frecuencia de las pérdidas, las aseguradoras tienen mayores dificultades para calcular riesgos y diseñar coberturas.

El resultado puede ser un aumento de las primas o incluso una menor disponibilidad de determinados productos.

El impacto llega entonces al sistema financiero. Con menos cobertura y mayor incertidumbre, el crédito puede volverse más caro y difícil de conseguir. Para el productor, esto implica mayores costos justamente en un contexto en el que necesita capital para sostener la actividad.

El riesgo climático, por lo tanto, termina amplificando el riesgo productivo y financiero.

La sequía que atravesó al país durante tres campañas consecutivas entre 2020 y 2023 y el impacto de la chicharrita durante la campaña 2023/24 muestran hasta qué punto un shock puede extender sus consecuencias más allá del rendimiento de un cultivo.

El suelo empieza a ser visto como un activo

Frente a este escenario, el informe propone revisar la forma en que el agro entiende sus recursos naturales.

Durante mucho tiempo, el suelo y el agua fueron considerados principalmente como recursos disponibles para producir. El nuevo enfoque plantea incorporarlos dentro de la estrategia empresarial como capital natural.

La diferencia no es menor. Un suelo degradado puede tener menor capacidad para retener agua y enfrentar determinados eventos adversos. Por el contrario, un suelo saludable, una adecuada gestión del agua y una mayor biodiversidad pueden contribuir a que el sistema productivo tenga mayor capacidad para absorber y recuperarse de un shock.

En otras palabras, la calidad del capital natural también forma parte de la capacidad productiva de una empresa agropecuaria.

Por eso, la rentabilidad futura no dependerá exclusivamente de variables como el precio de los granos, los costos de los insumos o el rendimiento esperado. También estará condicionada por la calidad de los activos naturales sobre los que se sostiene la producción.

Tecnología: de la eficiencia a la gestión del riesgo

La tecnología aparece en este escenario como una herramienta concreta para reducir vulnerabilidades.

La agricultura de precisión, las tecnologías digitales y determinadas prácticas regenerativas pueden mejorar la eficiencia y reducir costos, pero su aporte puede ser todavía mayor si se las analiza desde la perspectiva de la gestión del riesgo climático.

La pregunta que propone el informe es concreta: ¿qué problema ayuda a resolver cada tecnología?

Si una herramienta permite mejorar la retención de agua, reducir la erosión, optimizar el uso de insumos o recuperar la salud del suelo, también puede estar contribuyendo a construir un sistema productivo más resistente.

El desafío es que muchos productores todavía no incorporan estas prácticas dentro de una estrategia explícita de gestión del riesgo.

La próxima campaña no debería ser la única preocupación

El cambio de enfoque también implica modificar la lógica de toma de decisiones dentro de las empresas agropecuarias.

La propuesta es dejar atrás una mirada centrada exclusivamente en maximizar el resultado de la próxima campaña y comenzar a evaluar cómo cada decisión afecta la capacidad productiva de los próximos años.

Esto supone administrar el suelo, el agua y los servicios ecosistémicos como activos que deben conservarse y, cuando sea posible, mejorar.

Pero para que el cambio sea viable no alcanza con pedirle al productor que modifique sus prácticas. El informe señala la necesidad de fortalecer la capacitación, el acceso a información, los servicios de extensión y el acompañamiento técnico.

También resulta clave generar incentivos económicos para aquellas decisiones que permitan conservar y regenerar el capital natural.

La percepción existe, pero falta convertirla en decisiones

El riesgo climático ya está instalado en la agenda del productor. El problema, según el análisis de la Universidad Austral, es que todavía existe una distancia entre reconocer el riesgo y gestionarlo de manera concreta.

Ese puede ser uno de los principales desafíos para el agro argentino en los próximos años.

La discusión no pasa solamente por cómo enfrentar la próxima sequía o qué hacer ante un evento extremo. El desafío es incorporar el clima dentro de las variables estructurales del negocio, junto con los precios, los costos, el financiamiento y los mercados.

En ese escenario, conservar un suelo productivo, administrar eficientemente el agua, incorporar tecnología y diversificar herramientas de cobertura dejan de ser decisiones vinculadas únicamente con la sustentabilidad.

También son decisiones de negocios

La conclusión del informe apunta precisamente en esa dirección: transformar el riesgo climático en una variable de gestión y entender que el capital natural no constituye un límite para la producción, sino uno de los activos sobre los cuales se construirá la productividad y la rentabilidad del agro argentino en los próximos años.

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